Hay una vieja regla no escrita en la industria musical: si quieres usar una canción, pregunta. Si además la vas a colocar sobre imágenes de agentes encapuchados, esposas, aviones de deportación o misiles, pregunta dos veces… y prepárate para un no. Sin embargo, en los últimos meses la Casa Blanca y agencias como el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) y el ICE parecen haber decidido lo contrario: usar canciones populares como “anzuelo emocional” para que el algoritmo haga el resto.
La estrategia es tan simple como efectiva: vídeos cortos, frases “graciosas”, un hit reconocible y el tono de “post” que intenta hablar el idioma de TikTok o X. El problema es que los artistas también hablan ese idioma. Y cuando reconocen su música en campañas oficiales, no contestan con abogados primero, sino con un tuit, una story o un comentario que deja claro que no quieren ser la banda sonora de una política que consideran inhumana.
El caso que abrió el grifo de forma masiva fue el de Sabrina Carpenter, cuando la cuenta oficial de la Casa Blanca publicó un montaje de redadas del ICE con su canción Juno como gancho. La cantante respondió en X con una frase que se convirtió en titular global: “This video is evil and disgusting… Do not ever involve me or my music to benefit your inhumane agenda”.
No fue solo indignación moral: el choque cultural estaba servido. En lugar de recular, un portavoz defendió el uso y lo enmarcó como propaganda de “éxitos” contra el crimen.
Poco después, SZA denunció que su música se estaba usando como cebo de “rage bait”, al aparecer su tema Big Boys en un clip con detenciones. Su crítica no fue solo “no me uses”: fue un diagnóstico de época. Llamó “oscuro” y “deshumanizante” el intento de convertir una redada en contenido consumible.
Olivia Rodrigo también se sumó al rechazo cuando DHS utilizó All-American B**** en un contenido que promovía la “auto-deportación”. La cantante comentó (y el mensaje se difundió ampliamente) que no usaran sus canciones para propaganda “racista” y “odiosa”.
El caso de Jess Glynne tiene un punto especialmente perverso: su Hold My Hand (popularizado por memes y asociado a un imaginario de vacaciones) se reutilizó para vídeos de deportaciones. Glynne dijo sentirse “devastada” al ver cómo un tema pensado como abrazo se convertía en banda sonora de expulsiones.
Si hay un ejemplo de cómo una canción puede ser malinterpretada -o deliberadamente recontextualizada- es el de Semisonic. La Casa Blanca usó Closing Time con el guiño obvio (“you don’t have to go home but you can’t stay here”) sobre imágenes de un detenido. El grupo respondió que no autorizaron nada y que el mensaje real del tema era “alegría, posibilidades y esperanza”.
Hasta artistas emergentes han quedado atrapados en la misma dinámica. El dúo Joey Valence & Brae criticó el uso de su track Hooligang en un vídeo-reclutamiento con estética de anuncio (“este invierno, el pronóstico trae ICE”), que terminó deshabilitado tras reportes por copyright.
Ya en marzo de 2026, Radiohead estalló públicamente cuando el ICE utilizó Let Down en un vídeo memorialístico con fuerte carga política. Su exigencia fue directa: que lo retiraran. Y su tono, mucho menos diplomático que el habitual comunicado de management.
La apropiación no se limita a inmigración. Kesha denunció que la Casa Blanca usó su canción Blow en un TikTok titulado “Lethality” con imaginería bélica. Lo calificó de “disgusting” y pidió que dejaran de usar su música, mientras desde el entorno de comunicación oficial se respondió con burla.
Más allá de cada caso, la película completa es cultural: la música pop funciona como “neutralizador” emocional. Pones un hit y el cerebro baja la guardia. El vídeo deja de parecer propaganda y empieza a parecer “contenido”. Eso, aplicado a redadas o deportaciones, es exactamente lo que muchos artistas están denunciando: la estetización -y banalización- de la violencia institucional.
También hay un incentivo evidente: cada enfado de un artista multiplica el alcance. Es el conflicto perfecto para la economía de la atención: gobierno publica → estrella protesta → medios replican → redes discuten → el vídeo corre más. Incluso cuando acaban quitando el audio, el objetivo (viralidad) ya se logró.
Y, aun así, el contraataque cultural también deja huella: cuando una estrella dice “esa no es mi historia”, está recordando que una canción no es solo un archivo. Es identidad, comunidad, contexto. Y, en tiempos de propaganda en formato vertical, eso vuelve a importar.