Sonny Rollins murió el lunes 25 de mayo de 2026 en su casa de Woodstock, en el estado de Nueva York. Tenía 95 años. La noticia fue confirmada por su portavoz, Terri Hinte, que no precisó una causa concreta del fallecimiento. Sí se sabe que el músico llevaba los últimos años muy apartado de la vida pública y que en el último tramo había permanecido en gran medida recluido en casa por distintos problemas físicos.

La información conocida hasta ahora habla de una despedida discreta, casi coherente con una existencia marcada por los silencios elegidos. No se ha comunicado ningún funeral público ni homenaje abierto de manera inmediata. Rollins, que había dejado los escenarios años atrás, arrastraba desde hacía tiempo problemas respiratorios. En 2012 fue diagnosticado de fibrosis pulmonar, una enfermedad que daña los pulmones y dificulta la respiración. Para un saxofonista, esa palabra tenía algo de sentencia. Su último concierto público llegó ese mismo año y en 2014 asumió definitivamente que ya no podía seguir tocando.

Su final no llega como una interrupción, sino como la última pausa de una frase larguísima, una frase que empezó en Harlem en 1930, cuando nació Walter Theodore Rollins, hijo de una familia con raíces en las Islas Vírgenes, y terminó casi un siglo después en la quietud de una casa de madera al norte de Nueva York.

Entre un punto y otro queda una de las aventuras más hermosas de la música del siglo XX. Rollins no fue simplemente un saxofonista extraordinario. Fue uno de esos artistas que obligan a cambiar el tamaño de las palabras. Cuando se le llamó Saxophone Colossus, el apodo parecía inmenso. Con el tiempo, se quedó pequeño. Porque Rollins no era colosal solo por su sonido, ancho, poderoso, reconocible desde la primera respiración. Lo era por su manera de enfrentarse a la música como quien se enfrenta a una pregunta moral.

Su carrera atravesó el corazón del jazz moderno. Tocó y grabó junto a figuras como Miles Davis, Thelonious Monk, Bud Powell, Max Roach, Clifford Brown y John Coltrane. Fue parte de una generación que no decoró la música, sino que la reconstruyó desde dentro. El bebop, el hard bop y las formas posteriores del jazz no pueden contarse sin su nombre. Tampoco pueden entenderse sin composiciones suyas como St Thomas, Oleo, Doxy o Airegin, piezas que acabaron integradas en el vocabulario común del género.

Pero quizá la imagen que mejor explica a Sonny Rollins no está en un club lleno ni en un estudio de grabación. Está en el puente de Williamsburg. A finales de los años cincuenta, cuando ya era respetado y admirado, decidió retirarse temporalmente. No porque le faltara éxito, sino porque sentía que no era suficiente. Quería tocar mejor. Quería escuchar mejor. Quería estar a la altura de algo que ni siquiera él podía definir del todo. Para no molestar a los vecinos, empezó a practicar durante horas sobre aquel puente de Nueva York, entre el ruido metálico de la ciudad y el viento del East River.

Un hombre con talento de sobra subiendo a un puente para volver a empezar. Un músico que ya era grande aceptando que todavía debía aprender. De aquel retiro nació después The Bridge, uno de sus discos esenciales.

Su vida tuvo sombras. Como tantos músicos de su generación, conoció la adicción a la heroína y atravesó momentos difíciles. También conoció la pérdida, especialmente la de su esposa Lucille, fallecida en 2004, compañera decisiva en su vida personal y profesional. Sin embargo, Rollins convirtió muchas de sus heridas en disciplina. Se acercó al yoga, a la meditación y a distintas formas de búsqueda espiritual.

En los últimos años, cuando la enfermedad le impidió tocar, habló alguna vez de la tristeza que le produjo separarse del saxofón. Para alguien que había vivido dentro del sonido, el silencio no podía ser sencillo. Había pasado la vida intentando cumplir con una misión artística y espiritual. No se conformó nunca, ni siquiera cuando el mundo ya lo había consagrado.

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