Hay guitarristas que destacan por la velocidad, otros por la técnica y unos pocos por algo mucho más difícil de fabricar: el carácter. Phil Campbell pertenecía a esa última estirpe. No necesitaba convertir cada solo en una exhibición ni llenar cada canción de artificios. Le bastaba con aparecer, enchufarse y hacer sonar la guitarra como si el rock todavía fuera un animal suelto, indomable y sudoroso. Por eso su muerte, no cae solo sobre la comunidad metalera: golpea también a toda una generación que entendió, gracias a Motörhead, que el rock podía sonar al mismo tiempo a carretera, a pelea y a supervivencia.

Philip Anthony Campbell falleció en paz la noche del 13 de marzo, según comunicó su entorno a través de las redes de Phil Campbell and the Bastard Sons. Sus hijos explicaron que el músico llevaba tiempo luchando en cuidados intensivos tras someterse a una operación compleja, y lo despidieron no solo como una leyenda de la guitarra, sino también como un padre, marido y abuelo profundamente querido. El tono del mensaje, íntimo y devastado, dibuja con nitidez la dimensión privada de una pérdida que inevitablemente se ha vuelto pública: detrás del emblema del heavy metal había también un hombre de familia al que llamaban con cariño “Bampi”.

Entró en la banda en 1984, después de la salida de Brian Robertson, en una audición en la que Lemmy decidió quedarse no con uno, sino con dos guitarristas: Campbell y Michael “Würzel” Burston. A partir de ahí comenzó una de las etapas más fértiles y resistentes del grupo. Campbell permaneció en Motörhead hasta la disolución de la banda en 2015, tras la muerte de Lemmy Kilmister, y durante ese tiempo participó en 16 discos, desde Orgasmatron hasta Bad Magic. En términos de permanencia, solo Lemmy estuvo más tiempo que él dentro del engranaje Motörhead.

Su papel en Motörhead fue el de un guitarrista capaz de conservar la mugre original del grupo sin convertirla en caricatura. Cuando tantas bandas veteranas acaban convertidas en museos de sí mismas, Campbell ayudó a que Motörhead siguiera sonando peligroso. Tenía un modo de tocar que enlazaba el blues endurecido con el riff metálico y la urgencia punk, una mezcla que encajaba a la perfección con la identidad del grupo. Él mismo llegó a decir que, en el fondo, siempre se había considerado “un guitarrista de blues”, aunque sus influencias incluyeran a Jimi Hendrix, Jimmy Page y Tony Iommi. 

Campbell conoció a Lemmy cuando apenas tenía 12 años, después de ver a Hawkwind en Cardiff. Era un fan más esperando en un vestíbulo, con la ilusión de cruzarse con algún músico. El único que salió fue Lemmy. Años después, aquel niño acabaría recorriendo el mundo junto a su ídolo, ganando incluso un Grammy con Motörhead por su versión de Whiplash de Metallica. La anécdota tiene algo de cuento eléctrico: el chaval galés que aguanta la espera a la salida del concierto y termina entrando en la historia del rock por la puerta grande.

Antes de todo eso, claro, hubo carretera local, pubs y aprendizaje. Nacido en Pontypridd, en Gales, en 1961, Campbell empezó a tocar la guitarra con 10 años y se fogueó en distintas bandas antes de fundar Persian Risk en 1979, un nombre importante dentro del circuito heavy británico previo a su salto definitivo. Esa escuela explica también su solidez: Campbell no apareció como una figura prefabricada, sino como un músico de oficio, curtido en escenarios pequeños y en repertorios que obligan a dominar algo más que la pose. Cuando llegó a Motörhead, llevaba ya dentro la intuición de quien sabe que una buena guitarra no sirve para adornar una canción, sino para empujarla.

De hecho, hasta hace apenas unas semanas seguía habiendo planes de gira. La banda había cancelado en febrero sus fechas previstas en Australia y Europa por consejo médico, una señal preocupante que ahora adquiere otro significado. No hubo despedida pública ni gran último acto, solo ese silencio extraño que a veces antecede a las noticias más duras. 

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