El fútbol llevaba años mirando con envidia a la Super Bowl y su capacidad para transformar el descanso de un partido en un acontecimiento cultural mundial. La FIFA decidió copiar la fórmula durante la final del Mundial, confiando en que la combinación de artistas famosos, coreografías y efectos visuales produciría un momento inolvidable.

Lo consiguió, aunque no de la manera esperada.

Mientras España ofrecía sobre el césped una actuación propia de una campeona del mundo, con competitividad, carácter y capacidad para imponerse en el partido más importante, el espectáculo musical transmitió exactamente lo contrario; falta de riesgo, escasa personalidad y una excesiva dependencia de las pistas pregrabadas.

La conversación posterior no estuvo dominada por la calidad de las canciones ni por la fuerza de las interpretaciones. El verdadero protagonista fue el playback. Las voces sonaron tan limpias, controladas y alejadas del esfuerzo físico de los artistas que, en varios momentos, aquello se pareció menos a un concierto que a un videoclip grabado con público.

El playback puede justificarse en determinadas ceremonias. Una retransmisión seguida por millones de personas exige precisión, los tiempos están calculados al segundo y cualquier fallo técnico puede convertirse en un problema. Sin embargo, una cosa es utilizar coros o pistas de apoyo y otra ofrecer una actuación en la que apenas existe sensación de directo.

Eso fue precisamente lo que ocurrió. Las canciones avanzaban, los artistas se movían y las cámaras cambiaban de plano, pero faltaba algo esencial. La impresión de que la música estaba sucediendo realmente en ese momento.

Las actuaciones con mayor carga coreográfica fueron también las más cuestionadas. En algunos números, las voces se mantuvieron intactas mientras los intérpretes bailaban, corrían o realizaban movimientos que deberían haber afectado a su respiración. No había titubeos, cambios de intensidad ni pequeños errores. Todo sonaba perfecto. Demasiado perfecto.

Justin Bieber fue la excepción. Su actuación sí fue en directo y se distinguió precisamente por eso. Se escucharon la respiración, las variaciones de intensidad y la fragilidad propia de una interpretación real. No fue el número más espectacular ni el más cargado de efectos, pero sí el más creíble. Frente a unas actuaciones excesivamente protegidas por las pistas, Bieber asumió el riesgo de cantar.

Ese contraste dejó en evidencia al resto del espectáculo. El público no espera que un artista suene exactamente como en un estudio mientras atraviesa un escenario rodeado de bailarines. Puede aceptar una respiración más fuerte, una nota menos limpia o incluso un pequeño fallo. Esos detalles demuestran que existe una interpretación real. Lo que cuesta aceptar es recibir una reproducción cuidadosamente maquillada como si se tratara de música en directo.

La presencia de grandes nombres tampoco consiguió elevar el resultado. El cartel prometía una sucesión de momentos históricos, pero la acumulación de estrellas terminó jugando en contra. Cada artista dispuso de tan poco tiempo que las canciones quedaron reducidas a fragmentos y las actuaciones apenas pudieron desarrollarse.

No hubo espacio para construir una emoción, conectar con el estadio o dejar una interpretación memorable. Los cantantes entraban, mostraban unos segundos de su repertorio y desaparecían para dejar paso al siguiente nombre. Más que un concierto, parecía un catálogo de celebridades.

El espectáculo confundió cantidad con calidad. Tener muchos artistas no garantiza una buena actuación, del mismo modo que llenar el escenario de bailarines y efectos no consigue ocultar la falta de intensidad. La producción fue enorme, pero la música quedó en un segundo plano.

La comparación con lo ocurrido durante el partido resulta inevitable. España no se proclamó campeona escondiéndose ni evitando los riesgos. Ganó compitiendo, soportando la presión y respondiendo cuando el escenario lo exigía. Las actuaciones musicales, salvo la de Justin Bieber, escogieron el camino más seguro: voces protegidas, movimientos ensayados y ninguna posibilidad de error.

Precisamente por eso tampoco hubo emoción.

La FIFA quería demostrar que podía competir con las grandes ceremonias internacionales. Sin embargo, terminó ofreciendo un producto artificial, apresurado y excesivamente dependiente del playback. La tecnología evitó errores, pero eliminó buena parte de la autenticidad.

Una final del Mundial merece un espectáculo a su altura. Merece artistas que asuman el riesgo de cantar y conviertan el escenario en algo más que un decorado.

España sí estuvo a la altura y ya puede decir que somos campeones del mundo. Justin Bieber también cumplió al cantar en directo. El resto del espectáculo, en cambio, tendrá que conformarse con haber sido un acompañamiento olvidable en la noche en la que la selección española hizo historia.

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