He necesitado dos días para procesar y analizar todo lo que vi el viernes. Esa obra de arte propia de un museo que no puedes dejar de mirar. Y lo digo así, sin ambages, porque una sale del Movistar Arena con la sensación de haber asistido no solo a un concierto, sino a una pieza total.

Lo confieso: yo iba un poco asustada. Hay un momento en la carrera de ciertos artistas en el que hagan lo que hagan se les ensalza aunque lo que hayan hecho no sea para tanto. Esa especie de blindaje crítico que convierte cualquier gesto en genialidad automática. Con el LUX Tour iba un poco con esa prevención, con esa ceja medio levantada y esa sospecha de quien no quiere dejarse arrastrar por el fervor colectivo sin poner antes algo de distancia. Pero he de confesar -como si en el propio confesionario de la Rosi estuviese- que lo que vi me dejó con la boca y los pensamientos cerraditos.

Rosalía no solo estaba inmensa. Estaba guapísima, fortísima, magnética. De esas artistas que pisan el escenario y obligan a recalibrar la mirada de todo un recinto. Pero no hablo solo de presencia, que también. Hablo de dominio. De control. De la sensación de estar viendo a alguien que sabe exactamente qué quiere provocar en cada segundo y que tiene la inteligencia escénica suficiente para conseguirlo. Lo fuerte que estaba no era únicamente una cuestión física, que también impresionaba, sino una cuestión de poder artístico. Rosalía parecía habitar cada número como si lo hubiese ensayado durante años.

Y luego estaba el baile. Qué barbaridad. Lo increíble que baila esta mujer. Lo fácil que hace parecer lo dificilísimo. En el escenario no había un solo gesto lanzado al azar, una sola transición huérfana de sentido, un solo desplazamiento que no formara parte de un mecanismo mayor. Todo estaba cogido al milímetro: la escenografía, la coreografía, la luz, las entradas, las pausas, el cuerpo de baile, la orquesta. Ese es quizá uno de los grandes logros del espectáculo: su nivel de precisión jamás enfría. Al contrario. Todo está tan pensado que la emoción encuentra un cauce perfecto por el que circular. Nada sobra, nada falla, nada parece puesto para epatar de manera vacía.

Uno de los momentos más impactantes del viernes fue, sin duda, la saeta. Mientras la orquesta interpretaba un pasaje que remitía claramente a un paso de Semana Santa, Rosalía se arrancó con una saeta que congeló el ambiente. Ahí el concierto cambió de temperatura. Y lo interesante es que no sonó a capricho ni a provocación estética. Sonó a integración real de un lenguaje que Rosalía conoce, entiende y tensiona. La tradición aparecía en escena no como decorado, sino como material vivo.

Había momentos en los que parecía que estábamos dentro del cuarto mental de una artista obsesiva, perfeccionista y vulnerable; y otros en los que aquello era una celebración rotunda del cuerpo, del ritmo, de las ganas de bailar. Rosalía enlazó temas como Sexo, violencia y llantas, Reliquia, Porcelana, Mio Cristo piange diamanti, Berghain, La Fama, La Perla, Sauvignon blanc o Magnolias con una naturalidad escénica que confirmaba algo importante: no estamos ante una gira construida a base de hits puestos en fila, sino ante un relato. Un espectáculo con progresión, con atmósfera, con discurso.

Y aun así, una, que es también hija sentimental de ciertas etapas de Rosalía, se quedó con una pequeña espinita. Me hubiese gustado que interpretase algo de El mal querer. No por nostalgia fácil, sino porque ese disco sigue teniendo una densidad emocional y una potencia conceptual que habrían dialogado de maravilla con este universo tan barroco, tan romántico, tan españolísimo y tan moderno a la vez. 

El viernes, no asistí únicamente a un concierto. Asistí a una demostración de poderío artístico. A una artista en pleno control de su narrativa, de su cuerpo, de su imaginario y de su tiempo. Yo entré con prevención. Salí rendida. 

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