El 23 de octubre de 1940 Heinrich Himmler, jefe de las SS y el hombre más temido del Tercer Reich después de Hitler, visitó la abadía de Montserrat en busca del Santo Grial. En Barcelona fue agasajado por el Ayuntamiento con una cena de gala en el hotel Ritz. Desde el fin de la Guerra Civil y hasta mayo de 1945 la ciudad fue escenario de los lazos del régimen franquista con la Alemania nazi y la Italia fascista.
El Paraninfo de la Universidad de Barcelona organizó en febrero de 1941 la Exposición del Libro Alemán y el edificio fue engalanado con esvásticas y los bustos de Franco y Hitler. En octubre de 1942 se celebró en el antiguo Palacio del Parlament, en el parque de Ciutadella, la Exposición de Arquitectura Moderna Alemana, organizada por el arquitecto de confianza de Hitler con todo tipo de boato nazi. Incluso el mítico Palau de la Música Catalana acogió actos de propaganda del régimen alemán como la Fiesta de la cosecha, adornando esta joya del modernismo con retratos de Hitler y la cruz gamada.
Imagen de archivo de la 'Fiesta de la cosecha', celebrada por la colonia alemana en el Palau de la Música. ©Arxiu Municipal de Barcelona
“Había una colonia nazi muy cerrada y fiel a sus tradiciones, celebraban sus fiestas y el cumpleaños de Hitler con toda la pompa, utilizando, además, edificios emblemáticos”, nos explica la periodista y escritora Marta Platel, ganadora del Premio Fernando Lara 2026 por la novela ‘El baile de las criadas’, un relato ambientado en la posguerra que aborda uno de los episodios más desconocidos de nuestra historia: la presencia e influencia nazi en la Barcelona de 1941 a través de la mirada de una joven huérfana que se pone a servir en una de las casas influyentes de la ciudad.
Quería dar voz a las criadas que durante la posguerra fueron del pueblo a la ciudad huyendo de la miseria
La autora nos cuenta en una entrevista para ElPlural que, además de retratar esa época, buscaba dar voz a esas mujeres invisibles sometidas a los deseos de sus señores. “Quería dar voz a las criadas que durante la posguerra fueron del pueblo a la ciudad huyendo de la miseria. Eran mujeres sin derechos a las que las monjas les buscaban un trabajo en casas y lo único que tenían que hacer es ser obedientes”, aunque eso implicara todo tipo de abusos, critica Marta Platel.
La novela es una historia de amor, intriga, tráfico de arte y espías que transcurre en escenarios muy reconocibles de Barcelona. El título del libro responde al nombre con el que se conocía al Salón Cibeles, las empleadas del servicio doméstico pasaban su tarde libre de los jueves. El café de la Ópera, el Gran Teatro del Liceo, el Oro del Rhin, el mercado de la Boquería, Santa María del Mar y el Paseo de Gracia son testigos mudos del esplendor fascista que vivió Barcelona en aquella época. Allí coincidirán refugiados judíos que luchan por su supervivencia y nazis que campan a sus anchas por las calles con el beneplácito de la jerarquía franquista.
Entrevista con Marta Platel: “Muchas grandes fortunas catalanas estuvieron vinculadas al nazismo y el franquismo”
P.- ¿Qué ha significado este premio para ti?
R.- No te voy a engañar, yo sabía que era una novela que podía tener un recorrido, pero una cosa es lo que yo piense y otra cosa son los demás. Decidí presentarme, no tenía nada que perder. Como mínimo, si le gustaba al jurado, aunque no ganase, podría ser publicada.
Es ya mi segunda novela y estoy consolidando mi voz. Ganar el premio Fernando Lara es una gran alegría, una responsabilidad y la constatación de que se ha premiado el texto por encima del nombre y la verdad de los personajes. ¡A mí no me conoce nadie!
Esa noche me pusieron en una mesa con Manel Loureriro, Paloma Sánchez-Garnica y Javier Sierra, autores que están entre los que más me gustan. Estaba nerviosísima y apenas abrí la boca. Cuando dijeron mi nombre tardé en reaccionar.
P.- Se te ha comparado precisamente con Paloma Sánchez-Garnica, a la que acabas de mencionar, y María Dueñas, ¿qué se siente al ser comparado con autoras a las que admiras como lectora?
R.- Estoy abrumada y orgullosa. No he ido nunca a ningún taller de escritura, empecé a escribir porque me divertía. Tengo mi jornada laboral de ocho horas y escribo en mi tiempo libre, fines de semana y vacaciones. Todo lo que sé, lo he aprendido leyendo a autores como ellas. Para mí es un gran honor que se me compare, aunque espero consolidar mi propia voz.
Mis novelas están muy bien documentadas, pero no hay bloques de información densos, solo unas pinceladas
P.- ¿Qué dirías de tu estilo?
R.- Una de las cosas que persigo es no aburrir en ningún momento al lector y provocar lo que a mí me pasa tanto con Paloma como con María Dueñas, no poder parar de leer.
Mis novelas están muy bien documentadas, pero no hay bloques de información densos, solo unas pinceladas que ayuden a comprender la época sin cansar. Por ejemplo, yo quería que Barcelona fuera una protagonista más de la historia y he documentado las películas que se proyectaban en aquella época, el ambiente en las calles, fiestas tradicionales como Sant Jordi, los mercados e incluso, un poco, los aromas, pero sin abrumar.
La historia que no me contaron en el colegio: la presencia nazi en Barcelona
P.- Me ha sorprendido, por ejemplo, la presencia nazi en Barcelona de una manera tan evidente y ostentosa.
R.- Esta historia no me la contaron en el colegio. Es la parte de la que más me he documentado, esa presencia nazi en Barcelona durante los primeros años de la guerra de la Segunda Guerra Mundial, desde 1940 hasta 1943, cuando cambiaron las tornas y Franco empezó a pensar que quizá Alemania podía perder la guerra.
Vinieron a Barcelona visitas diplomáticas, incluso niños de las juventudes hitlerianas para hacer exhibiciones gimnásticas. Había una colonia nazi muy cerrada y fiel a sus tradiciones, celebraban sus fiestas y el cumpleaños de Hitler con toda la pompa, utilizando, además, edificios emblemáticos. En el Paraninfo de la Universidad Catalana se hizo una exposición con toda clase de parafernalia nazi; en Plaza Cataluña estaba el Banco Alemán Transatlántico, que lucía banderas con la cruz gamada; en el Paseo de Gracia la Casa Alemana y la oficina de información turística. Ensuciaron con esvásticas incluso el Palau de la Música, que no puede haber un edificio más catalán que este, todo ello con el beneplácito de las autoridades.
Me fui al 'Diario de Barcelona' de 1941 y me fascinó, con sus crónicas partidistas sobre Alemania
P.- ¿Cuándo descubriste la intensa presencia nazi que hubo en Barcelona?
R.- Yo quería dar voz a las criadas que durante la posguerra fueron del pueblo a la ciudad huyendo de la miseria. Eran mujeres sin derechos a las que las monjas les buscaban un trabajo en casas y lo único que tenían que hacer es ser obedientes. Buscando documentación encontré en una biblioteca el libro 'Nazis a Barcelona. L’esplendor feixista de postguerra (1939-1945)’, de los historiadores Mireia Capdevila y Francesc Vilanova y lo tuve claro, tenía que ambientarlo en ese momento. Hay fotografías que documentan todo esto que te cuento de la presencia nazi en Barcelona. Después, me fui al 'Diario de Barcelona' de 1941 y me fascinó, con sus crónicas partidistas sobre Alemania.
Hace un par de años, la revista ‘Sapiens’ publicó un artículo titulado ‘Agents nazis a Catalunya’, del periodista Jordi Finestres, quien localizó en los Archivos Nacionales de EEUU documentos desclasificados sobre la red de colaboradores nazis en Cataluña. Este reportaje fue muy revelador y lo utilicé como documentación. Así lo cito en la nota de la autora: el trabajo de estos investigadores es impecable y nos da las bases para construir ficción. En el artículo citaba nombres, entre ellos al jefe de la Gestapo, que aparece en la novela con el nombre cambiado.
Barcelona fue una vía de escape para los judíos refugiados y no podían estar tranquilos. La mayoría pasaban por la ciudad como tránsito, rumbo a otros países, e intentaban pasar desapercibidos: muchos se bautizaban en el catolicismo, otros se cambiaban el nombre... El consulado alemán tenía el control de la colonia nazi y podían llamarles con cualquier excusa, en esa situación, lo mejor que podían hacer es fingir que no habían recibido la carta.
Servir era la única profesión que el franquismo permitía a las mujeres porque consideraban que era una función imprescindible para el buen funcionamiento de los hogares falangistas
P.- ¿Qué hay detrás de ese deseo de dar voz a las jóvenes que iban a servir?
R.- De pequeña veía en mi barrio a muchas criadas, pero había una en concreto que debía tener más de 70 años, muy amable, vestía uniforme, con su pelo canoso recogido en un moño prieto. Llevaba desde los 14 años al servicio de la misma familia a cambio de un sueldo irrisorio. Cuando en los años 80 criadas más jóvenes empezaron a reclamar sus derechos y le decían que tenía que pedir más, ella se ponía como una leona para defender a su familia. Para ella, así lo eran, no para sus señores: si había una boda o cualquier celebración, la sentaban con los niños para cuidarles.
Tuve amigos del colegio que tenían tatas y ahora lamento no haber hablado más con aquellas mujeres invisibles, sometidas a los deseos de los señores y los señoritos.
Era la única profesión que el franquismo permitía a las mujeres porque consideraban que era una función imprescindible para el buen funcionamiento de los hogares falangistas. Eran tan invisibles que sus señores hablaban de todo delante de ellas sin ningún problema.
La sociedad de la posguerra estuvo marcada por la vigilancia, el miedo y las desigualdades sociales por lo que los menos favorecidos formaban una piña y se ayudaban los unos a los otros. Entre las criadas había lazos inquebrantables.
La burguesía estaba muy aferrada a sus costumbres y tradiciones, muy altiva, clasista, como siempre ha sido la burguesía, no nos engañemos, y vendida al régimen franquista
P.- Enfrente tenían a la burguesía catalana
R.- Sí, una burguesía muy aferrada a sus costumbres y tradiciones, muy altiva, clasista, como siempre ha sido la burguesía, no nos engañemos, y vendida al régimen franquista. Mis personajes están muy unidos a los nazis, por ejemplo, don Arturo, el dueño de la casa en la que trabaja Melisa, la protagonista, es un pronazi.
Yo no viví esa época, pero crecí en un barrio en el que había muchos alemanes. Aparentemente no eran nazis, pero mientras me estaba documentando, leí una necrológica. ¿Sabes aquello de los 6 grados de separación? Es cierto. Mi amigo era uno de los nietos de un dirigente del partido nacional socialista y vivía en un casoplón que había heredado de su familia. Esa familia había venido aquí durante la Segunda Guerra Mundial, como muchas otras, e hizo dinero traficando con arte.
Barcelona era una ciudad sometida al yugo franquista y la burguesía se situó al sol que más calienta
P.- ¿Se ha tapado ese pasado nazi de la burguesía catalana?
R.- La burguesía en cualquier época está siempre con el poder. Barcelona era una ciudad sometida al yugo franquista y la burguesía se situó al sol que más calienta. Su mayor aspiración era hacer dinero y muchas grandes fortunas catalanas estuvieron vinculadas al nazismo y el franquismo. De alguna manera han blanqueado ese pasado, pero no podemos acusar a los descendientes de lo que hayan podido hacer sus padres o abuelos. En cualquier caso, es verdad que se beneficiaron.
Cuando terminó la guerra en 1945 los aliados pidieron a Franco una lista de todos los nazis y supuestamente se los llevaron a un campo de concentración, pero en realidad estuvieron en un balneario. Les protegieron.
P.- ¿Hay espías en la novela?
R.- Sí, hay espías, pero no voy a entrar en profundidades para no destripar las sorpresas que hay en la novela. Aquí los espías no son del tipo James Bond, pero lo mejor es que lo descubra cada lector.
Tuve que escribir dos veces la novela porque la primera versión no me convencía
P.- ¿Te ha costado mucho escribir 'El baile de las criadas'?
R.- Sí, tuve que escribirla dos veces porque la primera versión no me convencía. Le di la vuelta completamente. Por otro lado, he querido llevar por un camino a algunos personajes y ellos se empeñan en ir por otro.
P.- Eso lo dicen muchos autores ¿es cierto que pasa?
R.- Yo pensaba: '¡Qué estupidez! Los personajes hacen lo que yo quiero, que para eso me los invento'. Pues no es verdad, de hecho, he cambiado el destino de dos personajes. Ellos te piden hacer otra cosa y si tienes que cambiar 50 o 100 páginas, lo haces.
P.- ¿Te has despedido ya de ellos?
R.- Han estado conviviendo conmigo mucho tiempo, los he tenido de okupas en mi casa y ya está bien. Pilar Eyre dijo en una presentación de un libro algo que me encantó: que los personajes convivían con ella, pero que ya era hora que se fueran y entraran otros. Yo digo que ya es hora de que vayan a vuestras casas de okupas y que ahora ya me están llamando a la puerta otros, a los que todavía no abro porque no tengo tiempo, pero les abriré tarde o temprano.
P.- ¿Vas a seguir en esto de la literatura? ¿Cómo lo vive tu entorno de familia y amigos?
R.- Ni mi familia ni mis amigos leyeron una palabra de esta novela. Antes sí les pasaba los manuscritos, pero nunca sabes hasta qué punto te pueden ayudar: aunque les guste leer tampoco tienen un criterio y al final te acaban relegando los oídos. Yo me fío de mis editores y agentes literarios [Pablo Álvarez, de Editabundo]. Mi hermano ni siquiera sabía que me presentaba al premio. Le mandé a él y al director de mi revista un enlace con la noticia para que no les pillara de sorpresa. Tuvo más repercusión de la que yo me imaginaba que tendría.
Lo mantuve en secreto porque si no hubiera ganado, habría continuado con mi vida y creo que la novela se habría publicado igual. Ya tenía una novela publicada, pero evidentemente el premio es otra dimensión y me da una alegría inmensa. Seguiré con la escritura y ahora, con la tercera me digo: 'Tengo que superar esto'. Pero no siento el síndrome del impostor. Si he ganado este premio es porque la novela, la historia y los personajes lo merecían.
P.- ¿Qué vamos a encontrar en 'El baile de las criadas'?
R.- El lector se va a identificar con la heroína principal, es una chica que llega del pueblo cuya expectativa inicial es huir de la miseria. Una serie de circunstancias cambiarán su vida y su forma de verlo todo. Tendrá que tomar las riendas de su destino para proteger a la gente a la que ama. En 1941 Alemania dominaba el escenario bélico mundial europeo, era una época en la que las mujeres españolas tenían muy pocas posibilidades de decidir sobre su vida y mucho menos las criadas de la burguesía. Ellos eran los amos del mundo.
Hay también una historia de amor, pero más allá del amor romántico, que también, hay un acto de resistencia. Para la protagonista el enamorarse significa aspirar a una vida mejor y una apuesta por la libertad y la esperanza.
Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.