No hay palabras para transmitir con tacto el desgarrador relato de una mujer que descubrió cómo su marido cometió las mayores atrocidades imaginables. Gisèle Pelicot fue víctima de una pesadilla inconsciente, de prácticamente una muerte en vida en manos de quien amaba, de una sentencia que le marcará hasta el resto de sus días. Pero fue su decisión de contarlo, expresarlo y de que todo fuera público el motivo por el que consiguió que la vergüenza haya cambiado de bando, hacia ellos, hacia los violadores.
La historia de entonces una mujer anónima francesa, a quien nadie conocía y que se sometió a un juicio contra su exmarido y otros 50 agresores por haber sido víctima de violaciones, abusos y agresiones sexuales continuadas bajo sumisión química y consentidas por el que fuera su pareja, hizo que el mundo dejara de situar el foco en la víctima para sentir vergüenza, asco y rechazo hacia aquellos hombres que se sintieron con impunidad para cometer tales atrocidades.
El conocido como el juicio de las violaciones de Mazan arrancó en 2024 con un hecho más que notable dadas las circunstancias de estos casos: la renuncia del anonimato de la víctima. Pelicot decidió no solo dar la cara, sino también su voz para denunciar alto y claro los abusos a los que estuvo sometido con la única humildad de, con este gesto, hacer que otras mujeres sigan sus pasos y comprender a las que venían detrás.
Lo que nació como un caso judicial mediático en Francia pronto traspasó fronteras, dando la vuelta al mundo por la denuncia de Pelicot hacia su marido, Dominique Pelicot, y 50 agresores más tras haber sido víctima de un centenar de violaciones durante diez años. Tras la sentencia, en la que quedó acreditada la condena a 20 años de cárcel para el señor Pelicot y entre 3 a 15 años para el resto de agresores.
Un himno a la vida
Sin quedarse en este punto y para que su historia nunca caiga en el olvido, Un himno a la vida, sus memorias, se ha publicado en 22 países entre estos meses de enero y febrero, llegando a España el pasado día 17 de la mano de Lumen. Un libro en el que relata de principio a fin la pesadilla en vida que tuvo que sufrir durante una década y el consiguiente proceso de asimilación personal y de batalla en los tribunales.
La autora entrelaza en las páginas de sus memorias la historia de cómo descubrió las violaciones de su marido con una introspección a corazón abierto sobre su vida personal desde la niñez. En los primeros capítulos, el lector conoce, por un lado, el impacto de la víctima por cómo la Policía le trasladó los delitos de su marido después de haber sido arrestado en 2020 al haber grabado a tres mujeres debajo de la falda en un supermercado; entonces, lo dejaron ir, pero la incautación de sus dispositivos personales dejó al descubierto los crímenes de una década, las drogas, las violaciones y la invitación de desconocidos a participar en ello en su propia casa. Al tiempo, la autora relata su infancia, juventud y los comienzos de su relación con el señor Pelicot desde sus inicios, dando así una visión más cercana, profunda y amplia de la Gisèle que todo el mundo ha conocido a través de la televisión y los periódicos.
Pero lo cierto es que no todo queda sumido en estas páginas, sino en especial allá afuera, donde el apoyo ha sido, es y será siendo inmenso. La prueba irrefutable de ello es la visita de Gisèle Pelicot esta semana a España, donde en Madrid fue recibida con un cálido abrazo por decenas de mujeres, coincidiendo incluso en los días previos al 8 de marzo, fecha que, a su vez, la viene reivindicando en los últimos años como un icono feminista, con multitud de pancartas con su rostro y con el lema que nos ha hecho tatuarnos a fuego en la piel: ‘La vergüenza ha cambiado de bando’.
“Aquí estoy, a mis 70 años, una mujer mártir, símbolo de una nueva ola feminista de la que sé poco”, reflexiona Pelicot en las líneas de sus memorias, ahondando en cómo tanto ella como su caso se convirtió en un antes y un después de esta lucha en el ámbito judicial y social, sentando un precedente que no sólo ha marcado a las feministas de hoy, sino que lo hará también a las de mañana.
Tras haber superado el peor de los horrores, Gisèle Pelicot incluso guarda unas palabras para el que fue su marido durante 50 años, contemplando ir a visitarlo a prisión para hacerle preguntas: “Ahora soy una mujer fuerte, me he reconstruido y no será la misma persona frente a él, y espero que tenga la honestidad de poderme contestar”, precisó en el acto del lunes celebrado en la capital.
Tanto en sus páginas como en el sinfín de entrevistas que ha ofrecido en las últimas semanas, repite el mantra de que su único deseo es ser feliz, seguir por el camino del amor como estilo de vida desde su nuevo hogar en la isla de Ré junto a su nueva pareja y de la mano con sus tres hijos y nietos y, por supuesto, con la voz y la cabeza en alto.
Al fin, la vergüenza cambió de bando. Gracias, Gisèle.