Corría 1997 cuando una editora española compró los derechos de una novela sobre un niño mago con gafas redondas que nadie fuera del Reino Unido conocía todavía. Sigrid Kraus, al frente de Salamandra, apostó por Harry Potter sin saber que estaba fichando a la gallina de los huevos de oro más rentable de la historia editorial reciente. Casi treinta años después, Kraus y su marido han vendido la empresa a Penguin Random House por una cantidad que nadie ha querido revelar. El detalle no es menor, porque resume perfectamente hacia dónde camina el negocio del libro en español.

Dos grupos, Planeta y Penguin Random House, controlan actualmente la mitad del mercado editorial en España. La cifra, dicha así, suena a estadística fría, pero conviene pararse un segundo a digerirla. La mitad de lo que se publica, se distribuye y se coloca en el escaparate de las librerías pasa por las decisiones estratégicas de dos consejos de administración. El resto del sector, esa constelación de sellos independientes que solemos imaginar como el verdadero corazón de la bibliodiversidad, se reparte la otra mitad entre cientos de editoriales cada vez más pequeñas frente a sus vecinos de estantería.

Y la tendencia, lejos de frenar, se acelera. Como explica Blanca Rosa Roca, directora de Roca Editorial, "los grandes solo pueden crecer comprando". No hay vuelta de hoja. Cuando un mercado madura y el crecimiento orgánico se agota, la única palanca que queda es tragarte al vecino. Markus Dohle, durante años máximo ejecutivo de Penguin Random House, lo dejó dicho sin rodeos, el español es "territorio prioritario" para su multinacional. Prioritario, en el lenguaje corporativo, suele significar "objetivo de compra".

Lo curioso, y lo verdaderamente incómodo, es que este proceso rara vez se percibe desde fuera. El lector que compra una novela de Alfaguara no piensa automáticamente en Penguin Random House. El que elige un título de Seix Barral no asocia inmediatamente ese sello con Planeta. La concentración editorial funciona precisamente así, conservando la fachada de la diversidad mientras vacía el fondo del edificio. Sellos históricos, con identidad propia y catálogos construidos durante décadas, siguen existiendo como marca, pero ya no deciden solos qué publican, cuánto invierten en un autor novel o qué títulos condenan al olvido del almacén.

Salamandra es solo el episodio más reciente. Antes cayeron otras editoriales medianas, absorbidas con la misma lógica, mantener el nombre, cambiar el dueño. Una de cada tres editoriales en España está ya vinculada a uno de los grandes grupos, un dato que convierte la palabra "independiente" en una etiqueta cada vez más generosa con la realidad.

La guerra de los fichajes

Si la compra de sellos es la vía silenciosa de expansión, existe otra mucho más ruidosa, la caza de autores superventas. Planeta y Penguin llevan más de una década robándose firmas como si negociaran cesiones de futbolistas en el mercado de invierno. Javier Cercas saltando de Literatura Random House al Premio Planeta. Carmen Mola, el pseudónimo colectivo detrás de tres guionistas, alzándose con el mismo galardón poco después. Manuel Vilas, Santiago Posteguillo, nombres que se mueven entre gigantes con cifras de adelanto que ya poco tienen que ver con el valor literario y mucho con la estrategia de marketing.

El problema no es que existan superventas, algo tan viejo como la propia industria del libro. El problema es qué desplaza esa lógica cuando se convierte en la columna vertebral del negocio. Cada euro invertido en ganar la guerra de fichajes es un euro que no se destina a apostar por una voz nueva, desconocida, sin garantía comercial alguna. La literatura, convertida en deporte de alto rendimiento, empieza a parecerse sospechosamente a cualquier otra industria del entretenimiento, unos pocos nombres absorbiendo la atención y el presupuesto, mientras el resto compite por las migajas de un escaparate cada vez más reducido.

Nadie está sugiriendo que Penguin Random House o Planeta publiquen mala literatura. Sería absurdo, y además falso. La pregunta que merece hacerse es otra, más incómoda, ¿qué tipo de libros dejan de existir cuando el criterio editorial se subordina a la rentabilidad de escala? Una editorial independiente puede permitirse publicar poesía que vende trescientos ejemplares, ensayo académico sin vocación de superventas, o la primera novela de alguien que tardará tres libros en encontrar a su público. Un gigante corporativo, sometido a la lógica trimestral de resultados, tiene mucho menos margen para ese tipo de apuestas.

No se trata de nostalgia romántica por el editor artesano frente al ejecutivo de multinacional. Se trata de constatar un hecho verificable, cuanto más se concentra un mercado cultural, más se estrecha el abanico de lo que llega realmente a las librerías, por muy generosa que parezca la cantidad de novedades apiladas en la mesa de entrada.

Sigrid Kraus, al vender Salamandra, aseguró que "no cambia nada para nadie", que ella seguirá como consejera y las decisiones editoriales seguirán en las mismas manos de siempre. Puede que sea cierto, al menos por ahora. 

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