Larry Clark es un talentoso fotógrafo y director de cine; también, singularmente polémico, todo hay que decirlo. Aunque es mundialmente conocido por su película hiperrealista Kids (1995), su primer reconocimiento le llegó por el libro de fotografía Tulsa (1971), donde ofrecía una mirada cruda de los jóvenes de su ciudad natal. Aparte de la calidad sórdida y, a menudo, esperpéntica de las imágenes, Clark mostraba el lado oscuro del sur de los Estados Unidos, retratando realidades sociales invisibles u ocultas para la gran mayoría. Con el tiempo, dicha obra se convirtió en todo un clásico de culto y un verdadero hito de la fotografía contemporánea, que influyó en figuras de tan elevado relieve como Martin Scorsese, Gus Van Sant, Harmony Korine o Francis Ford Coppola.

A pesar de este primer éxito, Clark se hizo adicto a la heroína y acabó cumpliendo pena de prisión en una cárcel de su Estado natal. Algún tiempo después, en 1983, publicó Teenage Lust, obra centrada en temas tan controvertidos como la sexualidad entre menores, la prostitución juvenil o la rebeldía adolescente. Ya en 1992 publicó The Perfect Childhood, un ensayo fotográfico centrado en el impacto de la cultura de masas en la juventud, mostrando particular interés en diversas formas de violencia cometida por menores. De hecho, empleaba recortes de periódicos sobre crímenes y parricidios reales realizados por adolescentes, lo que reafirmaba la obsesión de Clark con la juventud, la pérdida de la inocencia y el lado oscuro del sueño americano.

Kids, su obra más célebre, fue estrenada en 1995, Clark contaba con 50 años de edad. La película nació cuando el director conoció en el Washington State Park de Nueva York a Harmony Korine, un skater de 19 años a quien le encargó escribir un guión crudo, realista y sin filtros (como la propia obra de Clark) que retratara un día en la vida de su grupo de amigos, otorgando especial importancia al contexto en el que estos se hallaban: la crisis del VIH que por entonces dominaba los medios y la propia realidad de innumerable personas. Rodada con estética de documental y un elenco de jóvenes callejeros no profesionales —incluyendo los debutantes Rosario Dawson, Chloë Sevigny y Leo Fitzpatrick—, la producción se llevó a cabo de forma independiente y con un presupuesto muy bajo. Tras su estreno en el Festival de Cannes, la película desató una inmensa polémica mundial, fue calificada como "porno para niños" por críticos conservadores y obligó a Miramax (la productora del justamente vilipendiado Harvey Weinstein) a crear una distribuidora fantasma para poder estrenarla sin censura, convirtiéndose instantáneamente en un fenómeno de culto y en el retrato definitivo del nihilismo adolescente de los años noventa. Sobre algunos aspectos de su producción puede leerse el excelente libro de Peter Biskind: Sexo, mentiras y Hollywood (2004).

A pesar de su éxito a nivel mundial, el director ha sido duramente criticado, particularmente en el documental Una vez fuimos Kids (We Were Once Kids 2021), donde se pone de relieve que varios de los actores de la película vivieron existencias trágicas, acabaron por suicidarse o murieron a causa de las drogas (este es el caso de los skaters Justin Pierce o Harold Hunter). Da la impresión de que dicho documental trata de culpar a Clark de los referidos destinos, cosa que ha ocurrido a menudo en la historia de la crítica puritana, por ejemplo, cuando se dijo que María Schneider padeció drogadicción o problemas de salud como consecuencia de ciertas escenas rodadas en la también controvertida Último tango en París (1972), de Bernardo Bertolucci. Lo cierto es que los destinos humanos obedecen a causas multifactoriales, no al hecho de que alguien rodase una u otra película a lo largo de su vida. O, al menos, no debería atribuirse las referidas calamidades a la maldad intrínseca de uno u otro director de cine. Dichas acusaciones obedecen a enfoques simplistas que, de ningún modo, se sostienen ante una interpretación mínimamente compleja.

Entre las consecuencias positivas de Kids podemos hacer referencia al descubrimiento de grandes talentos como Chloë Sevigny, Rosario Dawson o Harmony Korine, por entonces meros adolescentes que lograron desarrollar carreras prestigiosas, algunas de ellas vinculadas al cine independiente o de autor; carreras que, todavía a día de hoy, relumbran entre la insipidez de una cultura mediática sobre-mediocre, vulgar e, incluso, soez, una cultura que poco, parece, puede aportar a aquellos que la consumen.

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