El término «fascinación» proviene del latín fascinatio, que remite a la acción de embrujar. El verbo fascinare, a su vez, significa hechizar, encantar. Comprendí el verdadero sentido de esta palabra cuando di con Edward Bunker, el criminal-escritor que, después de pasar buena parte de su vida entrando y saliendo de cárceles y reformatorios, terminó convirtiendo aquella experiencia en materia literaria, cinematográfica y, de algún modo, artística.

Aunque esté contraindicado, yo sí compro libros dejándome seducir por su título o por su portada (hábito que, generalmente, me permite acertar). Ese fue el caso de Mr Blue: Memorias de un renegado, las memorias de Bunker publicadas en 1999. Lo encargué por Iberlibro y, mientras esperaba su llegada, ya me sentía embriagado por la promesa del personaje. Aquella sensación no hizo sino incrementarse cuando comencé a leer. La noción del artista-delincuente estaba entonces tan fuera de la órbita de mis ideas que aquel libro abrió para mí una nueva puerta de la percepción, ampliando radicalmente mi ámbito de representaciones e intereses. Algo similar ocurrió con Vida (1558-1562), de Benvenuto Cellini, otro delincuente-artista cuya biografía impresiona.

Edward Heward Bunker nació en Hollywood en 1933. Su infancia transcurrió en hogares de acogida, reformatorios y una progresiva familiaridad con el mundo criminal. Su primer ingreso en prisión se produjo siendo todavía adolescente y, con 17 años, se convirtió en el preso más joven de San Quintín. A partir de entonces su biografía quedó atrapada durante años en un círculo vicioso de condenas, libertades condicionales, fugas y nuevos delitos. Pasó aproximadamente dieciocho años entre reformatorios y prisiones por cometer robos, realizar falsificaciones, atracar bancos y traficar con drogas.

Pero hay algo particularmente extraño en su historia: mientras aprendía las reglas del hampa, Bunker aprendía también las de la literatura. En prisión leyó a Dostoyevski, Cervantes y a otros autores que le demostraron que escribir podía ser otra forma de supervivencia. También encontró un modelo más cercano en Caryl Chessman, delincuente y escritor cuya figura le mostró que las fronteras entre criminalidad y creación podían ser mucho más flexibles de lo que parecía. Bunker consiguió una máquina de escribir durante su estancia en prisión y empezó a escribir novelas y demás relatos.

El resultado de aquel aprendizaje fue No Beast so Fierce, publicada en 1973. La novela cuenta la historia de Max Dembo, un delincuente que sale de prisión e intenta reincorporarse a la sociedad, sólo para descubrir que las mismas estructuras que deberían facilitar su reinserción parecen empujarlo de nuevo hacia el delito. La novela estaba tan próxima a las experiencias de su autor que resultaba difícil distinguir dónde terminaba la ficción y dónde comenzaba la autobiografía. El libro cambió su vida. Dustin Hoffman compró los derechos y lo convirtió en Straight Time (1978). En esta película colaboró el propio Bunker como co-guionista, además de contar con un pequeño papel. A partir de entonces comenzó una segunda carrera, tan improbable como la primera: la de escritor profesional, guionista y actor.

Su trayectoria literaria continuó con The Animal Factory (1977), Little Boy Blue (1981) y Dog Eat Dog (1996), novelas caracterizadas por una mirada particularmente descarnada sobre las cárceles, los delincuentes y los bajos fondos estadounidenses. The Animal Factory, además, terminaría siendo llevada al cine en 2000 por Steve Buscemi, con Willem Dafoe como protagonista y Bunker nuevamente implicado en el guión.

Pero quizá sea en el cine donde su figura adquiere una dimensión casi mitológica. Bunker no era un actor que interpretase a criminales desde la imaginación: conocía desde dentro aquello que Hollywood llevaba décadas representando desde fuera. Su rostro marcado, su voz áspera y su presencia física hicieron de él un intérprete ideal para papeles secundarios de delincuentes y presos. Participó en películas como The Running Man, Tango & Cash o Runaway Train, además de aparecer en numerosas producciones durante los años ochenta y noventa.

Su papel más célebre llegó con Quentin Tarantino. En Reservoir Dogs (1992), Bunker interpretó al Señor Azul, uno de los atracadores. No era una simple aparición de un escritor en una película: su presencia aportaba a aquella ficción criminal una conexión directa con el mundo que la película pretendía recrear. Bunker también asesoró a Michael Mann en Heat (1995), contribuyendo a la construcción del personaje de Nate, interpretado por Jon Voight. Además, fue guionista de Runaway Train (1985), película de Andréi Konchalovski protagonizada por Jon Voight y Eric Roberts. El guión le valió una nominación al Oscar. De este modo, aquel delincuente juvenil que había conocido las cárceles desde dentro acabó formando parte de la industria cinematográfica de Hollywood, no sólo como actor, sino también como escritor y asesor.

Lo fascinante de Bunker, sin embargo, no reside únicamente en lo improbable de su biografía. Su importancia está en haber demostrado que la experiencia del delincuente podía convertirse en literatura sin necesidad de idealizarla. Bunker no presenta el crimen como una aventura romántica, sino como un universo regido por la violencia, la paranoia, la necesidad y unas reglas sociales propias. Quizá por eso Mr Blue resulte tan perturbador. Uno se acerca al libro buscando al criminal y termina encontrándose con el escritor. La fascinación cambia entonces de naturaleza: ya no consiste en contemplar desde fuera una vida extraordinaria, sino en descubrir cómo alguien puede transformar una existencia marcada por el fracaso, la cárcel y la violencia en una obra artística.

Bunker murió en 2005, pero dejó tras de sí una obra que continúa siendo reivindicada por lectores y cineastas. Su caso demuestra que las vidas humanas no siempre siguen una línea recta y que, en ocasiones, la literatura aparece precisamente allí donde menos se la espera: entre los barrotes de una celda, en la memoria de un delincuente o en el rostro de un actor secundario que, durante unos minutos, atraviesa una película y parece saber algo que los demás personajes ignoran.

Esa fue, para mí, la verdadera fascinación de Edward Bunker: descubrir que incluso del lugar más oscuro puede salir una voz capaz de contar lo que ocurre en su interior.

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