Explicar cómo y por qué me llevaría un tiempo que no tenemos, así que voy directo a la anécdota: Me saqué el título de piloto comercial y de transporte hará unos veinticinco años. La aviación y la aeronáutica fueron mi primera gran pasión y yo me tomo muy en serio mis pasiones. El caso es que en un vuelo de Madrid a lo que entonces era México Distrito Federal ocurrió algo que me hizo ver la vida de otra forma. Iba sentado junto a alguien al que le daba miedo volar. Decía que no entendía cómo algo tan grande podía elevarse en el aire. Para tranquilizarle saqué una hoja, un boli y le dije: “Es fácil, te lo explico” a lo que él contestó negando con la cabeza y las manos añadiendo un contundente: “Que no, que no. Que ni lo entiendo ni quiero entenderlo”.
Aquello me voló la cabeza. ¿De verdad había gente que renunciaba tan fácilmente a intentar aprender algo que no sabía? A mis veintitantos reconozco que fue un descubrimiento de lo más sorprendente. Hoy, veintitantos años después, ya no me sorprende aunque siga sin comprenderlo.
Queremos saber cosas, pero muy a menudo no estamos dispuestos a pagar el peaje de estudiarlas. El conocimiento es un tesoro que nos aguarda al final de una larga carrera de obstáculos que desanima a muchos. En un mundo en el que nos han enseñado que nadie es menos que nadie hay quien ha malinterpretado esa idea y ha entendido que su opinión sobre un tema concreto vale lo mismo que la de aquella persona que ha dedicado su vida a estudiarlo.
¿Qué pasaría si la tierra fuera realmente plana? En nuestro día a día poca cosa, pero sería una horrible noticia para lo que llamamos Conocimiento Universal. Resultaría demoledor que la fantasía de unos pocos se demostrara más fiable que las leyes físicas enunciadas por algunas de las mentes más brillantes de la humanidad. Significaría que el intelecto de millones, que incontables horas de trabajo, de sacrificios, de complicadísimos cálculos teóricos y experimentos tendrían menos valor que las ideas de un grupo de personas sin formación específica ni conocimientos científicos. Sería el triunfo del atajo frente al esfuerzo, de la creencia sobre el método. Un desastre.
“Pero la ciencia también se equivoca” dicen. “¿Y?” contesto yo. Si estás leyendo estas letras no es porque entiendas cómo funciona internet, es porque la ciencia funciona. Los puentes no se caen, la anestesia nos duerme antes de una intervención, el aire acondicionado regula la temperatura de la salas, y los gases halógenos dan luz cuando los metemos en lámparas con un filamento de wolframio. La mayoría no tiene porqué entender el principio científico que hace funcionar cualquier de estas cosas, pero estaría bien un poco de respeto para aquellos que lo estudiaron, que lo entendieron y que lo convirtieron en cotidiano.
Si al final la tierra fuera realmente plana alguien podría decir que los aviones vuelan porque los gobiernos los cuelgan de hilos invisibles anclados a la cúpula de cristal que tenemos sobre nuestras cabezas y tener razón. Pero no es así, vuelan porque la ciencia se dio cuenta de que las alas podían desarrollar una fuerza de sustentación mayor que el peso de la aeronave, y que esa fuerza era igual a un medio de la densidad del aire por la velocidad de este al cuadrado, por la superficie alar y por su coeficiente de sustentación. Como dice el físico Javier Santaolalla: Science, bitch.