Hace más o menos quince años se estrenó Proyecto X, una película adolescente que cuenta cómo tres chavales convierten una fiesta en casa en un desastre natural para todo el barrio.

La premisa es tan estadounidense como un tiroteo en un colegio. Tres amigos, en busca de una popularidad que no tienen, montan una fiesta aprovechando que los padres de uno no están. La primera moraleja de esta historia sería: es malo no tener amigos, pero es mucho peor intentar comprarlos.  La fiesta obviamente se va de las manos cuando entran las redes sociales, el alcohol y las drogas. Al final, el barrio acaba destrozado y la casa en cuestión, en ruinas. Eso sí, al menos, desde ese día ya les pusieron cara en el instituto. Y en comisaría. 

Eso solo pasa en las películas de Hollywood, podríamos pensar. Pues relativamente, porque algo muy parecido sucedió en 1938 en una celebración del equipo de animadores de Walt Disney. Eso es, personas que vivían de contar historias de príncipes, princesas, castillos encantados y ratones adorables casi destrozan un resort familiar (énfasis en familiar) de California. ¿La razón? La leyenda cuenta que fue la tacañería del padre de Mickey Mouse.

Todo comenzó cuando Walt Disney quiso hacer el primer largometraje hecho íntegramente con animación de la historia: Blancanieves y los siete enanitos. Todo el mundo le dijo que iba a fracasar, pero él decidió que merecía la pena intentarlo. Para lograr llegar a las salas a tiempo exigió a todo su equipo trabajar durante meses en jornadas de 18 horas, fines de semana incluidos. No os preocupéis, decía Walt, si esto sale bien, vamos a ganar todos. Y vaya si fue bien. 8 millones de dólares de los de entonces, el puesto de película taquillera de la historia y un premio Óscar en una categoría que se tuvieron que inventar. Sin duda, los chavales cumplieron, pero estaban al límite. Entonces recibieron una invitación para celebrar el éxito del estudio en un rancho. Esta es la nuestra, debieron pensar, aquí es cuando nos van a dar el bonus de nuestra vida porque el patrón ha dicho que íbamos a ganar todos. La segunda moraleja sería que hay que contar los billetes con las manos, no con la cabeza.

Walt Disney era un tipo conservador, así que reservó un lugar tranquilo y alojó a la gente según su estado civil para que no hubiera problemas. En la primera, los solteros, En la segunda, los casados, y en la tercera, las familias. Todo bien organizado y listo para una jornada tranquila respirando el aire limpio del campo.

Al empezar la fiesta, Walt Disney cogió el micrófono para decir lo orgulloso que estaba del estudio e invitó a todo el mundo a que se lo pasara bien. Y nada más. Ese “vamos a ganar todos” no iba acompañado de un cheque. Y ahí, según la leyenda, es cuando todo se torció. Todo el cansancio y el estrés que habían llevado a los animadores al límite iba a ser recompensado con… una cervecilla en el campo. Arrasaron el minibar, dejaron libres a los animales, hubo tríos, solteras con casados, casadas con casados, solteros con solteros, un hombre casi muere al tirarse el balcón y un burro amaneció en una cama con otros dos borrachos. En vista de lo que estaba sucediendo, Walt y su mujer, espantados, se fueron corriendo a su casa mientras, poco a poco, el sitio estaba siendo destruido.

Dicen que el estudio nunca volvió a ser el mismo, y que todos los animadores fueron abandonando la compañía aceptando ofertas más jugosas. Lo cual nos lleva a la tercera y más importante moraleja de esta historia: un buen bonus mantiene a las empresas con vida. Y a los resorts familiares de California, también.

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