¿Hasta qué punto somos capaces de diferenciar lo que nos gusta de lo que es bueno de verdad? En una industria musical donde la popularidad es el nuevo argumento, la frialdad y la visión en tercera persona son la posición correcta.
El criterio propio se diluye como un paracetamol en un vaso de agua. A veces me pregunto si estoy siendo realmente objetivo cuando analizo ciertos artistas que copan carteleras de las fiestas «urbanas» en Madrid y siento que suenan a ruidos de cacerolas comprimidos a más no poder, sin ningún tipo de emoción de por medio. Aquí entra un debate y una pregunta que suelo hacer en las entrevistas: ¿cómo diferencia uno lo que es bueno de lo que le gusta?
Creo que la capacidad de ver las cosas en tercera persona es muy importante en el resto de facetas de la vida y no solo en la música. Esa capacidad de poder analizar críticamente y de forma fría lo que sucede enfrente de ti, sin caer en sentimientos o juicios previos, es difícil de adquirir. La adquisición de esta capacidad tampoco es consciente y creo que no se obtiene con otra cosa que no sea la experiencia. Evidentemente, todos tenemos nuestros puntos flacos y gustos fetiche en los que se nos hace más complicado ser plenamente objetivos.
En mi caso, la escena canaria, por mi grado de implicación y pertenencia a ella y, sobre todo, por la confianza en que lo que suena mal pueda evolucionar a mejor algún día. Aun así, creo que eso no me quita la objetividad; quizás la debilita un poco, pero no desaparece.Otro punto muy importante que creo que tenemos que comprender las personas que trabajamos esta «habilidad» es que no tenemos que ser la policía de la diversión en ningún momento. Nuestro criterio no vale más por ser unos melómanos que no se quitan los cascos ni para dormir. Podemos tener una visión más amplia y más conocimiento histórico y técnico, pero no somos nadie para juzgar al resto por fanear a la décima copia de Xiyo y Fernández. Evidentemente, es nuestra labor señalarlo porque, si no, la industria va a seguir llena de catetos musicales, pero no se puede esperar el mismo grado de implicación entre una persona que se entrega en cuerpo y alma a esto y otra que escucha música como pasatiempo.
¿Por qué tenemos que arruinarle la experiencia de escucha a un pobre pibito que escucha al decimoquinto financiado por La Mano de Oro si es feliz así? La mejor manera de que estas cosas dejen de suceder no es aplicando un comportamiento dictatorial y juzgando por encima del hombro a nadie. Es avisar desde nuestra posición de observadores en acción y esperar a que esas personas que consumen lo que, por nivel musical o por el trasfondo de este, no nos parece bueno lleguen por sí solas a una conclusión. Una vez llegada a esa conclusión, lo normal es que el pensamiento crítico ya esté dentro de ellas y que la próxima vez tengan algo más de inquietud a la hora de escuchar música. Y si no, no pasa nada.
Mantengamos nuestro criterio por encima de todo, seamos y dejemos ser.
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