Coctelera

Teníamos tantas ganas de una escena ‘urbana’ que la mimamos y olvidamos vigilarla: ¿ahora qué?

El caso Rojuu abre una autocrítica sobre una década de promoción sin escrutinio y la responsabilidad del periodismo ante los excesos de la escena urbana

Teníamos tantas ganas de  una escena ‘urbana’ que la mimamos y olvidamos vigilarla ¿ahora qué
Teníamos tantas ganas de una escena ‘urbana’ que la mimamos y olvidamos vigilarla ¿ahora qué

La investigación que publicamos en este medio sobre el artista Rojuu y las presuntas acusaciones de grooming, con la complicidad de su grupo de chat, donde se jaleaban declaraciones acerca de relaciones con chicas menores de edad, provocó la reacción de numerosos medios de prestigio que enseguida se hicieron eco de la noticia. Desde aquí, les agradecemos el respeto de citarnos. El caso es que todo esto, unido a las sonadas polémicas recientes protagonizadas por artistas de aquella ala urbana que surgió en 2014-2015, me ha llevado a echar la vista atrás y a pensar que quizá hayamos contribuido a generar parte de la sensación de impunidad con la que estos artistas se sienten legitimados para cometer actos cuestionables. ¿Cómo? A través de la nula vigilancia de un entramado mediático fan, amateur y pelota, al servicio únicamente de tontunas algorítmicas y de la promoción de estos artistas.

Durante los últimos diez años teníamos nobles ganas de que se creara una escena 'urbana' en España. Queríamos que creciera, legitimarla y expandirla. Lo conseguimos, pero nos olvidamos de lo más importante: tirarle de las orejas y exponer públicamente los patinazos de sus integrantes. No es poca cosa que todos hayan crecido bajo el paraguas de la impunidad mediática. El cóctel es explosivo y nos ha reventado en las manos: artistas ya de por sí con egos desmedidos, sumados a la certeza de que, hagan lo que hagan, ningún medio se hará eco de nada. Lo que no se dice no existe, y en esas seguimos.

¿Saben qué es macabro? Que a un artista se le ponga más la cara roja cuando un medio destapa sus actos que cuando los comete. ¿Y quién suele tener los conocimientos y la frialdad necesarios para destaparlos y comunicarlos al gran público? Pues da la casualidad de que no suelen ser los creadores de contenido, los reel-makers ni los medios de pseudoperiodismo digital que se apropian de formatos periodísticos para aparentar seriedad. No. Da la casualidad de que suelen ser los periodistas. Y da la casualidad de que, por desgracia, siempre estamos los tres o cuatro de siempre, mientras el resto de medios súper guays del Paraguay hacen brainstorming y venden su línea editorial poniéndose de rodillas ante la dictadura del formato rápido. Mientras el sentimiento sea la única brújula en lugar del pensamiento, chungo.

Por eso, el periodismo no solo es importante, sino vital para proteger el derecho constitucional a la información y garantizar la salubridad y el escrutinio de la escena. Si los artistas saben que, además de promocionar su nuevo álbum diciendo por quinta vez que es el más personal de su carrera, pueden quedar expuestos sus posibles comportamientos cuestionables, quizá se lo piensen dos veces.

Todo lo que un día anhelamos, y que tantísimo costó conseguir en términos de representación de las sensibilidades musicales, identitarias y sociales de las nuevas generaciones, ya está construido. Quizá falten remaches y alguna capita de pintura, pero, comparada con 2014, cuando aún no había ni excavadoras para retirar las piedras del terreno, nuestra escena está totalmente edificada. Ahora falta apretar tornillos. Es responsabilidad de todos cuidarla, tratándola de forma madura y sin consentimientos, aunque a veces llore. No hay mayor dignidad para nuestra música.

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