Vi anteayer La cronología del agua, una película algo lenta – pero chula, la recomiendo – que cuenta, basándose en su propia autobiografía, la vida de la escritora yanki Lidia Yuknavitch, una pobrecita que desde el principio, desde cría, fue víctima de un cabroncísimo y pederasta padre que además de violarla sistemáticamente cada noche, tejió sobre su existencia un manto de dominio y fanatismo sexual; su historia es durísima, arrolladora y conmovedora, de esas que te parten la cabeza y te hacen dudar de hasta dónde puede aguantar un cuerpo cuando la mente ya fue vaporizada entre mil capas de dolor cuando apenas estaba bien formada.
La verdad es que no creo que lea la obra original en la que se basa la adaptación, también llamada en español La cronología de agua, porque con la peli tengo suficiente para hacerme a la idea de las cotas enormes de dolor que pueden manifestarse en el libro, escrito en el género obvio de la autoficción; una herramienta que es muchas veces la extensión narrativa y formal del diario, una mera forma de transmutar en papel y lápiz lo que se cuece en el laberinto poco terrenal de la sangre y las neuronas.
De hecho, este género, que considero a ratos manoseado y a ratos directamente demodé, es el predilecto de muchos autores que no han comprendido muy bien que la literatura no debe ser el vehículo con el que atraer sufrimiento, sino la capota última y desesperada con la que torear el dolor cuando ya es inevitable; pareciera que muchos perviven en su edad adulta con la idea adolescente de pasar penurias para tener algo decente sobre lo que escribir, como si la idea misma de la literatura estuviera acaso por encima de la existencia – habría que quemar en una pira todos los libros de los farfulladores de la introspección y la experiencia vital.
Escuchaba hace poco una conferencia de uno de mis talismanes literarios, el valenciano Rafael Chirbes, donde contaba que el dolor no es un recurso pedagógico ni un campo de entrenamiento del que se salga con más experiencia y músculo, sino un horror, un verdadero y simple puto horror del que es mejor huir para poder continuar con tu vida de una pieza. Chirbes sufrió mucho, muchísimo, desde que de crío perdió a su padre y mascó las miserias de los derrotados de la guerra, y entendió desde el principio que todo ese dolor que arrastraba, todo ese sufrimiento que empezó a atormentarlo desde joven no era gasolina de primera calidad con la que alimentar los carburadores de su literatura, sino un lastre a su salud mental que lo hacía perder el tiempo batallando cada noche con sus fantasmas en lugar de escribiendo una nueva obra magistral o durmiendo a pierna suelta; no es que Chirbes hubiera renunciado a escribir sus grandes novelas a cambio de no sufrir, es que quizá Crematorio o La caída de Madrid hubieran sido todavía mejores si no se hubiera preocupado tanto por su tormento.
Por eso, desde que leo al valenciano rechazó esta actitud adolescente de los escritores – o de los raperos, o de los empresarios, o incluso de los profesores que dicen que para aprender hay que fracasar primero en algo – que divinizan el sufrimiento por ser necesario para articularnos como autores, cuando la vida va de todo lo contrario: los ricos no fracasan, no se duelen, no sufren; usan su dinero como un colchón para evitar magullarse y saborear el amargor deshonesto del sufrimiento. Y si pese a esto crees que necesitas pasarlas canutas para escribir autoficción, tengo un consejo que darte: no escribas autoficción. Hay un mundo conmovedor y complejísimo tras la cortina de tu narcisismo.
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