"El hombre está condenado a ser libre" parece, a primera vista, una contradicción, porque pocas palabras poseen connotaciones tan opuestas como "condena" y "libertad". Sin embargo, Jean-Paul Sartre las reunió deliberadamente para explicar una de las ideas fundamentales de su filosofía: el ser humano no puede dejar de elegir qué hace con su existencia y, precisamente porque carece de una naturaleza predeterminada que decida por él, tampoco puede desprenderse completamente de la responsabilidad que acompaña a sus decisiones.
La frase aparece en El existencialismo es un humanismo, publicado en 1946 a partir de la célebre conferencia que Sartre había pronunciado en París el año anterior, cuando su pensamiento empezaba a alcanzar una enorme popularidad después de la Segunda Guerra Mundial. Lo que allí defendía no era que una persona pudiera hacer cualquier cosa que deseara, ignorando las circunstancias materiales que condicionan su vida, sino algo bastante más incómodo: aunque no elegimos muchas de las situaciones en las que nos encontramos, tenemos que decidir qué hacemos dentro de ellas.
De ahí procede una de las paradojas más conocidas del pensamiento del siglo XX, según la cual la libertad, lejos de consistir únicamente en disponer de posibilidades, implica asumir que nuestras decisiones participan constantemente en la construcción de aquello que somos.
Qué significa realmente "el hombre está condenado a ser libre"
Para entender la frase hay que partir de otra afirmación de Sartre que acabaría convirtiéndose en uno de los lemas del existencialismo: "la existencia precede a la esencia".
Sartre rechazaba la idea de que el ser humano llegara al mundo con una naturaleza previamente definida que estableciera aquello que debe ser, del mismo modo que un objeto puede fabricarse siguiendo una función concebida de antemano. Desde esta perspectiva, primero existimos y después, mediante las decisiones que vamos tomando dentro de las circunstancias que nos han tocado, construimos progresivamente nuestra identidad.
Esto explica por qué utiliza una palabra tan aparentemente extraña como "condenado". Si no existe una esencia previa que determine quién debemos ser, ni una autoridad superior que pueda decidirlo completamente por nosotros, entonces estamos obligados a elegir, incluso cuando preferiríamos que alguien o algo nos proporcionara una respuesta definitiva.
No elegir tampoco resuelve el problema, porque dejar que otra persona decida, obedecer una norma o permanecer inmóvil ante una situación constituyen también maneras de posicionarse frente a ella. La libertad sartreana, por tanto, tiene poco que ver con esa interpretación cotidiana según la cual ser libre significa simplemente "hacer lo que uno quiera", ya que Sartre distingue entre nuestra capacidad de elegir y nuestra capacidad efectiva para conseguir cualquier cosa que deseemos.
Una libertad que produce angustia
La consecuencia de esta concepción aparece inmediatamente: si nuestras decisiones no pueden justificarse completamente recurriendo a una naturaleza humana predeterminada, a una voluntad divina o a unos valores absolutos que hayan elegido por nosotros, entonces una parte importante de la responsabilidad vuelve inevitablemente sobre quien toma la decisión.
Por eso la libertad ocupa en Sartre un territorio mucho menos confortable de lo que podría sugerir la palabra. La conciencia de que tenemos que elegir genera angustia, precisamente porque ninguna garantía externa puede asegurarnos de antemano que hemos escogido correctamente, de modo que el individuo tiene que actuar sin disponer de una certeza absoluta que elimine su responsabilidad. La Stanford Encyclopedia of Philosophy resume esta cuestión señalando que, para Sartre, estamos "condenados" a la libertad porque no existen excusas definitivas detrás de nosotros ni justificaciones absolutas esperándonos por delante.
Sartre desarrolló ampliamente esta concepción en El ser y la nada, publicado en 1943 y considerado su principal tratado filosófico, aunque sería El existencialismo es un humanismo, mucho más accesible para un público general, el texto que contribuiría decisivamente a popularizar unas ideas que hasta entonces habían circulado en obras considerablemente más complejas.
La libertad de la que habla Sartre, además, siempre se ejerce desde una situación concreta, porque nadie elige dónde nace, su pasado, buena parte de sus circunstancias materiales ni muchas de las limitaciones que encuentra a lo largo de su vida. Lo que sostiene el filósofo es que esos hechos, aunque condicionan nuestras posibilidades, no determinan automáticamente el significado que les damos ni todas las decisiones que tomaremos a partir de ellos.
La "mala fe": cómo intentamos escapar de nuestra libertad
Sartre consideraba que semejante responsabilidad resulta tan difícil de soportar que los seres humanos desarrollamos diferentes estrategias para intentar escapar de ella, una cuestión que explicó mediante otro de sus conceptos más conocidos: la "mala fe".
La mala fe aparece cuando una persona intenta contemplarse a sí misma como si estuviera completamente determinada por su papel, su carácter o sus circunstancias, reduciendo de esa manera el espacio de decisión que todavía conserva. En lugar de reconocer que participa en la construcción de aquello que hace, busca una explicación que permita presentarse como alguien que simplemente no podía actuar de otra manera.
Esto no significa que Sartre negara la existencia de condicionantes sociales, económicos o históricos, algo que cobraría una importancia cada vez mayor en la evolución posterior de su pensamiento, sino que rechazaba la posibilidad de convertir al individuo en una cosa completamente determinada por esos condicionantes. La tensión entre situación y libertad acabaría ocupando buena parte de su obra y también explica por qué su filosofía evolucionó después de la guerra hacia una preocupación cada vez mayor por las estructuras sociales que restringen las posibilidades reales de elección.
De La náusea a A puerta cerrada
Aunque su nombre haya quedado asociado principalmente a la filosofía, Sartre convirtió muchas de estas cuestiones en literatura, lo que explica que su influencia se extendiera mucho más allá de los círculos académicos y alcanzara la novela, el teatro, la crítica literaria y el debate político europeo de la posguerra.
En La náusea, publicada en 1938, desarrolló a través de Antoine Roquentin cuestiones relacionadas con la existencia, la alienación y la ausencia de un significado previamente establecido, mientras que obras teatrales como Las moscas o A puerta cerrada trasladaron algunos de sus problemas filosóficos a personajes obligados a enfrentarse con sus actos, con los demás y con la imagen que construyen de sí mismos.
Su popularidad creció enormemente durante los años cuarenta, hasta el punto de que miles de personas acudieron a la conferencia sobre el existencialismo que ofreció en París a finales de 1945 y de la que surgiría El existencialismo es un humanismo. Aquella intervención pretendía, entre otras cosas, responder a las críticas que tanto sectores marxistas como cristianos dirigían contra el existencialismo y presentar de una manera accesible las ideas que Sartre había desarrollado con mucha mayor profundidad en El ser y la nada.
Sartre, Simone de Beauvoir y el intelectual comprometido
La influencia de Sartre tampoco puede entenderse sin el ambiente intelectual francés del que formó parte y, especialmente, sin su relación personal e intelectual con Simone de Beauvoir, con quien mantuvo desde 1929 una relación que se prolongó durante el resto de su vida. Ambos se convirtieron en dos figuras centrales del pensamiento francés del siglo XX, aunque Beauvoir desarrolló una obra filosófica y literaria propia que desbordaría ampliamente su relación con Sartre.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Sartre abandonó progresivamente la posición relativamente convencional del profesor de filosofía para convertirse en escritor independiente y en uno de los grandes modelos europeos del intelectual comprometido, participando activamente en debates políticos y vinculando cada vez más la literatura con la responsabilidad del escritor ante su tiempo.
Junto a Beauvoir y Maurice Merleau-Ponty impulsó Les Temps Modernes, revista desde la que defendió una concepción de la literatura que no debía permanecer aislada de las circunstancias políticas y sociales en las que era producida. Esa preocupación por el compromiso no estaba desconectada de su filosofía de la libertad, ya que Sartre fue extendiendo el problema de la responsabilidad individual hacia cuestiones relacionadas con la opresión, el racismo y el colonialismo.
El escritor que rechazó el Nobel
La peculiar relación de Sartre con la libertad y la independencia personal tuvo también una manifestación especialmente conocida en 1964, cuando la Academia Sueca decidió concederle el Premio Nobel de Literatura por una obra que, según la motivación oficial, estaba llena del espíritu de libertad y de búsqueda de la verdad y había ejercido una influencia considerable sobre su época.
Sartre rechazó el galardón, como había hecho anteriormente con otras distinciones oficiales, manteniendo su decisión de no aceptar honores institucionales. La propia Fundación Nobel explica que su negativa respondía precisamente a esa práctica continuada de rechazar reconocimientos oficiales, por lo que conviene evitar la interpretación simplificada de que renunció al premio como un gesto aislado contra la Academia Sueca.
Para entonces, el filósofo nacido en París en 1905 ya se había convertido en una figura cuya influencia atravesaba la filosofía, la literatura y la política. Murió en la misma ciudad el 15 de abril de 1980, después de una trayectoria intelectual en la que la cuestión de la libertad había ido adquiriendo significados diferentes conforme su pensamiento incorporaba de manera más explícita las circunstancias históricas y sociales que condicionan la existencia.
Por qué estamos "condenados" a ser libres
La fuerza que conserva la frase de Sartre procede en buena medida de que invierte nuestra manera habitual de hablar de la libertad, que normalmente aparece como algo que se conquista, se concede, se protege o se pierde, mientras que para el filósofo francés existe una dimensión de ella de la que ni siquiera podemos desprendernos voluntariamente.
Estar "condenado a ser libre" no significa, por tanto, que todas las personas dispongan de las mismas oportunidades, que cualquier obstáculo pueda superarse mediante la voluntad o que las condiciones materiales carezcan de importancia, sino que, dentro de la situación concreta que cada individuo habita y con las posibilidades que realmente tiene disponibles, sigue existiendo una relación entre sus elecciones y aquello en lo que se convierte.
Por eso la segunda parte de la formulación de Sartre resulta tan importante como la primera: el ser humano está condenado porque no se ha creado a sí mismo, pero, una vez arrojado al mundo, es responsable de aquello que hace. La libertad deja así de presentarse únicamente como una promesa agradable para convertirse también en el problema que Sartre quiso colocar en el centro de la existencia humana.
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