Ahora que han acabado las fiestas de San Isidro y que la pradera está en calma, hablemos de dónde viene esta fiesta popular. Porque cuando se apagan los escenarios, se recogen los vasos de limonada y los mantones vuelven al armario, queda algo más profundo que una postal castiza. Queda la historia de una ciudad que, una vez al año, se reconoce en un labrador pobre, en una fuente, en una ermita y en una forma muy madrileña de celebrar la vida sin pedir permiso.

San Isidro no nació como icono festivo ni como excusa para llenar Las Vistillas, la Plaza Mayor o la Pradera de música. Antes de ser patrón, fue Isidro. Un hombre laico, casado con Santa María de la Cabeza, padre de familia y trabajador del campo. Fue canonizado en 1622 por el papa Gregorio XV junto a figuras tan relevantes como Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier y San Felipe Neri, y ahí está precisamente lo atípico de su figura. No fue obispo, ni mártir, ni fundador, sino un vecino humilde vinculado a la tierra y al trabajo diario.

La tradición sitúa a San Isidro en el Madrid medieval, cuando la ciudad todavía estaba lejos de convertirse en capital política y mucho más lejos aún de ser el gran escaparate turístico que es hoy. Fue un cristiano mozárabe, pocero y agricultor, un asalariado que vivió con sencillez y cuya devoción despertó admiración, pero también burlas entre algunos vecinos. Murió el 30 de noviembre de 1172 y, décadas después, en 1212, su cuerpo fue hallado incorrupto, momento a partir del cual creció su fama popular.

Ahí empieza, quizá, la verdadera historia de San Isidro. No en una gran declaración institucional, sino en la fe del pueblo. Madrid empezó a venerarlo antes de que Roma lo reconociera oficialmente. San Isidro es considerado patrón de Madrid desde 1212 y día de precepto en la capital desde 1621. Un año después, en 1622, llegó la canonización por Gregorio XV. La bula definitiva de canonización, Rationi Congruit, fue firmada posteriormente por Benedicto XIII en 1724.

Pero qué se celebra exactamente cada 15 de mayo. Se celebra al patrón de Madrid, sí, pero también una forma de relación entre la ciudad y su pasado. La fiesta gira en torno a la Pradera de San Isidro, la ermita y el agua. Las celebraciones de mayo están muy vinculadas a la relación entre el santo y el agua. La romería se concentra en la Pradera y sus calles cercanas, y es costumbre que chulapos y chulapas beban el llamado agua del santo, que brota de un manantial junto a la Ermita de San Isidro.

Ese gesto, beber agua en la fuente, puede parecer mínimo frente al ruido de los conciertos o la fuerza visual de los trajes tradicionales. Sin embargo, contiene el corazón de la fiesta. San Isidro fue asociado desde antiguo con el don de encontrar agua, un elemento esencial para una ciudad y para un santo labrador. La leyenda de sus milagros -los bueyes guiados por ángeles, la multiplicación de alimentos, el agua que aparece donde hacía falta- no debe leerse solo como un repertorio piadoso, sino como una narración colectiva sobre lo que el pueblo necesitaba pan, agua, trabajo, protección y esperanza.

Después llegaron los símbolos que hoy reconocemos de inmediato. El traje de chulapo y chulapa no pertenece al Madrid medieval de Isidro, sino a la cultura castiza que terminó abrazando la fiesta como seña de identidad. Ellos, con chaleco, pantalón oscuro, pañuelo al cuello y parpusa. Ellas, con vestido ajustado, mantón de Manila, pañuelo en la cabeza y claveles. Son prendas que han saltado del folclore a la reivindicación estética. En los últimos años, además, se han impulsado iniciativas para promover la moda castiza como parte del patrimonio cultural madrileño y facilitar que vecinos y vecinas confeccionen sus propios trajes.

Y luego están las verbenas. Sin ellas, San Isidro perdería buena parte de su pulso. La verbena es la fiesta que no necesita solemnidad. Música, baile, comida, conversación y calle. En San Isidro conviven los conciertos contemporáneos con el chotis, los pasodobles y los escenarios tradicionales.

El chotis, ese baile aparentemente sencillo en el que el hombre gira casi sobre sí mismo mientras la mujer marca el movimiento, es una de las grandes imágenes de la fiesta.

La gastronomía también cuenta la historia. La merienda en la pradera, la limonada madrileña y las rosquillas forman parte del rito. Las rosquillas pueden ser tontas, listas, de Santa Clara o francesas. Las primeras, más sencillas. Las listas, cubiertas con azúcar. Las de Santa Clara, con merengue blanco. Y las francesas, con almendra. La limonada madrileña lleva vino, limón, azúcar y fruta troceada, normalmente manzana.

La verdadera historia de San Isidro, por tanto, no es solo la de un santo. Es la de una ciudad que ha convertido una devoción antigua en una fiesta popular donde caben la religión, la música, el barrio, el baile, la comida y la reivindicación de lo castizo. Es una celebración que ha sobrevivido porque ha sabido cambiar sin romper del todo con su origen.

Ahora que la pradera está otra vez en calma, quizá se entiende mejor. San Isidro no vive únicamente en el 15 de mayo, ni en las fotos de chulapos, ni en las rosquillas de escaparate. Vive en esa idea sencilla y poderosa de que Madrid también fue campo, agua, trabajo humilde y vecindad. Y quizá por eso, cada año, cuando la ciudad parece demasiado rápida, demasiado cara o demasiado ajena, vuelve a mirar hacia un labrador.

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