Emmanuel Macron viajó a Japón en visita oficial y regresó con algo más que una fotografía diplomática. Durante la primera jornada del viaje recibió una obra dedicada por Hayao Miyazaki inspirada en Porco Rosso, uno de los títulos más emblemáticos del fundador de Studio Ghibli.
Podría parecer un detalle cultural más dentro del protocolo entre países. Pero no lo es. No estamos ante un regalo neutro, ni ante una simple cortesía cinéfila. Porco Rosso es una película atravesada por la guerra, la memoria, la libertad individual y el rechazo al fascismo. En pleno 2026, su carga simbólica resulta demasiado evidente como para leer el gesto como una anécdota amable.
El propio Macron lo dejó claro. El presidente francés compartió la imagen del regalo y escribió que "Porco Rosso se opone a la brutalidad del mundo con una idea irreductible de libertad". No fue una frase ornamental. Fue una interpretación política del obsequio. Y seguramente también una forma de situarlo en el contexto actual, una Europa tensionada por la guerra, por el auge de la extrema derecha y por un deterioro cada vez más visible del lenguaje democrático.
Para entender el peso de ese regalo conviene volver a la película. Estrenada en 1992, Porco Rosso cuenta la historia de Marco Pagot, un antiguo piloto italiano de la Primera Guerra Mundial reconvertido en cazarrecompensas aéreo y transformado en un cerdo antropomorfo. La acción transcurre en el Adriático de entreguerras, con el fascismo italiano avanzando al fondo.
Por eso sigue resonando con tanta fuerza la frase más célebre de la película: “Prefiero ser un cerdo que un fascista”. No se trata solo de una línea brillante o ingeniosa. Resume toda una posición ética. En el universo de Miyazaki, convertirse en cerdo no es una broma visual, sino una forma de apartarse de un orden basado en la obediencia, la disciplina y la brutalidad. Ser un cerdo, en esa historia, es negarse a formar parte del engranaje del horror.
Ese sentido encaja además con la trayectoria del propio Miyazaki. El director japonés ha mantenido durante décadas una posición pública claramente pacifista y crítica con el militarismo. Su cine ha abordado una y otra vez la relación entre belleza, tecnología y destrucción, especialmente a través del vuelo y de las máquinas. Pero nunca desde la fascinación bélica. En Miyazaki, los aviones pueden ser hermosos, pero la guerra nunca lo es.
Eso explica por qué Porco Rosso conserva hoy una potencia política que va mucho más allá de la nostalgia cinéfila. La película ama la libertad, pero desconfía del poder; admira la técnica, pero rechaza su uso para la destrucción; retrata la aventura, pero no romantiza la guerra. En esa tensión está buena parte de la vigencia de la obra.
El gesto tiene además un eco reciente en la política francesa. En diciembre de 2025 Vladímir Putin utilizó el término “piglets” para referirse a políticos europeos. Después, una cuenta oficial francesa respondió con una referencia visual a Porco Rosso y a su célebre frase antifascista. El cerdo de Miyazaki ya había sido reutilizado como símbolo de resistencia irónica frente al autoritarismo.
En tiempos en los que la extrema derecha gana espacio cultural y político en Europa, los símbolos importan. Y la cultura también. A veces incluso más que los discursos oficiales, porque tiene la capacidad de condensar en una sola imagen lo que la política no logra explicar sin toneladas de retórica. Un cerdo sobrevolando el Adriático puede parecer una rareza del anime. En realidad, sigue siendo una impugnación frontal del fascismo.