Hubo un tiempo en que la modernidad sonaba bajito. No entraba por unos auriculares, ni vivía dentro del móvil, ni se medía en canciones favoritas. Bajaba del techo. Salía de una rejilla. Acompañaba el trayecto en ascensor, la espera en una oficina, la compra en unos grandes almacenes o el paso por el vestíbulo de un hotel. En España lo llamamos hilo musical, una expresión casi doméstica, como si aquella música estuviera cosida al edificio. Y, de algún modo, lo estaba.

La pregunta de qué fue del hilo musical tiene algo de arqueología sentimental. Quien haya crecido en las últimas décadas del siglo XX lo recuerda como una música sin firma, melodías suaves, versiones instrumentales, una amabilidad un poco sospechosa. Decía que comprar, esperar o trabajar podían hacerse mejor con una banda sonora diseñada para no molestar. Y decía, también, que la música llevaba tiempo dejando de ser solo arte o entretenimiento para convertirse en herramienta.

El modelo industrial de esa idea nació en Estados Unidos. El general e inventor George Owen Squier desarrolló en los años veinte sistemas para distribuir señales por cable, y de ahí surgió la compañía que acabaría llamándose Muzak, marca registrada desde 1934. Su hallazgo no fue únicamente técnico, sino cultural, convertir la música ambiental en un servicio. Primero se pensó para hogares conectados por cable eléctrico, pero la radio gratuita dejó sin recorrido ese negocio doméstico. Entonces Muzak encontró un nicho mucho más rentable, hoteles, restaurantes, fábricas, oficinas y comercios. La música dejaba de pedirse, se suministraba.

Durante los años cuarenta, cincuenta y sesenta, aquella música pasó a venderse como "música funcional". Muzak desarrolló incluso la llamada “Stimulus Progression”, una programación en bloques de 15 minutos con variaciones de tempo e intensidad pensadas para combatir la fatiga y aumentar la productividad de los trabajadores, alternando tramos musicales y silencios. Visto desde hoy, hay en aquello algo entre la ergonomía y la ingeniería social, no era música para escuchar, sino para producir un comportamiento. No extraña que el nombre Muzak terminara convirtiéndose en inglés en un sinónimo despectivo de música blanda, despersonalizada, casi anestésica.

España llegó algo después, pero llegó con entusiasmo tecnológico. El 1 de octubre de 1969 se puso en marcha aquí el servicio de hilo musical de la antigua Compañía Telefónica Nacional de España, con participación de Radio Nacional de España. RTVE lo ha recordado como un antecedente remoto de las actuales plataformas de pago, una especie de Spotify analógico transmitido por la red telefónica. Diversas reconstrucciones históricas sobre la telefonía española sitúan el arranque técnico en la central de Madrid-Prosperidad, donde RNE preparaba grabaciones especiales para alimentar el servicio.

Su llegada no fue masiva desde el primer día. En sus comienzos, el hilo musical español tuvo algo de lujo discreto. Se asoció a hoteles, edificios elegantes, algunas oficinas y viviendas de cierto nivel. Más tarde se normalizó en comercios y espacios públicos. Aquel servicio comenzó con una oferta limitada de canales y una cuota mensual fija, y con el paso del tiempo evolucionó desde las cintas y programaciones artesanales hasta sistemas digitalizados capaces de personalizar ambientes por marcas, horarios, países o perfiles de cliente.

Ahí está, seguramente, el punto más interesante, el hilo musical no desapareció, se volvió más listo. Desapareció, sí, como icono visible del ascensor y de la sala de espera clásica. El País ya contaba en 2011 que había perdido presencia en los rascacielos madrileños para instalarse en peluquerías, hoteles, bancos o tiendas de ropa. En paralelo, Telefónica presumía entonces de decenas de miles de puntos de servicio y de una larga evolución del viejo sistema hacia soluciones de ambientación comercial. En documentos corporativos posteriores, la propia compañía ha definido a servicios como “hilo musical spotmusic” como descendientes directos del hilo musical de los setenta.

Lo mismo ocurrió fuera de España. Muzak fue absorbida por Mood Media en 2011, y en 2013 la histórica marca dejó paso a una identidad nueva. Pero el negocio siguió, música con licencia para locales, mensajes de voz, pantallas, sistemas audiovisuales y diseño de experiencias de compra. La empresa insiste hoy en que sigue ofreciendo precisamente eso que durante décadas simbolizó Muzak, solo que actualizado a una lógica digital y plenamente comercial. Dicho de otra forma, la melodía neutra murió, pero la gestión estratégica del ambiente sonoro goza de excelente salud.

¿Qué fue, entonces, del hilo musical? La respuesta más exacta quizá sea esta, se volvió invisible. Dejó de llamarse así, perdió el prestigio del nombre y la estética de la moqueta, pero colonizó el presente. Está en la tienda que quiere que compres despacio o deprisa, en el hotel que desea parecer cosmopolita, en la llamada que convierte tu espera en un espacio de retención amable, en el comercio que ya no pone una radio cualquiera, sino una personalidad sonora cuidadosamente administrada. El hilo musical no acabó en el museo de las tecnologías kitsch. Se infiltró en la vida cotidiana con una eficacia aún mayor que antes.

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