Los modernos vivimos tristes y agazapados en nuestro nicho hasta que alguien grita que hay concordato: “aleluya”, pensamos mientras salimos de un brinco y corremos a celebrar con entusiasmo y sin culpa nuestra actividad popular de masas antes de que caduque el salvoconducto – de NPCs, se llamó hace un tiempo a lo normie; de la charca, se llama ahora –; ha pasado estos últimos meses con Bad Bunny, artista considerado masivo y misógino, propio de latinos y pelobrocolis, hasta que se ha medio posicionado políticamente y lo han convertido en un producto alternativo y disidente que ahora sí mola escuchar; y ha pasado también, esto sí es sorprendente, con el Mundial de fútbol, deporte etiquetado en la práctica casi de amebas intelectuales, de fifes – o sea: de chavalitos jóvenes y básicos, de los que responden fueguitos por las historias de Instagram –, hasta que el tribunal de modernetes arrabaleros de Madrid ha dado el visto bueno al salvoconducto implorando en su auto la postironía, es decir, deformando tanto el deporte mediante la burla que lo han acabado dando la vuelta como un calcetín para volverlo divertido: lo empiezas a ver para reírte de ellos y de ti mismo, pero acabas viéndolo porque de verdad te gusta

La postironía es un fenómeno tan extraño y místico como las erecciones de Satanás; es un superpoder nativo de Internet – o de las redes sociales, precisaría – que faculta a quien lo controla para volver molón lo que antes daba vergüenza ajena. El ejemplo perfecto es Bbtrickz, una artista que a fuerza de crearse un personaje ridículo e histriónico convirtió a sus detractores en fans, a sus burladores en clientes potenciales: para reírte de algo, debes primero consumirlo, es una verdad innegable, y quienes controlan este arte, como es el caso de la raperilla de Barcelona, lo saben. Pero saben también otra cosa: para que la postironía funcione, debe haber algo sólido en tu proyecto que genere un placer culpable en el consumidor lo suficientemente grande para forzarle a buscar validación social mediante el consumo irónico; por seguir con el ejemplo de Bbtrickz, lo que primero se argumentó para justificar su escucha fue la originalidad de sus letras. 

Este año, el fenómeno con el que se ha volcado la postironía ha sido el mencionado Mundial de fútbol; desde la bromita de ser fifes, heteros y básicos emparanoiados con el Bicho y el último torneo mundialista de Messi, Madrid se ha llenado de modernos baggyportadores con camisetas de selecciones de fútbol icónicas como la argentina, la inglesa y, sobre todo, la segunda equipación española. Adidas ha conseguido colar la preciosísima camiseta blanca como ese oscuro y culpable objeto de deseo para que el modernito petardo que marca tendencia en Instagram sienta la necesidad de reivindicar el fútbol desde la broma, sí, pero de reivindicarlo al fin y al cabo, para poder llevar a gusto su camisetita conmemorativa blanca: qué gracioso me parece que los adalides de la modernidad necesiten justificar desde lo genuino que les gustan las mismas cosas que a nosotros, los vulgos mortales. 

También tengo una segunda teoría, y es que las camisetas se han diseñado en un oscuro sótano del CNI en colaboración con Vox, la Casa Real y el zumbado del parche de El Gato Al Agua con el fin de despertar un sentimiento patriótico mediante la moda en todos esos muchachines que llevan pantalones anchos y gafas Arnette, y van cada viernes a Casa Pepa a intentar ligar con la narcisista esa de Instagram que se pinta estrellas en la cara. De ser así, creo que lo han logrado. Al menos, conmigo.  

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