Durante años, Banksy ha funcionado como una anomalía perfecta: un artista planetario con estética de guerrilla, una superestrella sin rostro, un nombre capaz de intervenir una pared, una subasta o una conversación política sin necesidad de comparecer jamás. Su anonimato no era un detalle biográfico; era parte central de la obra. Por eso la nueva investigación de Reuters, que vuelve a señalar a Robin Gunningham como el hombre detrás del alias, no se lee solo como una revelación. Se lee como un pequeño terremoto cultural.

Todo arranca en Ucrania, en 2022, cuando varios murales de Banksy aparecieron en edificios destruidos por la guerra. Reuters siguió esa pista y acabó enlazando nombres, desplazamientos y fechas hasta llegar, de nuevo, al sospechoso habitual: Robin Gunningham, natural de Bristol, una ciudad inseparable del ADN visual y político del artista.

La prueba más llamativa, sin embargo, no está en una pared bombardeada, sino en un viejo episodio policial de Nueva York. Según la investigación, en 2000 un hombre fue detenido por intervenir una valla publicitaria de Marc Jacobs en Manhattan y firmó una confesión con el nombre de Robin Gunningham. Ese documento, recuperado ahora, aparece como una de las piezas más sólidas del reportaje, hasta el punto de que varios medios internacionales han dado por prácticamente resuelto un enigma que llevaba décadas alimentando teorías, bromas y un mercado multimillonario.

Gunningham habría pasado a utilizar el nombre de David Jones, una identidad mucho más común, y localizada en registros que sitúan a un David Jones con la misma fecha de nacimiento viajando a Ucrania junto a Robert Del Naja, el músico de Massive Attack que durante años fue señalado como posible Banksy. El hallazgo no borra del todo el vínculo entre ambos, pero sí desplaza el foco: Del Naja ya no aparece tanto como el autor secreto de los murales como una figura del entorno, un colaborador o facilitador en algunas operaciones.

Ahora bien, conviene no escribir el obituario del misterio demasiado deprisa. El abogado de Banksy, Mark Stephens, ha respondido que su cliente “no acepta que muchos de los detalles” recogidos en la investigación sean correctos y sostiene que el anonimato protege la libertad de expresión, evita represalias y forma parte del ecosistema en el que el artista ha podido trabajar durante años. No es una confirmación, pero tampoco una desautorización limpia y contundente. Más bien suena a la clase de respuesta que mantiene la puerta entreabierta: suficiente para discutir, insuficiente para cerrar el caso del todo.

En realidad, la gran paradoja de Banksy es que su “identidad secreta” lleva mucho tiempo siendo una especie de secreto a voces. Ya en 2008, Mail on Sunday apuntó a Robin Gunningham. En 2023 reapareció una entrevista de la BBC grabada en 2003 en la que, al ser preguntado por si su nombre era Robert Banks, el artista respondía: “It’s Robbie”. Aquello no resolvió nada de manera definitiva, pero sí reforzó la sensación de que el disfraz llevaba años agrietándose. Reuters no inventa de cero esa sospecha: la ordena, la documenta y la convierte en un relato mucho más robusto.

Lo interesante no es únicamente si Banksy se llama Robin Gunningham. Lo verdaderamente interesante es comprobar hasta qué punto su anonimato ha sido rentable en todos los sentidos. En el plano simbólico, le permitió seguir siendo algo más que un artista: una firma insurgente, casi una aparición. En el plano legal, esa invisibilidad también le generó problemas. En 2020, una oficina europea de propiedad intelectual llegó a cuestionar uno de sus registros al señalar que había elegido permanecer en el anonimato y que eso complicaba acreditar sin fisuras la titularidad de ciertas obras. Más tarde, una instancia de apelación revirtió al menos uno de esos reveses, pero el caso dejó claro que el misterio también tiene costes.

Y luego está el mercado, que con Banksy siempre actúa como un personaje más. La carrera del artista ha estado marcada por una mezcla insólita de crítica antisistema y cotizaciones de altura. Su gesto más célebre sigue siendo probablemente el de 2018, cuando una versión de Girl with Balloon se autodestruyó parcialmente justo después de ser adjudicada en Sotheby’s. La obra, rebautizada como Love is in the Bin, volvió a subastarse en 2021 y alcanzó 18,6 millones de libras, unos 25,4 millones de dólares. Es decir: incluso cuando Banksy se burla del mercado, el mercado convierte la burla en oro.

Los mitos culturales raramente mueren por una firma en un papel o por una investigación exhaustiva. La pregunta es otra: cuánto de Banksy dependía de no saber quién era y cuánto dependía, simplemente, de la puntería de sus imágenes. 

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