España es campeona del mundo por segunda vez en su historia. Recuerdo que en 2010 mi padre me dijo que esto no se volvería a repetir, claro, su generación venía de comerse 30 años de fracasos entre mundiales y eurocopas. Ni puesto de LSD se imaginaría volver a levantar por segunda vez ese hermoso trofeo de oro de cinco kilos de oro macizo que tantos desean. No hay en el fútbol un galardón más grande que este, no hay una competición superior a esta, no se puede subir más arriba en la cima. Horas después de que Rodri elevase a un país a la gloria levantando el trofeo al cielo de Nueva Jersey le volví a preguntar a mi padre si esto se volvería a repetir: “por supuesto”, me dijo. Y es que en ese lapso de tiempo 2010-2026 brotó el fruto principal que nos permitió conquistar dos mundiales y dos eurocopas: se rompió el techo psicológico y brotó la autoconfianza de saber que se podía ganar. Una confianza sana en nuestros jugadores y nuestra selección, y no esa confianza bastarda y mal entendida por parte de muchos argentinos, que roza entre lo cómico y la pena. 

Muchos hinchas argentinos, streamers y creadores estaban tan preocupados de llamar al “cancherismo” con declaraciones chulescas y mofas contra los españoles que también a ellos se les olvidó cómo se jugaba al fútbol. No pasa nada, empezaron a tocar el balón los Fabián, Rodri y Dani Olmo y seguro que ese baño futbolístico lo recordarán toda su vida. Como tampoco olvidarán los ceros tiros a puerta en 120 minutos, nunca antes había pasado que una selección no chutase a portería en la final de un mundial. Récord. Son ese niño que cree que para ser popular hay que llamar la atención, hasta que llega uno que sin abrir la boca ni pisotear a nadie consigue el doble de popularidad que tú y te quedas con la cara partida. Y luego pasa lo que pasa, que el choque contra la realidad es dura, y Enzo Fernández es expulsado por un entradón a Cubarsí; Mac Allister y Tagliafico persiguen sombras y solo llegan a tiempo para dar patadas; el mismísimo Messi intenta una sucísima triquiñuela para forzar la expulsión de Cucurella; Nahuel Molina le pega un puñetazo gratuito a Rodri mientras este corre a celebrar el triunfo con sus compañeros; y a Paredes le exorciza al final del partido el espíritu de la impotencia golpeando violentamente a diestro y siniestro, para luego hincar la rodilla y echarse a llorar en el césped, compartiendo las lágrimas con los aficionados.

Y para colmo en las últimas horas desde varios medios argentinos se ha insinuado que, atención a esto, la derrota se produjo porque el FBI se encontraba en el estadio para detener en el descanso al presidente de la Asociación de Fútbol Argentino, Chiqui Tapia, investigado por corrupción, y eso desestabilizó anímicamente a los jugadores que no pudieron desplegar su mejor juego. También dijeron que la FIFA amenazó al combinado albiceleste para que no ganase el Mundial. Magufadas. Palabrería, ruido, no saber perder y excusas que resta seriedad al hincha y pretende contaminar el debate, desplazando lo único importante: España le bailó a Argentina su propio tango. El noble arte de hablar en el terreno de juego

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