Coctelera

Qué rentables estos locos: Mus Mus y el circo de las redes en Cuatro Caminos

Mus Mus, el gritón de Cuatro Caminos, al que los chavales graban para reírse de su enajenación, se ha convertido sin quererlo en reflejo de nuestra inmundicia

Collage de Mus Mus junto a la señal de Metro de Cuatro Caminos y una fotografía histórica de la glorieta sobre fondo rosa.
Collage de Mus Mus junto a la señal de Metro de Cuatro Caminos y una fotografía histórica de la glorieta sobre fondo rosa.

Mus Mus es esquizofrénico. O lo parece. Gasta casi todo el día deambulando en una esquina de la glorieta de Cuatro Caminos. Uno sabe que Mus Mus no anda muy allá del tanque por su comportamiento errático y espontaneo. Consiste, entre otros, en dar vueltas como una peonza frente al McDonald's del córner mientras entona su particular muletilla. Un aullido talibán, de café ardiendo o martillazo en el pulgar, cargado de erres con el que se desgañita. 

¡RAAA! ¡RAAA! Cantaba Mus Mus. ¡RAAA! ¡RAAA! En Bravo Murillo.

Otra de sus particularidades es que, a la manera de los santeros o los pulpos, Mus Mus crea pequeños altares o jardines. A las faldas del platanero frente al que instala su trono -una silla plastiquera de jardín- diseña singulares escaparates que va cambiando cada pocos días. Muñecas, plantas, colchones raídos, camisetas colgantes y demás miscelánea basuril. Todo muy new age. Todo un poco escalofriante y estéticamente sorprendente, demostrando así que Mus Mus tiene más talento que tres cuartas partes de los artistas laureados en ARCO.

Hablar con Mus Mus no es tarea fácil, ya les digo. De palique con él un par de veces lo he visto divagar en exceso. Moverse a trompicones como un caballo salta por el tablero. Abonar fuerte el sinsentido. O bien te agasaja, privándose de su canto furtivo, o te disecciona con la briosa mirada de Terminator. Lo mismo dice que es un tipo de lo más peligroso, con una década de talego en su historial, que alega la bondad natural de su alma, su predilección por estar tranquilo, hacer su movida -no se sabe muy bien cual, un poco a la madrileña- y, llegado el momento, darse el piro de España a Francia.

Mus Mus es senegalés: negro tizón de rasta jamaicana. El país galo lo seduce más. El idioma. Las oportunidades, dice. Pero le robaron el pasaporte y su locura no ayuda. La calle. El tiempo muerto. La mirada agreste del prójimo. Nada ayuda. Está jodido, Mus Mus. Así que canta y se le va la pinza y eso da algún que otro susto a los viandantes y, si uno está atento, puede echarse unas risas viendo como saltan las chiquillas, medio histéricas medio carcajeantes, que pasan a su lado cuando entona ese gruñido selenita. 

¡RAAA! ¡RAAA!  Cantaba Mus Mus. ¡RAAA! ¡RAAA! En Bravo Murillo.

Vaya por delante que no es ningún santo, el rastaman. La rumorología de la avenida lo señala como hábil ladronzuelo. En especial de los ceniceros y cubiertos de las terrazas, cuando no de guiris despistados o desgreñados por el alcohol. Alguna bulla también se le conoce. Nada excesivo. Nada que todos no hayamos rozado alguna vez llegado el cenit de la cogorza, con la particular excepción de que él vive cada día en esa tensión. Asumiendo el vértigo, flotando en su chapapote mental, a un palmo del precipicio en una lata de cerveza sin fondo.

A Mus Mus le irían de perlas muchas cosas. Una ayuda consular de su país, lo primero. Unas proverbiales pirulas de farmacia, diría, lo segundo. Lo que me arrastra hasta la más sanguinaria de las indignaciones no es, sin embargo, la trinchera cotidiana de Mus Mus. Ese es un terreno demasiado resbaladizo y lleno de aristas para defenderlo, y seguro que acabo cayendo en la domesticación que me impone el buenismo sensible. Sucumbo, lo reconozco, con demasiada facilidad a la bendita empatía que me burbujea en el estómago: una canícula emocional tan humana como cegadora.

A mí lo que me cierra el puño son quienes, a expensas de su delirio, deciden grabarle en pleno apogeo durante sus crisis riéndose de esos achaques caóticos. Convirtiendo sus chaladuras en una oportunidad para llamar la atención en redes sociales. Lo he presenciado en varios pases, como malas corridas ortopédicas y vulgares, más próximas a la casquería que al prestigio.

Oigo el crujir de mis nudillos y la tensión de mis esternocleidomastoideos aumentando. Me vienen las imágenes de esos desgraciados grabando historias para TikTok con sonrisa de Joaquín Phoenix, mientras Mus Mus entretiene a esos fétidos zoquetes como un animal de feria... Sólo de pensarlo siento que mi mente solicita un ostracismo de montaña. O jugarme la condicional dando rienda suelta la masacre que bien visto sería la otra cara digna de la moneda.

Ya asoma la arcada... Ya siento el arrebato sádico dominando mis nervios. Un sopapo redentor. Una regañina que resulte en unas nalgas rojas como pavías. Soy consciente, oigan. La violencia nunca es el camino. Salvo que sea el único lenguaje común habiéndose disipado el sentido. En esto, ya perdonarán, la testosterona es sabía y honrada compañera.

¿En qué momento convertimos la indignidad en reclamo? No me refiero, por supuesto, a las volteretas a la cordura de Mus Mus. Hablo de esos andobas haciéndose los encontradizos con él para mondarse de su delirio, buscando el aplauso desde el atril de la deshumanización. Grabándose junto a Mus Mus como si fuera una atracción parasitando la mirada ajena, convertidos así en la expresión actualizada de los neandertales. Porque eso no es desobediencia de la buena, compañero. No es provocador, ni irreverente. Es un cruzado, chabacano y mohoso, en el mentón de la decencia.

Ya sé, ya. El mal es fotogénico, como dice Javier Goma. El de Mus Mus, también. Pero en su forma más envilecida. Quien lo graba para viralizarse con el fin de empachar su ego lima de si cualquier atisbo de distinción. Esa cualidad resplandeciente de la bondad a ratos tan malinterpretada porque nos hace parecer inocentes. O tontos, que aparte de pobre es lo peor que se puede parecer.

Al lunático vociferante de Mus Mus no da la sensación de importarle demasiado. Él está a cosas más serias. La policía. Los violentos gorilones. La cerveza. Le hace incluso gracia, diría. No le aflige. Se piensa protagonista de una gracieta compartida ajeno a que esa risa de los aspirantes a influmierder no se reparte. Se alimenta sólo de él.

¡RAAA! ¡RAAA! Cantaba Mus Mus. ¡RAAA! ¡RAAA! En Bravo Murillo. 

Y si sus malos hábitos no acaban con él, ahí seguirá, confinado en sus manías, bendiciendo esa esquina como un decorador de exteriores. Viendo su locura convertida en espectáculo para que otros saquen brillo a sus cuentas digitales sin intención alguna de empatía o comprensión. Visto de lejos, nada mal como postal de la fiesta en la que anda sumida nuestra era. La inmundicia, oye, muy lograda.

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