Durante gran parte de su vida, Yayoi Kusama pareció empeñada en borrar las fronteras entre ella misma y el mundo que la rodeaba. Lo hizo cubriendo superficies con miles de puntos, multiplicando reflejos hasta hacer desaparecer los límites de una habitación y convirtiendo objetos cotidianos en piezas que parecían proceder de otra realidad.

La artista japonesa falleció el pasado 14 de agosto en Tokio a los 97 años. La noticia fue comunicada públicamente el 27 de agosto por su estudio, poniendo fin a una de las trayectorias más singulares del arte de los siglos XX y XXI.

Kusama nació en Matsumoto, Japón, en 1929. Desde muy pequeña comenzó a experimentar visiones en las que flores, puntos y patrones se repetían hasta cubrir todo lo que tenía delante. Aquello que podía resultar aterrador terminó convirtiéndose en el origen de su lenguaje artístico.

Los puntos que décadas más tarde llenarían museos, escaparates y redes sociales no nacieron como una simple decisión estética. Para Kusama eran una forma de representar la sensación de perderse dentro de algo inmenso, de desaparecer dentro del universo. Esa idea nunca la abandonaría.

Nueva York y la conquista de la vanguardia

A finales de los años cincuenta, Kusama dejó Japón y se instaló en Nueva York, entonces uno de los grandes epicentros del arte internacional. Allí comenzó a desarrollar sus Infinity Nets, enormes superficies cubiertas por formas repetitivas, y se introdujo en una escena artística dominada por nombres masculinos y occidentales.

Su presencia no pasó desapercibida. Kusama experimentó con pintura, escultura, instalaciones y performances, construyendo una obra difícil de encasillar. Sin embargo, el reconocimiento que hoy parece inseparable de su nombre tardaría décadas en llegar.

Con el tiempo, las Infinity Mirror Rooms se convirtieron en una de sus creaciones más famosas. En estas instalaciones, espejos y luces multiplican el espacio hasta hacerlo aparentemente interminable. El visitante deja de ser un simple espectador y pasa a formar parte de la obra, repetido una y otra vez dentro de una habitación que parece no tener principio ni final.

Miles de personas hicieron cola para entrar, fotografiarse y compartir una experiencia artística creada mucho antes de que existieran los teléfonos inteligentes.

Las calabazas que se convirtieron en iconos

También están sus calabazas, probablemente uno de los elementos más entrañables de su obra. Kusama las pintó y esculpió durante décadas, siempre cubiertas por sus característicos lunares. Algunas alcanzaron dimensiones monumentales y acabaron instaladas en espacios públicos de diferentes países.

La más conocida es quizá la gran calabaza amarilla de la isla japonesa de Naoshima, convertida en una imagen inseparable del paisaje y en uno de los símbolos del arte contemporáneo japonés.

La vida de Kusama estuvo estrechamente vinculada a su salud mental. La artista habló en numerosas ocasiones de las alucinaciones que experimentaba desde la infancia y de la importancia del arte como una manera de convivir con ellas.

Tras regresar a Japón, ingresó voluntariamente en un hospital psiquiátrico de Tokio durante la década de los setenta. Desde entonces desarrolló una rutina particular. Vivía en el centro y trabajaba diariamente en un estudio cercano. Ese ritmo se mantuvo durante décadas.

Kusama continuó creando pinturas, esculturas, instalaciones, poemas y novelas, convirtiendo el trabajo artístico en una disciplina casi absoluta.

Fue especialmente a partir de la década de los noventa cuando grandes exposiciones y retrospectivas comenzaron a recuperar su importancia dentro de la historia del arte. Después llegó la consagración.

Sus exposiciones comenzaron a atraer multitudes, sus obras alcanzaron cifras millonarias y su estética saltó del museo a la moda y al diseño. Sus colaboraciones con Louis Vuitton llevaron sus puntos a bolsos, prendas y escaparates de todo el mundo. Su melena roja y sus vestidos cubiertos de lunares terminaron formando parte de una identidad pública inmediatamente reconocible.

En 2017 abrió en Tokio el Yayoi Kusama Museum, dedicado exclusivamente a conservar y mostrar su trabajo.

Un último punto dentro del infinito

Yayoi Kusama pasó gran parte de su vida intentando representar aquello que no tiene límites. Convirtió el miedo, las visiones y la repetición en belleza. Hizo del punto más pequeño una manera de hablar del universo entero.

Su muerte pone fin a una vida extraordinariamente larga dedicada casi por completo a la creación, pero no parece cerrar realmente su historia. Sus habitaciones seguirán reflejando a quienes entren en ellas. Sus calabazas continuarán observando el paisaje. Sus puntos seguirán repitiéndose sobre lienzos, paredes y objetos.

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