Una de mis películas favoritas es la francesa La Haine (El Odio) de 1995. En ella uno de los protagonistas dice que siente que su vida es como la historia de un hombre que cae de un edificio de cincuenta pisos. A medida que desciende sin remedio y cada vez más rápido, para tranquilizarse, se repite a sí mismo sin cesar: 'De momento todo va bien. De momento todo va bien...'
Cuando uno lee las noticias no puede evitar tener esa misma sensación más a menudo de lo que le apetecería. El pasado domingo hubo una manifestación en Madrid contra la corrupción, en ella se pedía la dimisión del presidente del Gobierno. No hay ironía en mis palabras, celebro el derecho adquirido de poder salir a la calle rodeado de iguales a protestar contra lo que crees injusto. Yo mismo estaré este fin de semana en la convocada en defensa de la sanidad pública en la capital. Las manifestaciones son un indicativo de democracia fuerte y consolidada. De momento todo va bien.
Entre banderas de España y miles de ciudadanos y ciudadanas legitimamente preocupados por algo tan serio como la corrupción institucional vimos pancartas loando a Franco, corruptores confesos y exlideresas de un buen puñado de cargos imputados y condenados por tramas varias; pero también algo mucho más preocupante, vimos neonazis paseando entre ellos a plena luz del día y a cara descubierta. Gente con espacio en televisiones generalistas que amenazan sin rubor a periodistas, políticos y minorías. Siempre han estado ahí, pero ahora algunos de esos miles de ciudadanos y ciudadanas que llevan orgullosos sus banderas a manifestaciones empiezan a dejar de sentirse incómodos en su presencia ¿De momento todo va bien?
He escuchado a personas templadas llamar “extremo” al que malcamufla una cruz esvástica en un diseño ligeramente sutil para poder lucirla sin tener problemas legales y “extremo” al vegano que lleva un pin de solidaridad con Palestina y una camiseta de “No a la guerra”. Me gustaría sentir otra cosa, pero cada vez que me veo envuelto en una conversación así me parece ver pesar las plantas del edificio ante mí mientras descendemos hacia lo inevitable.
El Odio es una excelente película, pero un pésimo cimiento sobre el que construir sociedades. Y huele a odio. Y como ocurre con cualquier olor nuestro olfato se está acostumbrando a él. Cada vez necesitamos un poco más para arrugar la nariz, pero dejar de detectarlo no elimina sus efectos nocivos. Está entre nosotros impregnando los discursos de representantes públicos, las tribunas de algunos medios de comunicación, las redes sociales y la conversación en general. Señalarlo te convierte te convierte en paria porque el odio exige adhesión. Todos sabemos dónde acaba esto, pero parece que nos conformamos con no haber llegado aún. De momento todo va bien.
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