Cualquier periodista musical va a sentirse identificado con este texto. Estamos llegando a un límite de cantantes en este país. No puede haber más. Es físicamente imposible lidiar con tantas propuestas siendo tan pocos en nuestra profesión. Muchas veces tengo la sensación de que nos ofrecen artistas al peso, como si fueran sacos de ropa vintage. Equipos de comunicación que, sin conocerte, invaden tu intimidad escribiéndote por Instagram y WhatsApp. Te llaman y te escriben al mail personal. Da igual el día o la hora. Relaciones públicas que te bombardean a cañonazos con sus representados. Mírate esto, mírate lo otro. No sé quién encaja en tu medio. No sé cuál es perfecto para hacer esto. ¿Tendremos al menos el poder de decidir quién nos interesa? 

Da la sensación de que no les importa el tratamiento periodístico que se les dé a sus artistas. No buscan una lógica noticiosa. Solo importa salir, tener espacio, colarte a alguien. Da igual que un cantante no tenga nada que contar, su música sea vacía y carezca de mensaje. Da igual que no encaje en la filosofía de tu medio o en tu forma de entender el periodismo. Lo importante es encalomártelo. En este mundo, el periodista debe lidiar a veces con monstruos voraces e imposibles de saciar. Piden, piden y piden; pero, ¿qué dan? La promoción en sí se paga, tal y como hacen el resto de anunciantes. Se olvidan de que esto es una relación bidireccional. Los medios de comunicación no vivimos de entradas a conciertos ni de zonas vip. Cuesta mucho conseguir financiación para llevar adelante un medio cultural en este país. Darles coba y sacar a sus artistas conlleva una inversión económica que nunca están dispuestos a asumir. 

He hablado con compañeros que se sienten igual que yo. En esta profesión te encuentras a gente que te exige las preguntas antes de las entrevistas y otros que te piden eliminar respuestas. En muchas ocasiones, ni siquiera se tiene el mínimo gesto de compartir el trabajo una vez publicado. También llegan artistas apáticos, sin nada que decir ni un discurso preparado. Hay quien te pregunta cada dos por tres cuándo se publica la entrevista. Si no contestas, insisten e insisten hasta que reciben atención. También hay casos en los que se roza la mendicidad para que cojas a un determinado artista. Otros no saben diferenciar entre un medio generalista, uno especializado, un influencer o una cuenta de Instagram que roba memes. Te venden seguidores y reproducción en vez de pureza. Existen, incluso, los casos de quienes no saben aceptar un ‘no’ y se ponen a dar pataletas. Hace no mucho, una persona fue a quejarse al director de ElPlural para que me llamara la atención después de no ceder a sus presiones. Afortunadamente, nadie le hizo caso. 

Hay equipos de comunicación que me recuerdan a una historia de la mitología griega. Erisictón, rey de Tesalia, desafió a la diosa Deméter cuando ordenó talar un bosque sagrado dedicado a ella para construir un gran salón de banquetes. Ni las súplicas de los sacerdotes ni el carácter divino de los árboles lo detuvieron. Como castigo por su arrogancia y avaricia, Deméter lo condenó a padecer un hambre infinita, una necesidad devoradora que ninguna cantidad de comida podía saciar. Erisictón consumió primero sus cosechas, después su ganado, su fortuna y finalmente vendió hasta a su propia hija para seguir alimentando un vacío imposible de llenar. Su apetito creció tanto que terminó devorándose a sí mismo, convirtiéndose en uno de los símbolos más brutales de la codicia y el deseo insaciable. El Hambre de Erisictón está instaurando en la industria cultura española y es un problema para los artistas. Pasan a ser irrelevantes. Marcas que tan solo buscan ser publicitadas. Solo meras notas de prensa escritas con chatgpt que se pierden en el olvido. Víctimas del hambre insaciable.

Por eso agradezco infinitamente a esos maravillosos profesionales que empatizan con el periodista y con los que da gusto trabajar. Esos trabajadores que saben vender bien a su artista porque les gusta de forma original y sin prebendas. Que nos ayudan y con los que se tejen relaciones de beneficio mutuo. Que buscan la forma de hacer un trabajo periodístico sólido e interesante. Que sí apuestan por que sus clientes trasciendan y tengan un poso cultural. Por todo ello son indispensables para el buen funcionamiento de la industria. Además, sin su confianza, empatía y generosidad, no estaría escribiendo estas líneas. A todos ellos y ellas, gracias infinitas.  

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