De todas las formas en las que los españoles decidimos cargamos nuestro país la más dolorosa es vernos convertidos en hijos de Telecinco. Como la IA, como los puntazos de farlopa de los afterworks de los jueves por la noche, a la gran mayoría le pareció divertida la aparición de los primeros deficientes mentales en televisión. El progreso era esto, parecernos más a Occidente, convertirnos en esclavos del entretenimiento, poder levantar la voz en público si nos daba la gana. Pero, igual que preguntarle a ChatGPT -por el nombre real de tu autora favorita de novela erótica, por los riesgos de tomar Ozempic- más que a tu hermano qué tal lleva el crío la vuelta al cole, el futuro, la televisión y el circo se nos fue de las manos. Casi hubiese sido más digno convertirnos directamente en un casino como Las Vegas: ahí al menos todo el mundo sabe quién es el cliente y quién no.

Se hereda. La generación de los Jesús Gil, que hizo de su campechanismo un caballo de Troya a través del cual España se adentró en los abismos de la zafiedad y el confeti; los tontos útiles que siguen viendo la Isla de las Tentaciones cuando salen de sus trabajos de cuello blanco pensando qué tontos los Montoyas estos, verdad que nosotros no somos así cariño, pásame la mantita porfa, pensando que solo es una canita al aire; o el Big Bang de las Patiños, Estébanes, Izaguirres, y, por supuesto, agh, ghhh, gggghaaa, glup, perdón, disculpad la arcada, los Jorge Javieres.

Estos últimos (es lo que tiene ser lo peor de la peor generación que ha pisado Occidente, egoístas que no se preocuparon jamás de qué mundo nos dejaban a los que veníamos después), son los máximos responsables de todo este tinglado degenerado y repugnante, pero todos van haciendo mella en el ethos de una sociedad como la española que siempre tuvo una inclinación fascinante por el esperpento y por lo pasional pero que siempre había sido capaz de mantener ambas separadas. Carmen y Max Estrella no se cruzaban en los mismos saraos.

Habíamos tenido el pudor -esta es la palabra, sí- de lavar en casa los trapos sucios, hasta que llegó la tentación de fama y fortuna a cambio de convertirnos en lavanderos. Para ser famoso y rico solo tenías que convertirte en un remedo de una caricatura de tu peor versión, pintarte la raya, ponerte una, y salir a pasear tu jeta y tus intimidades por los platós. Y, por supuesto, abrazar la mala educación y ponerte a gritar.

Todas las casas donde en algún momento se ha sintonizado Sálvame, Salsa Rosa, Mujeres y Hombres, Gran Hermano, y un deplorable y larguísimo etcétera de producciones audiovisuales del mismo corte, donde se ha escuchado una carcajada ante un pedo dialéctico de un ignorante, o se ha azuzado a un tertuliano que atacaba a la exfulana de un extorero, gritando a la pantalla moviendo la mano para luego girarse en el sofá para decirle a tu marido “esta fresca al final verás como acaba”, son culpables de que cuando te encuentras haciendo cola para embarcar en un avión en la otra punta del mundo, las únicas personas de todo el aeropuerto hablando en voz alta de zafiedades y contactando físicamente como orangutanes en un viaje de ácido, ante la estupefacción generalizada, seamos españoles.

No los españoles en general, pero sí españoles. Berlusconi hacía orgías en la intimidad de su super yate, pero no se llevaba a las mamachicho al parlamento. Italia todavía separa la telerrealidad del Vaticano, pero nosotros no podemos decir lo mismo.

Quizá los menos privilegiados de nuestros mayores, criados en la posguerra, no sabían si perro se escribía con una o con dos erres, o diferenciar haber de a ver, pero aprendieron pronto que la diarrea emocional no era una opción. La buena educación no se aprende en ningún libro, se vive cada día. No podemos descuidarnos porque como todos los vicios es mucho más fácil adquirirla que deshacernos de ella.

Lo que cambió cuando aparecieron todos estos profesionales de la vergüenza ajena no fue el alma humana. No son tan poderosos. Cambió un sistema de reconocimientos y de premios que durante toda la historia de la humanidad había recompensado la virtud y castigado los chabacanería y la hybris. La telerrealidad noventera invirtió los papeles. La mala educación se convirtió en un síntoma de libertad y una forma de reivindicar lo popular cuando lo popular siempre ha sido digno y serio; las excentricidades eran cosa de señoritos, que se lo podían permitir.

Nosotros, el pueblo, siempre hemos tenido modales, y hemos dado las gracias cuando íbamos a la compra porque el panadero era tu vecino, tu igual, tu pareja de mus. No nos podíamos permitir los malos modos. Es otra mentira fácil de creer que apela a lo más oscuro de nosotros mismos, para que salga a la luz. Hay facetas de nosotros mismos que es mejor no conocer, y mucho menos darlas a conocer a los demás. Mientras más brutos, insensibles y maleducados seamos, más fáciles seremos de controlar, más serviles seremos. No hay nada más manipulable que alguien que ha dejado de discernir dónde está el bien y el mal.

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