Nado un rato en el Mediterráneo y emerge de mi barriga un ronquido que lleva ahí mucho tiempo, quizá desde que lo pusieron allí unos primeros antepasados, enanos y modestos, que sintieron como yo ese mar; es sumergirme al completo en él, a pocos metros de la orilla, y creerme a la vez un guerrero griego, un poeta turco, un salvaje argelino, un vendimiador andaluz. Siento desde mis entrañas, que imagino en parte como sus entrañas, el eco de una pertenencia absurda a una idea continental, a una imagen elevada de humanidad y disposición, a un culmen cultural que no se presume con la misericordia y el amor que merece.
Sin embargo, y aquí es donde está el quid del asunto, no me siento un gran hombre bajo esas aguas, sino otro hombre cualquiera, uno más; un chiquito y agradecidísimo hombre que se convierte en un aún más agradecido y ridículo hombre cuando entiende de dónde viene y quiénes han estado ahí, bajo ese mar, antes que él. No me siento Odiseo en el Mediterráneo, peleando contra monstruos inmensos y vacilando con gallardía torera a las sirenas que lo quieren devorar, sino como mucho uno de sus grumetillos subordinados, cagados de terror y entusiasmo que viven secundariamente la aventura y no tienen derecho a glosa en la gesta; no me siento tampoco Julio César, o Aníbal, u Osman I, o Pericles, sino como mucho el labriego ronco y metódico, quizá de naranjas en la Safor valenciana, o de aceitunas en la doradísima Málaga, que escucha el estruendo de la guerra y el poder allá al fondo, en lo más azul marino del mar, y cree que son truenos o chillidos de los dioses en los que él no debe meterse. El mar no me hace sentir protagonista, sino que me provee de la conciencia, como diría Manuel Vázquez Montalbán, del humilde peatón de la historia que sé que soy.
Quien no se debe sentir igual es Emmanuel Carrère, cuyo libro Koljós leo cuando el mar me arruga demasiado los dedos y me empuja a salir a las rocas a secarme. Con una prosa insoportablemente burguesa – la prosa burguesa es facilísima de detectar: lo que a un escritor de orígenes normales le parecería fascinante y le llevaría páginas y páginas describir, como conocer a todo un presidente de la República francesa, al burgués le parece algo vulgar y cotidiano que despachar en un par de líneas anodinas –, cuenta la historia de su familia, orbitando siempre alrededor de su madre, Hélène Carrère, y de la importancia transcendental – no sé si inventada, ya no me fío de la etiqueta non fiction – que sus antepasados recientes han tenido en el desarrollo de la Europa actual: que si un familiar directo se cargó a un zar sátrapa, que si la otra fue cortesana de otro más majete; que si un abuelo fue un decisivo colaboracionista nazi, que si el otro es primillo directo de una tía que acabó presidiendo la Georgia de Stalin. Como veis, algunos tienen la suerte de tener su linaje entrelazado con el de la Historia en mayúscula.
Pero la mayoría no somos así, qué va, sino simples peatones, simples jornaleros en un continente viejo y bañado por el Mediterráneo, a ratos también cínico con su propia idiosincrasia y muy mal gobernado, cuya historia no fue levantada por esos apellidos redundantes y aristócratas que anteceden a la familia Carrère, sino por hombres como tú y yo, sin glosas; hombres vulgares, corrientes, prudentes y temerosos; otros hombres, en fin, que nacieron a su vez de otros hombres cualquiera que fueron campesinos y grumetillos y gasolineros y limpiadores de hotel, que escribieron desde el anonimato y la verdad una historia que no necesita más protagonistas egocéntricos, sino muchas más manos rugosas dispuestas a trabajar por aquello que llaman bello con la boca pequeña: este continente no lo han levantado los Aquiles ni los Virgilios, y mucho menos los Carrère, sino los que brillan incluso con sus huesos hechos polvo bajo lápidas sin nombre.
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