Coctelera

Una historia de vudú

Una aguja, un dolor de espalda y una pregunta inesperada convierten una supuesta maldición en un viaje hacia las heridas que llevamos dentro

Una historia de vudú. Europa Press.
Una historia de vudú. Europa Press.

Fui atravesado. Lo supe desde el primer momento. Cuando tuve que agarrarme para vomitar en la taza del váter de una conocida sala de conciertos sin haberme dado tiempo a probar gota de alcohol. Cuando al bajar del taxi que me llevó inmediatamente a casa de vuelta y de repente no podía andar acuciado por el lumbago. Había sido víctima de un poder y, en diferido, nuevamente víctima de mí mismo.

Esta semana me han hecho vudú. Pero lo que debería haber sido una venganza adorable por mis pecados pasados, una simple aguja finísima clavada en un muñeco vestido con un retal de aquella camiseta Adidas que nunca recuperaré, un ejercicio reparador de justicia tardía, terminó resultando en un desproporcionado ataque a mi integridad física y profesional. Lo que debería haber sido un ajuste de cuentas terminó siendo, como tantas veces, un nuevo desajuste. Al final, a mi favor. Antes, un infierno de veinticuatro horas donde la aguja que atravesaba al muñeco no se detuvo al contacto con él, en la zona del abdomen, sino que lo atravesó con saña, dejando a un lado del cuerpo el ojal y al otro la punta, y todo el acero dentro.

Veinticuatro horas después de salir a rastras de Copérnico, el vómito había desaparecido, pero el dolor muscular se había hecho insoportable. Alcancé a ducharme a duras penas y a entrar encorvado en un taxi que me llevó a casa de mi primo Guillermo, que me recibió a deshoras abriendo su camilla de fisioterapia portátil. Estaba yo ya desnudándome, pidiéndole por favor que me impusiera las manos en el lumbar como si fuera lo último que haría por alguien nunca, deseando hundir la cabeza en el hueco ese que deberían tener todas las camas del mundo, cuando me paró de pie, todo lo erguido que podía estar, y, hasta cambiando el tono de voz, comportándose como un verdadero profesional de la salud, hizo una pregunta que me atravesó con más fuerza que ninguna aguja ni maldición vudú y que ya ha cambiado mi vida para siempre. "¿Cuál es tu dolor?"

"¿Qué?", respondí. Como si me hubieran preguntado algo radicalmente nuevo, que nadie me había preguntado jamás. Y era porque nadie me lo había preguntado jamás. "Eso, que cuál es tu dolor. ¿Es aquí?", me dijo presionando contra mi lomo embuchado de tensión. "¿Qué?", volví a preguntar, todavía aturdido y, de repente, incapaz de ubicar el dolor demencial que me había llevado a rastras hasta allí tan solo un minuto antes. "Es normal", bromeó mi nuevo fisio cuando me vio la cara de desconcierto. "Le pasa a mucha gente. Cuando les preguntas no saben decirte qué les duele exactamente". Tuve que contorsionarme para volver a sentir la punzada. De repente, el dolor estaba ahí otra vez. "Túmbate, anda".

La falta de flexibilidad y de movilidad casi habían vuelto a ahogar la pregunta del demonio, pero Guille se encargó de volverla a materializar en forma de elección. "¿Es este tu dolor?", me dijo presionando sobre el lado izquierdo de la espalda. "¿O es est…?". No terminó el determinante porque lo ahogué con un grito. "Ahí, ahí, ay". No volvería a olvidarlo.

"Me han hecho vudú, Guille. De verdad que lo sé", le dije en un momento dado, asomando la cabeza por el hueco de la camilla. "Si te duele el estómago y el lumbar a la vez, mi diagnóstico clínico sería una somatización emocional. ¿Has estado sometido a mucho estrés últimamente?". Solo pude esbozar una mueca y una risita hacia el suelo que nadie más vio. En ella estaban concentradas las últimas semanas, pero también los últimos años de dolor. "Tienes que tener cargadísimo el psoas. Date la vuelta, que te lo vea".

Hasta ahora, el dolor no había formado parte de mis coordenadas vitales, no ha habido espacio para él en la historia de mi vida. Lo que evidentemente no quiere decir que no haya tenido lugar en mi vida. La pregunta que escuché en la voz de mi primo, una voz familiar, amiga, pero con la distancia propia de la profesión y la rutina, despertó algo en mí que dos años y medio de terapia todavía no habían hecho.

La propia pregunta "¿Cuál es tu dolor?" está muy lejos de "¿Qué te duele?". La segunda pregunta es transitiva, fugaz. La que me hizo mi primo, como la nota mi en la canción de Sonrisas y lágrimas, denota posesión. Posesión del dolor. Es la primera vez que lo imaginaba. Que el dolor no se trata de una coyuntura, sino de un cimiento sobre el que se construyen temblando el resto de nuestras vivencias. Que el dolor no es el anillo, sino la mano que lo porta y que le damos al otro. Dos días después entré en la consulta de la psicóloga con el secreto recién entregado guardado bajo siete llaves y muy dispuesto a abrirlo. La pregunta que me hizo mi primo, curiosamente, se ha convertido en una respuesta.

Abriéndose paso entre mis vísceras, llegó hasta el psoas (hay lugares de tu cuerpo que siguen sin explorar, tengas la edad que tengas) y concluyó dándome una palmadita: "Uy, sí, sí, lo tienes cargadísimo, claro".

"Que no es el psoas ni ningún músculo, Guille, que me han hecho vudú de verdad", repetí. Él se rio y fue a buscar algo a su maletín. "Pues yo te voy a hacer punción seca en el glúteo, Luis, y ya veremos qué aguja es la que gana".

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