Entre todos los mensajes políticos que atravesaron el show de Bad Bunny durante la Super Bowl 2026, hubo uno que destacó por su potencia simbólica y emocional. Este fue la aparición de Toñita, histórica dueña del Caribbean Social Club, entregándole una cañita al protagonista de la tarde desde la réplica de su mítico local. Un gesto aparentemente sencillo que, para la comunidad latina de Nueva York, encierra décadas de resistencia cultural frente a la gentrificación.

Para entender por qué ese momento conmovió a tantos espectadores, es necesario conocer la historia de Williamsburg, uno de los barrios más transformados de Brooklyn. Y es que, durante gran parte del siglo XX, Williamsburg fue un barrio obrero y popular. Al norte se asentó una amplia comunidad puertorriqueña, mientras que al sur predominaban familias judías ortodoxas. Era una zona marcada por el trabajo industrial, los alquileres accesibles y una fuerte vida comunitaria.

Como ocurrió anteriormente en barrios de Manhattan como SoHo o el East Village, la gentrificación terminó cruzando el río. Primero llegó por DUMBO, el área próxima al icónico puente que conecta Brooklyn con Manhattan, y luego avanzó hacia el norte de Williamsburg.

Durante los últimos quince años, el barrio ha ido transformándose subieron los precios, aparecieron cafeterías de especialidad, restaurantes caros y una estética hipster que desplazó progresivamente a los vecinos históricos.

El lugar que se negó a cambiar

En medio de ese proceso hubo un espacio que resistió. El Caribbean Social Club, conocido por todos simplemente como Toñitas, no subió precios, no redecoró sus paredes ni se adaptó a las modas del nuevo Williamsburg. Siguió siendo lo que siempre fue: un punto de encuentro para la comunidad boricua trabajadora.

Su dueña, Toñita, es una figura legendaria del barrio: una mujer imponente, de anillos llamativos, que atiende su propio local hasta la madrugada y vende, según muchos, la cerveza más barata de Nueva York. El local es pequeño, estrecho, caluroso y siempre iluminado. Allí suena merengue y salsa hasta la noche, y reguetón hasta el amanecer. La música sale de una rocola, mientras los hombres mayores juegan dominó y billar, como lo han hecho durante décadas.

Más allá de su estética y su ambiente, lo que convierte a Toñitas en un lugar único es su función social. Es un espacio de encuentro intergeneracional, migrante y latino. Un lugar donde, si se llega temprano y se habla español, es posible servirse un plato de la comida gratuita que el club ofrece casi a diario a quienes lo necesitan.

Y es que Toñitas no es un bar para turistas. “Aquí no entran gringos”, dicen en el barrio. Y si entran, suelen irse rápido: no es un lugar diseñado para mirar, sino para pertenecer. Al incluir una réplica del Caribbean Social Club en su show y darle protagonismo a Toñita, Bad Bunny convirtió el escenario en una declaración política. No habló de gentrificación con discursos, sino con símbolos: visibilizando un espacio que ha resistido al desplazamiento cultural y económico. Ese gesto explicó, sin palabras, qué significa proteger la memoria, la identidad y los espacios de la comunidad latina en ciudades como Nueva York. Para muchos, fue el mensaje más poderoso de toda la noche.

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