Hay una edad en la que uno descubre que los mayores mentían bastante.
No ocurría de golpe. Primero te decían que si te tragabas un chicle se quedaría siete años dentro de tu estómago. Después, que encender la luz del coche mientras conducían era prácticamente un delito federal. Y, finalmente, llegaba aquella frase definitiva: “Esos dibujos son para niños”.
¿Para niños?
Rugrats: 35 años mirando el mundo desde el suelo
Rugrats se estrenó en Nickelodeon el 11 de agosto de 1991, por lo que este 11 de agosto de 2026 se cumplen exactamente 35 años de su llegada a televisión. La serie fue creada por Arlene Klasky, Gábor Csupó y Paul Germain y acabó convirtiéndose en uno de los títulos fundamentales de la historia de Nickelodeon, con nueve temporadas, películas y posteriores continuaciones y reinterpretaciones.
Rugrats convertía cualquier experiencia cotidiana en una epopeya porque estaba narrada desde los ojos de quienes todavía no entienden las reglas. Una visita al supermercado podía convertirse en una expedición. El jardín podía ser territorio inexplorado. Un juguete roto era una tragedia griega. Y un padre podía estar intentando fabricar cualquier absurdo invento en el garaje mientras su hijo atravesaba media casa sin supervisión.
La infancia de los noventa tenía una tolerancia al riesgo televisivo bastante peculiar.
Los personajes de Rugrats no eran especialmente bonitos. Tenían cabezas desproporcionadas, pelos imposibles, dientes que aparecían donde podían y adultos vistos muchas veces desde ángulos deformados. No parecía existir aquella obsesión contemporánea por convertir cada personaje infantil en una criatura perfectamente redondeada susceptible de acabar estampada en una mochila. Eran feos.
Después llegarían otros maestros del desconcierto
Si algo definía a buena parte de los dibujos de aquella época era la facilidad con la que aceptábamos premisas completamente absurdas sin hacer demasiadas preguntas.
Por ejemplo, que un niño tuviese un laboratorio secreto gigantesco debajo de su casa.
El laboratorio de Dexter partía de una idea tan sencilla como irresistible. Un pequeño genio encerrado durante horas entre máquinas imposibles, inventos potencialmente peligrosos y experimentos que, por algún motivo, nunca llamaban la atención de sus padres. El verdadero problema no solía ser la ciencia, sino Dee Dee, su hermana, capaz de destruir en segundos cualquier proyecto al que Dexter hubiese dedicado días.
Pero si El laboratorio de Dexter hacía del peligro algo divertido, Las macabras aventuras de Billy y Mandy directamente decidió convertir la muerte en un personaje recurrente.
La premisa, vista ahora, sigue siendo gloriosamente disparatada. Dos niños consiguen que Puro Hueso, la personificación de la Muerte, se convierta en su compañero inseparable. A partir de ahí, la serie hacía prácticamente lo que quería. Cementerios, monstruos, demonios, mundos infernales, criaturas deformes y un catálogo de situaciones que, sobre el papel, no parecen precisamente material para una tarde infantil.
Agallas, el perro cobarde convirtió una casa perdida en mitad de ninguna parte en uno de los lugares más peligrosos de la televisión infantil. El pobre perro convivía con Muriel y Justo mientras monstruos, espíritus, extraterrestres y personajes directamente inclasificables llamaban a la puerta con una frecuencia alarmante.
La propia clasificación histórica de Cartoon Network situó la serie en TV-Y7-FV, mientras que títulos como Hora de Aventuras o Historias Corrientes recibieron incluso clasificaciones TV-PG en Estados Unidos, una pista bastante significativa de aquel gusto por mezclar públicos y tonos.
Aquellas series asumían que un niño podía experimentar miedo, tristeza, absurdo, melancolía o desconcierto sin necesidad de que inmediatamente apareciese un personaje explicando la moraleja mirando a cámara.
Hora de Aventuras llevó esa idea todavía más lejos. Lo que comenzó aparentemente como las aventuras delirantes de Finn y Jake terminó hablando sobre soledad, identidad, pérdida, memoria y paso del tiempo. El Rey Hielo podía provocar una carcajada y, capítulos después, convertirse en uno de los personajes más tristes de la animación reciente.
Historias Corrientes hacía algo parecido desde otro ángulo. Mordecai y Rigby eran dos veinteañeros atrapados en trabajos mediocres, obsesionados con vaguear, ligar, jugar a videojuegos y retrasar cualquier responsabilidad posible. Oficialmente trabajaban cuidando un parque; en la práctica representaban a cualquiera que haya pensado alguna vez “esto lo hago mañana”. La serie podía empezar con una competición absurda y acabar con dimensiones paralelas, criaturas cósmicas o combates de proporciones bíblicas.
¿Son peores los dibujos de ahora?
Aquí es donde la nostalgia puede convertirse en una trampa. Porque sería muy cómodo afirmar que los dibujos actuales son peores, que todo está diseñado por algoritmos y que nuestra generación fue la última que tuvo una infancia de verdad. También sería mentira.
Siguen existiendo series infantiles ambiciosas, imaginativas y visualmente extraordinarias. La diferencia quizá no esté únicamente en los dibujos. Está en cómo los vemos.
La televisión de nuestra infancia imponía horarios. El episodio empezaba cuando empezaba. Si llegabas tarde, mala suerte. Si te perdías el capítulo, quizá tardabas meses en volver a verlo. Y entre una serie y otra aparecía otra que jamás habrías elegido voluntariamente. El algoritmo todavía no sabía quién eras.
Ahora un niño puede reproducir exactamente aquello que quiere tantas veces como quiera, saltar de un contenido a otro y construir una programación completamente personalizada. Las plataformas han multiplicado la oferta, pero también han eliminado una parte de aquel azar televisivo. Antes no elegíamos siempre qué dibujo ver. A veces el dibujo nos encontraba a nosotros.
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