Sucedió en Madrid, en el verano de 1965, en el barrio de Canillas, de madrugada. Un sonido inusual despertó a todos los vecinos. Entre la alarma y la curiosidad, se asomaron al balcón, y nadie podía creerse lo que estaban viendo: en la España de Franco se estaba celebrando una manifestación a favor del comunismo, con cientos de personas cantando a gritos la internacional, levantando el puño y agitando pancartas y banderas con hoces, martillos y la cara de Lenin mirando al infinito.
Solo había una conclusión posible para lo que estaba pasando: Franco había muerto. O lo habían matado. Pero 26 años después, por fin, la libertad había vuelto a la calle. Los vecinos, en sus casas, temblando de emoción, de dudas y de miedo, se abrazaban en silencio y buscaban cualquier cosa que tuviera alcohol para brindar por aquello que les habían robado hacía medio siglo.
Diez minutos después, cientos de agentes de la Policía Armada, más conocidos como los grises, llegaron para poner fin a la manifestación con ganas de dar unos cuantos golpes y llenar el sótano de la Puerta del Sol. Y ahí se aclaró todo. Lo que estaba sucediendo en realidad era el rodaje de una película de David Lean llamada Dr. Zhivago. Y Franco estaba sano como un roble durmiendo a pierna suelta en el Pardo.
En el Madrid de entonces había dos velocidades. Una, la de la gente corriente, controlada moral y físicamente por una dictadura. Otra, la de los artistas extranjeros que venían a rodar películas y a tomar pelotazos en el Chicote mientras Franco miraba hacia a otro lado. Orson Welles, Ava Gadner, Frank Sinatra y sus colegas venían a rodar aquí porque, uno, en un país en posguerra la mano de obra tiene un precio de risa y dos, en quinientos kilómetros a la redonda había montañas nevadas, desiertos, playas, ríos, ciudades y pueblos. Por eso David Lean eligió España para contar la historia del médico y poeta ruso Yuri Zhivago, un buen hombre al que una guerra mundial, una revolución bolchevique, un amor imposible y una temporada en Siberia (recreada en Burgos) le arruinan la existencia. Una historia de Oscar.
Fue el propio David Lean el que tuvo que evitar que 500 figurantes españoles terminasen en la cárcel aquella madrugada. Figurantes que, por otro lado, cantaron la internacional con una rabia como si llevasen una eternidad sin poder hacerlo. Esta historia es solo una prueba más del poder del arte. Gracias a las películas hemos llegado a la luna, derrocado imperios galácticos, vengado a Mufasa, visto naves más allá de Orión, cabalgado entre dinosaurios y jurado que nunca más volveremos a pasar hambre. Pero nunca el cine hizo soñar tanto como aquella madrugada en Canillas en la que todo un barrio pensó que la dictadura había terminado.
Un sueño que duró, como suele pasar, lo que tarda en llegar la policía.
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