Un amor que se rompe entre discusiones interminables a gritos que escucha el vecindario desde la ventana de la cocina que da al patio interior de un bloque que, en cada planta, cuenta con su propia tragedia romántica y particular. Discusiones que nadie recuerda por qué empezaron y que, por lo tanto, nadie sabe cómo resolver. Lo que puede ser se convierte en lo que no fue. ¿De quién fue la culpa de que dejaseis de follar? ¿Quién dejó de quedar con los amigos del otro? Una semilla de una idea equivocada, confusa, como en Origen, puede brotar y convertirse en un frutal de la discordia gigante y fértil. Dismorfia. La distorsión de la percepción sobre algo. Siempre a peor. Los defectos cobran vida y aumentan de tamaño. La entropía del amor nos lleva siempre a la dismorfia de los sentimientos. Es importante reconocer que hemos perdido los cabales para poder encontrarlos de nuevo, para no destrozarnos la vida por una idea errónea. No podemos ser un miope que se niega a llevar gafas.
Un chiquillo llega apurado a casa después de volver de ver una peli en el cine y comerse una hamburguesa con sus amigos en el centro comercial más cerca de su casa. No le apremia la hora límite a la que sus padres le han dicho que tiene que estar cruzando el umbral del hogar familiar, siempre ha sido responsable, sino la angustia de sentir que la hamburguesa que se ha comido pueda empezar a digerirse y convertirse en nutrientes, que pasan de la boca del estómago a su cuerpo; en concreto, a su tripa, a su culo, a su pecho. Nutrientes que deberían formar sus huesos, hacerlos crecer, pero que él solo concibe como alimento para una tripa que le está condenando, que siente cómo se marca mientras practica educación física, que siente que está a punto de reventar bajo su polo cuando la chica que le gusta se le acerca, que siente totalmente desproporcionada a las no panzas de sus compañeros de clase.
Un chiquillo llega a casa apurado y cierra corriendo la puerta y abre corriendo la del baño y se inclina sobre la taza del váter y se mete los dedos y por fin puede volver a respirar tranquilo, se echa las manos a la tripa y la nota menos hinchada que hace unos minutos. También se siente con menos fuerzas, apenas podrá levantarse del sofá en lo que queda de noche antes de ir a dormir, pero no le importa. Dismorfia. La distorsión de la percepción sobre algo, ya ni siquiera sobre algo compartido, un amor, un debate, sino sobre algo propio, indivisible, indisociable de uno mismo: un cuerpo.
Muchas veces es difícil discernir entre las causas y las consecuencias. En la intimidad de nuestras vidas pequeñas, a escala humana, un error de cálculo nos puede abocar a confusiones fatales, a heridas que no curan nunca. ¿El niño empezó a verse gordo antes o después de empezar a vomitar? ¿La pareja que despierta a voces al bebé del vecino empezó a odiarse antes o después de empezar a discutir? ¿La dismorfia aparece antes o después de la infección?
Solo o en la intimidad de la pareja, los fallos de percepción son fatales, desastrosos. En la colectividad absoluta de una sociedad, de un país, las consecuencias pueden ser irreversibles y prolongarse durante generaciones, condenando a millones de individuos, que ya se exponen demasiado a la dismorfia personal, a la dismorfia de un país.
Todos los acontecimientos políticos que han copado las plataformas mediáticas y las conversaciones en las últimas ¿horas, semanas, meses, años? (dismorfia temporal) revelan un problema de fondo mucho más importante que el caso particular de un desahucio, de la llegada de una patera a las costas españolas o la corrupción de un gobernante. La sociedad española ya no sabe verse a sí misma. Se ha atomizado. La interseccionalidad y la atomización de los discursos públicos nos han segmentado casi individualmente, y las taritas de cada uno de nosotros son volcadas a la conversación pública de forma bulímica. No sabemos si somos un país demasiado tolerante o demasiado racista; si protege demasiado a los poderosos o a los pobres; si buscamos desesperados la anarquía absoluta o el control de un dictador.
La sociedad española ya no sabe verse a sí misma. Se ha conformado con una versión deformada, donde los defectos se hacen demasiado grandes o demasiado pequeños para poder atacarlos y solo queda el horror, la angustia; el vómito y los gritos.
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