Un día le pregunté a mi primo Carlos, un profesional que ha dedicado la vida al fútbol, por qué era tan grande la diferencia entre los jugadores de primer nivel y nosotros, que veníamos de ver el primer partido de la temporada en un bar a pocos metros del mar. “¿Ves esto?”, me respondió a la gallega desde su silla en una terraza en un bar del Puerto, señalando la mesa donde se acumulaban los vasos vacíos y los platos llenos de cabezas de gamba chuperreteadas. “¿A qué hora nos fuimos a dormir ayer?”, dijo sabiendo que ayer habíamos pasado de tomar algo a salir por ahí; es decir, volver a casa más allá de las 4 de la mañana. “Todo esto ellos no lo pueden hacer. Y no lo han podido hacer nunca. ¿Te acuerdas de comer puchero en casa de la abuela los sábados y luego irnos a jugar?”. Pedí otra ronda y dejé para siempre de pensar que eso que acababa de hacer Iniesta lo podría haber hecho yo. No por el regate. Si no por todo lo que hay detrás del gesto.
Me pasó ayer también escuchando una tertulia de cine en la que Rodrigo Cortés hablaba de los actores de método que engordan hasta cuarenta kilos para hacer un papel o que se meten en la piel de su personaje hasta confundirlos con su propia vida. Daniel Day-Lewis le escribía a Sally Field durante el rodaje de la película Lincoln, interpretando el uno al presidente que terminó con la esclavitud en los Estados Unidos y la otra a la primera dama, en léxico y tono decimonónico y presidencial. Heath Ledger alcanzó la inmortalidad como Joker a las órdenes de Christopher Nolan en El Caballero Oscuro, pero perdió la vida. Todos y cada uno de los amaneceres que vinieron después de matarse de locura. Detrás de cada una de sus muecas, de su caminar, de su timbre, se escondía (quizá no tanto) el sacrificio por alcanzar a comprender la mente de un lunático que solo quiere ver el mundo arder. De un personaje ficticio.
Siempre me ha resultado atractivo y escalofriante al mismo tiempo enrolarme en los batallones de mis propios sueños. Los sueños son muy peligrosos. Hay en las labores del diario una suerte de imán que nos seduce para que las tomemos demasiado en serio, a cambio de alcanzar la sombra de la perfección en el peor de los casos y la sombra de la gloria eterna en los esfuerzos más ambiciosos y logrados. Ocurre no solo con las estrellas; también con el hombre mundano, que en la nimiedad de su vida hipoteca sus días a cambio del gesto del tarjetazo sin apreturas. La circuncisión de la infancia y su inocencia, de la juventud y de sus aprendizajes, la madurez y sus frutos pacientes, a la que se someten, no siempre voluntariamente, los llamados a compartir los banquetes más sabrosos, no deja de ser una religión sin fe pero con dogma.
Al mismo tiempo, no renunciar al placer, ni a la construcción de una vida cimentada sobre él, nos arranca de los brazos del mundo corriente y sencillo que apostata a la penitencia explícita por nuestros pecados y nos tira en brazos de la penitencia implícita en nuestras inseguridades. Hay mucho más de lo que parece a simple vista (cuando te haces consciente resulta escalofriante) detrás del gesto de entrar con soltura en un restaurante como si fuera el salón propio. Cuántas noches, ¿cuántas?. Tanto como imaginar a los hijos del futbolista de élite que pasa durmiendo en habitaciones de hotel fuera del hogar y de la familia la mitad de sus semanas; casi tanto como observar en las calles las caras de agotamiento, a las doce y media de la noche, de los jóvenes consultores con mochila corporativa, a los empleados de cuello azul o a los profesionales de la noche y del hedonismo, emprender el camino a casa.
Comprendí más pronto que tarde que los sacrificios por alcanzar la excelencia me estaban vetados. Mi camino es más duro, otro. Encajar en un sistema con un programa definido de castigo y recompensa; atravesar, a toda velocidad, el mundo, sin pararme a mirar ni a disfrutar de las victorias más sencillas, esas que el mundo reviste de laberinto, no es para mí. Puede que nunca llegue al final del camino que dibujé pringándome los dedos de plastidecor y portaminas. Puede que los libros que grapé de niño en folio y cartulina serán los únicos que existan con mi firma en la portada. Pero sé que detrás del gesto, aparentemente sencillo, de encontrar la siguiente palabra para alcanzar la gloria que nunca existe hasta que existe, no habrá nunca nunca, una renuncia a los días que se cuelan, furiosos e inexorables, les abras la puerta o no, hasta dentro, hasta el último átomo de mis huesos.
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