Miraba al pescadero con culpabilidad: a dieciséis euros el kilo estaba la sepia, tío, menudo despropósito; ese animalito obtuso, extraño, con textura de chicle suave y apariencia de condón marítimo costaba lo mismo que casi veinte kilos de macarrones lisos, que más de treinta botecitos de tomate triturado, que unos cuarenta kilos de repollo en temporada.
Cuántos marineros sin papeles se habrían jugado la vida para pescarla en el Indo-Pacífico, quizá escuchando como ecos de palmas las bombas no tan lejanas de Ormuz, en enormes buques factoría de acero y sudor diseñados por hombres poco temerosos; qué necesidad habría de mandar a esos pescadores duros allí, a los confines de un océano con poco respeto por los derechos laborales, en un barco diseñado para partir el clima con su consumo glotón de gasóleo pesado, solo para que un payito poco hambriento comprara marisquito en el mercado de Cuatro Caminos de Móstoles. A cuántos otros humanos se podría alimentar con el coste de esa carne salada e incolora, qué herida climática provocaría que la asara con un morterazo de ajo y perejil. ¿Podría dormir por la noche después de cometer ese crimen contra el orden natural de las cosas?, ¿me perdonaría Dios por zamparme en el centro de la Meseta un animal capturado en las lejanas costas de la India?
Todas esas preguntas me atosigaron también en el caluroso paseo de vuelta a casa, sobre todo, al llegar y soltar la compra empapado en sudor, y pararme un rato frente aquel aparatito amarillento atornillado a mi gotelé, ese súcubo de placer culpable – como las drogas duras, como los diamantes de sangre, como el chocolate que promociona José Coronado – que me miraba con pestañas de silicio y ojos eléctricos: el aire acondicionado.
Había leído en los periódicos lo de la ola de calor por Europa y el desnortado uso del aire que los pocos privilegiados con aparitito estábamos haciendo de él; que nos estamos cargando el puto planeta por no querer asarnos, flipa. Que los humanos somos los culpables de esto, ¿sabéis? Los humanos, mismamente; la humanidad, esa precisa categoría en la que nos meten a todos cuando les interesa – o sea, para repartir culpas: recuerda que al ser desahuciado por los siervos del Estado tras recibir la orden de un banco ya no hablamos de dos humanos en igualdad de condiciones, sino de propietario y ocupa –.
Qué tramposilla es esa etiqueta, que nos convierte a todos, a los malditos y a los bendecidos – que no benditos, cuiden el matiz – en órganos hermanados del mismo cuerpo que se lo está cargando todo. Porque nos estamos cargando el planeta, ¿sabes? Tú, y yo, y ellos, y mi abuela Dari; nos lo estamos cargando entre todos, toditos, porque somos unos cínicos y egoístas incapaces de renunciar a nada. Mi abuela es incapaz de renunciar a morir de un golpe de calor y enciende cada tarde el aire, vaya asquerosa, y la hija del propietario multimillonario de Wallmart, ya lo habréis visto en las noticias, no renuncia a su yate auxiliar de treinta millones de dólares donde el servicio guisa las deliciosas paellas valencianas que luego un helicóptero lleva hasta el yate principal de más de trescientos. Y yo, para rematar la faena, quiero comprar una sepia a dieciséis euros el kilo que a saber qué huella climática ha dejado. No puedo más, en serio. Nos cargamos el planeta entre todos.
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