La lámpara que esta noche se bambolea mecida por la brisa que se cuela por el ventanal de tu piso. La propia ventana, que ahora se abre en silencio y antes se cerraba por el ruido y el trajín de la mañana, cuando los camiones de reparto descargan en la plaza las bebidas y la materia prima que luego ha de ser cocinada y servida. Los camiones que se abren por detrás y son vaciados por brazos y son transportados por carretillas y más brazos hasta la puerta de los bares y los restaurantes. Los encargados y los machacas que los reciben y los llevan a las encimeras, a las cámaras de frío, para conservarlos antes de ser consumidos. Los cocineros, los camareros, que los sirven de acuerdo a las directrices que no han tomado ellos, que los cobran a precios que no han cerrado ellos.
Los dueños de los negocios; sus contables, que les llaman a primera hora de la mañana del último día antes de pagar la renta, rezando porque el deudor de confianza haya depositado a tiempo la cantidad pactada seis meses antes. Los curas junto los que les rezan. Los inspectores de Hacienda que les auditan y reprenden sus escarceos con la cosa pública. Los asesores fiscales, que se frotan las manos cuando escuchan, al otro lado del teléfono, a las once de la noche de un martes, a un cónyuge lamentándose de que hablen con ellos a esa hora y no metan en la cama a sus hijos, fruto de la desesperación. Los políticos, que dictan las leyes y la ponzoña que nos rigen y nos enfrentan, precisamente en la barra de esos bares, donde, al mismo tiempo, salen tres gildas para la dos o para Juan.
Los olivareros, pescadores, agricultores y las mujeres de las fábricas de anchoas en las ciudades cada vez menos industriales del norte, bañadas por el Cantábrico. Todos. Hasta los empleados de las discográficas, que se han peleado por que la canción que suena mientras todo esto ocurre, en las radios comerciales que pasan música para amenizarnos los días, sea esa y no la de la competencia. Los locutores que entonan "y ahora viene el número 1". El “número 1”, que acude al estudio de grabación de mala gana porque sabe que llega dos horas tarde y porque el ingeniero de grabación que ha viajado desde Barcelona para lograr el sonido perfecto está esperando moviendo la pierna en un tic demencial mirando las mesas de mezcla sin poder pensar en nada más que en el trabajo que podría haber empezado ya.
Todo mientras el repartidor reparte, mientras el camarero sirve, mientras el inmigrante sin papeles intenta vender artesanía en el bar cuando lo que quiere es acodarse en la barra y que le inviten a un vaso de agua antes de volver a las calles. El empedrado. Las calles. El empedrado de las calles limpias a pesar de las celebraciones de la noche anterior que fueron regadas de alcohol y drogas por profesionales del consumo. El camello que se acercó no por medio si no por uno entero porque no le salía a cuenta. Tú. Todos. Marcados por el trabajo como reses a fuego y hierro hirviendo, en el costado, para toda nuestra vida, ni siquiera, no me digáis que no es para reírse, para la eternidad, por el trabajo.
El maldito trabajo que nos articula, que nos define, que nos hace interesarnos, en nuestras citas, en nuestro viaje de amigos anual a Sanlúcar de Barrameda para ver las carreras de caballos y comer langostinos -los caballos y los langostinos: también trabajando desde el primer día de vida por la supervivencia y algo que llevarse a la boca- por la rutina laboral. Preguntar qué tal el curro en vez de cómo estás o y tú de quién eres. Parejas, amigos, padres: expertos en las vicisitudes profesionales de los que quieren en vez de expertos en qué han soñado hoy, qué les ha hecho reírse, qué mierda les ha molestado, herido, desde que no se ven.
“Maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida, espinos y cardos te producirá y comerás plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás.” Génesis, 3:17-19
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