Ahora, años después de esa época turbia, si le preguntas a alguno de los directivos que trabajó en el exitoso desembarco de la telebasura en España te contestará que no hubo más secreto que el indeterminado porcentaje de población imbécil, subnormal y retrasada que exigía un producto acorde a sus capacidades intelectuales; te reconocerá que, más allá de esa premisa buenista que rodea las producciones televisivas y versa que la intención va de proveer un entretenimiento ligero para gente agotada que no quiere ejercitar su cerebro tras infinitas horas de trabajo, había también un indeterminado número de personas con las capacidades cognitivas de una pared con gotelé que exigía un entretenimiento basado en italianas moviendo las tetas a todas horas y desquiciados de la farándula insultándose con odio e injundia. Nada más. Es evidente que estos productos también eran consumidos por personas normales que tenían derecho a desconectar y divertirse con un entretenimiento ligero o liviano, por supuesto, pero es de lógica que el éxito real de Tutti Frutti, Tómbola y otros sucedáneos radicaba en la masa gris y corta que lo seguía con fijeza y obsesión.
Esta cuota de imbéciles pesa más de lo que ustedes creen en la toma de decisiones de los medios de comunicación, y se trata como un importantísimo vector de público no tanto por su amplitud, que es imponderable, como por su fidelidad y determinación: si una campaña de comunicación consigue llegar a los imbéciles, sus directivos se congratulan porque saben que el éxito está casi garantizado. Funciona también así, por cierto, en los equipos de comunicación de los políticos; los que controlan de compol saben que en la masa de fieles votantes habrá siempre un número indeterminado de pobrecitos con el cociente intelectual de un melocotón en almíbar que exigirá mensajes absurdos, simplistas y triturados que operen desde la trinchera simplona y no exijan capacidad analítica alguna, indistintamente de que voten a la izquierda o la derecha – cuando Vox dice que va a remigrar a diez millones de personas, cantidad fantasiosa para el Estado, o Podemos mueve vídeos hechos con inteligencia artificial donde una Irene Montero a caballo se pelea con Ana Pastor o Pedro Vallín, buscan escrupulosamente tocar la fibra sensible de los tontos, que no son pocos y sí fieles –.
Conociendo esta tesis sobre la cuota de los imbéciles, se entiende mucho mejor el éxito de Zonagemelos, un canal de Youtube diseñado para lo más bajuno de la intelectualidad pública que debe su éxito a poner frente a las cámaras a personas que rozan la patología psiquiátrica para que el espectador, tonto a secas, se deleite al saberse más listo que aquellos pobrecitos. Su último formato, un nuevo clavo en el ataúd de la inteligencia colectiva, ha sido un programilla donde han puesto a discutir a lo más granado de la subnormalidad digital sobre política, enfrentándolos desde el supuesto debate ideológico.
Para que dimensionen, lectores, a lo que me refiero, los dos depravados gemelos han enfrentado en debate intelectual a personajes, entre otros, como RickyEdit, youtuber conocido por dar zascas, Dios sabrá lo que significa eso, a tuiteras de quince años; Huesoperro, una streamer autodenominada anarquista que dice que comer carne es una actividad fascista; Jota Red Pill, un tipo al que no conocía de antes y que durante el debate aseguró, mientras trataba de no ahogarse con las gangosidades de su garganta, no creer en el sufragio universal y estar seguro de que el voto femenino destruiría Europa – es llamativo que las personas menos capacitadas de nuestra sociedad sean las que promuevan la desuniversalización del voto, como si ellas pudieran pasar algún tipo de prueba intelectual más allá de sacarse un moco de la nariz sin hacerse sangre –; y un tipo que se llama David Santos al que me vais a permitir que no describa por haberme ya excedido mucho en este párrafo con los adjetivos capacitistas, aunque, bueno, ya se harán fácilmente a la idea de su dicción de necesitado de bacín.
Como imaginarán ustedes, el debate fue una concatenación de las mayores polladas pensadas por una mente – una, digo, porque es la que juntan entre todos los participantes y presentadores –, pero un éxito de público con casi ochocientas mil visualizaciones acumuladas en Youtube a la hora de escribir esto. Muchos analistas pensarán que hay algo que se nos escapa al desmenuzar este tipo de formatos, que los jóvenes se sienten representados por ellos y que no hay que ser condescendiente con las masas a las que consiguen atrapar, pero en absoluto; hay lugares que actúan como atrapamoscas de subnormales integrales, puntos de encuentro de lo más perverso de nuestra viciada sociedad a las que no merece la pena acercarse porque en ellas se juntan lerdos sin capacidades cognitivas que, además, no van a variar ni un milímetro sus sesgos políticos por no tener herramientas para ello – ya, ya sé que no son así todos sus espectadores y que usted tiene un primo muy listo que se lo pone de fondo por curiosidad mientas cocina, pero sí una amplia mayoría –. Este tipo de debates funcionan gracias a la conocidísima cuota de los imbéciles, y quienes participan en ellos, si es que acaso no son parte, lo saben también, así que no se dejen engañar ahora por los participantes que, tras el escándalo, se visten de dignos: los que ahora se ponen chulos y dicen que fueron a dar la batalla cultural para pelear en todos los espacios, como la propia Huesoperro o Anuj y Alem Velasco, otros dos de los participantes, mienten como chuchos. Fueron a aprovecharse de una audiencia imbécil para sacarse quinientos eurillos por echar la mañana.
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