Mi generación no sabe cómo hacerse adulta sin convertirse en un muermo. Lo peor de la infantilización de nuestra sociedad no son solo los niños eternos, disfrazados de adolescentes rebeldes con el pelo canoso y las arrugas marcadas, sino la dificultad del joven con planes de futuro para dar el paso hacia la adultez y seguir divirtiéndose. Nos creemos que la única manera de pasarlo bien es siendo jóvenes. Nos creemos que ser divertidos es ser gilipollas.
Zendaya con treinta haciendo que tiene diecisiete en Euphoria es solo la punta del iceberg de un fenómeno que ya empezó con Fran Perea y Compañeros. La democratización de las operaciones estéticas no ha ayudado, desde luego. Hace no tanto nos reíamos de Yola Berrocal y de Leticia Sabater y ahora tus colegas se ponen ácido hialurónico como quien va a la pelu. Ensalzar la juventud nos ha venido grande. De ahí los ridículos de las despedidas de soltero, los viajes de cuarentones liándola -iba a decir orangutanes, pero los orangutanes son más civilizados- en la cafetería del AVE pero, sobre todo, la renuncia voluntaria e innecesaria a la felicidad y al ocio que parece una cláusula obligatoria de emparejarse y tener críos. O peor, la renuncia a tener críos para no renunciar a la felicidad. Un sortilegio fallido para no hacernos viejos. No solo hemos seguido divirtiéndonos como adolescentes hormonados, sino que, por eso, cuando toca hacer cosas de mayores, nos convertimos en un coñazo. Hemos olvidado las enseñanzas del refrán “cuando seas padre comerás huevos”: los privilegios de crecer.
Hay honrosas excepciones pero la mayoría de historias de madurez parecen un suplicio. Nuestros padres se lo pasaban mejor. Creemos que ser adultos es solo estar enfadados, preocupados y serios todo el rato, que hay un tiempo de divertirse y que termina cuando decides formar una familia, cuando la familia siempre debería ser una extensión de nuestra diversión original. Eres tan responsable de casarte con una buena persona como de casarte con una persona divertida. Lamentablemente, eso no suele estar en las prioridades del común de los mortales. Eso sí, no es todo culpa nuestra. Nos falta inspiración, ejemplos cercanos, ídolos de nuestro día a día. Si viéramos a nuestros amigos o hermanos, mayores o más precoces, encontrar la felicidad en el asentamiento, seríamos más proclives a buscarlo nosotros.
Vuelvo al barrio de vez en cuando y veo calvas y caras de resignación. Las stories de Instagram de las parejas “felices” a largo plazo solo muestran un camino de baldosas amarillas plagado de minas que explotan en los fuegos artificiales del conformismo y la falsa idea de abundancia que da la miseria. Ahorramos placer como ahorramos dinero para gastarlo en vacaciones o en ocasiones especiales creyendo que somos más felices y más ricos. Los viajes organizados a lugares demenciales que tuvieron que ser visitados en la juventud o que no importan nada, que nada aportan en nuestra construcción vital; macrofestivales llenos del confeti que falta en su día a día y las sonrisas forzadas solo unos centímetros por encima de las gafas de sol que se compraron en la antepenúltima temporada de rebajas -las gafas pero también las sonrisas- son un retrato cubista y demencial de una generación que ha elegido que la mejor manera para dejar un legado en el mundo es retirarse de él.
Hay que reconocerlo: nos canean las sienes y la barba, hace mucho que no salimos dos días seguidos como solo la juventud pura puede soportar; hemos hecho ya muchas cosas por primera vez. Sin embargo, hay que seguir siendo felices. No solo por nosotros mismos sino por nuestros hijos, a los que les debe(re)mos un recuerdo nuestro disfrutando; un recuerdo de nuestra madurez y de nuestra vida, que no debe ser para ellos sino con ellos.
Hay una realidad posible donde los niños no lloran en los bares, ni les enchufan a los iPads ni a los móviles para que se “entretengan" -el peor eufemismo para decir que te dejen en paz-; saltan y bailan cuando suena una banda de versiones cantando Fito y los Fitipaldis en Caños de Meca, pero tienen que enseñarles sus padres.
Es un eslogan manido: la felicidad se contagia, pero también hay que trabajársela. Si nuestros últimos -únicos- ratos de diversión fueron ratos de diversión low cost, si malcreímos que las únicas bacanales posibles son las irresponsables, las feas, las fugaces, viviremos alejados del lado apolíneo de la vida y, al mismo tiempo, alejados por una falsa percepción del tempus fugit, del lado dionisiaco de nuestros primeros pasos en el mundo adulto. Domar la adultez implica tanto ser responsable como saber divertirse y disfrutar de los placeres que nos otorga ser seniors. Si tu única experiencia con la resaca de vino es con uno barato del supermercado es normal que te hagas runner. Si tus últimas vacaciones divertidas las pasaste compartiendo piso en Gandía con cuatro amigas con las que ya no te hablas desde hace años para ir de fiesta a antros demenciales llenos de chalados es normal que hayas dejado de salir de noche de vez en cuando.
La gente que veo aquí, familias numerosas, tomando cañas y haciendo snorkel, juntos, comiendo sardinas y riéndose en cada puesta de sol, con los niños, con sus hijos, con sus sobrinos, a hombros, todavía con el bañador a medio secar del último baño de la tarde, son la mejor campaña para fomentar la natalidad del mundo. Dan ganas de ser como ellos. De procrear y de vivir. De ganar dinero para poder invitar a gambones a muchos niños y enseñarles a rechupetear las cabezas, antes de enseñarles a bañarse con cuidado cuando el mar se pica. Necesitamos inspiración, y nada inspira más que la envidia sana, ni que la felicidad ajena. Para eso vengo hoy solo, para tener envidia. Para aprender un estilo de vida compatible con la vida, que es cambiante y caprichosa. Hoy se come a las cinco porque nos hemos hartao de bañarnos. Mañana a las dos, porque luego hemos quedado a cenar con los primos. La felicidad hay que trabajársela pero, como todo, la felicidad también se hereda.
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