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MARAÑA DE TRIPAS
Coctelera

Cierra Pérgamo, ¿dónde están los conservadores?

A veces, en las noches de insomnio y onanismo, me pregunto si acaso seré yo el último conservador del mundo

Israel Merino
Imagen de archivo de la librería Pérgamo. EP

Imagen de archivo de la librería Pérgamo. EP

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Hace ya años – o quizá meses, dimensiono fatal el tiempo – escribí un insidioso artículo en Público donde loaba a los conservadores, o al menos a la imagen que de ellos me había construido gracias a todas las películas americanas zumbonas sobre hombres rectos y duros; contaba en la columna que me los imaginaba como hombres firmes y decididos, seguros aunque prudentes, eficientes y misericordiosos; hombres con unos ideales más o menos reprochables que desfilaban sobre el sendero de la gratitud moral y el firme convencimiento de que el mundo existente – de ahí que se autodefinieran como conservadores, vaya, porque lo querrían conservar – era el mejor de todos los posibles, aun con las decenas de fallos y contradicciones que obviarle. Lo que yo entendía por conservador era un hombre que jamás trituraría sus convencimientos por un sorbito más de capital, pues pensaría que el capital solo es una fracción de ese mundo maravilloso a mantener que jamás podría ser sustituido o comprado. Resumiendo, la imagen que yo tenía de hombre conservador era la de Walt Kowalski, el veterano de Corea que Clint Eastwood interpreta en Gran Torino.

Sin embargo, cuando me hice mayorcete y decidí que mi oficio iría de observar de cerca a políticos de todos los colores para dibujarlos en un periódico – o desdibujarlos, depende del día – me di cuenta de que el conservadurismo en el que yo creía solo era un idealismo grapado en mi cerebro por los pagafantas de Hollywood; en el mundo real, la mayoría de conservadores son señores atemorizados y vendidos que se han dejado reemplazar cualquier conato de ideología por el culto asustadizo, como el de los analfabetos medievales al Pantocrátor aquel románico, al capital. El conservador medio trata de camuflar su idolatría al dinero bajo una supuesta capa de realismo, proyectando en los demás una demagogia en la que solo él milita; el conservador no quiere conservar lo bueno y reformar lo malo – frase espléndida, lo digo sin conato alguno de ironía, de Mariano Rajoy Brey –, sino destruir lo que no le gusta y extraer dividendos de aquello mercantilizable, que a la larga puede ser casi todo. El conservador no es conservador, sino rentabilizador; el conservador, bajo su apariencia tradicionalista, solo es un mancebo más que trabaja para madame dinero.

Mi caída sanpablesca del caballo se produjo hace siete años, cuando la crisis de vivienda – esto de los alquileres no viene de anteayer, por cierto, aunque eso ya es otro tema – empezó a reventar los barrios y transformar los hogares en pisos patera donde chavalitos y trabajadores se aglutinan para compartir hasta calzoncillos, impidiendo que puedan formar nuevas unidades familiares de esas que tanto se supone que gustan al conservadurismo; ¿dónde estaban ellos para rasgarse las vestiduras al ver que los barrios se convertían en pudrideros de menesterosos obligados a apilarse o morir?, ¿dónde se metieron en lugar de denunciar que de los centros de las ciudades, sus queridos, castizos y únicos centros de las ciudades, eran desalojados los vecinos de toda la vida y se impedía que se desarrollaran nuevos proyectos vitales para que fueran comprados por bolichicos multimillonarios que alquilarían los pisos a escorts de lujo extranjeras y turistas borrachos?, ¿dónde estaban para denunciar que a una señora de ochenta y pico años se la echara de su casa para meter en su lugar a cuatro estudiantes guiris millonetis del ICADE? En su momento, lo digo de verdad, creí que los conservadores serían los primeros en denunciar la destrucción de la cotidianidad urbana que la crisis de la vivienda ha causado, pero me equivoqué, como es costumbre en mi vida.

Hoy mismo he vuelto a rescatar estos viejos pensamientos al leer que Pérgamo, la librería más antigua de Madrid, cerrará sus puertas ante la incapacidad de levantar la persiana por culpa del rentismo; que los echan a la puta calle de su local de siempre, vaya. Si el conservadurismo fuera lo que ellos nos venden, si los conservadores fueran lo que yo creía que eran, ¿no serían los primeros en salir a quemar las calles por la destrucción del viejo paisaje urbano de la ciudad en nombre del capital, que se ha cobrado esta vez como víctima una librería icónica?, ¿no denunciarían que el dinero no es un fin y que la propiedad, por encima de todo, debe estar sometida al interés común ante cualquier aspecto?, ¿no les daría acidez que un comercio al que están acostumbrados, que forma parte del paisaje definitivo del que ellos son también una temporal pincelada, se transforme en otra cosa diferente a la actual, que por definición sería la buena? Pues, para sorpresa de nadie, la masa conservadora que azota en el culo a la opinión pública española ha salido a decir que el cierre es lo que hay; que son lentejas, zeñore, que el dinero manda y a tomar por culo una institución icónica si el casero así lo dice, sanseacabó y amén. 

A veces, en las noches de insomnio y onanismo, me pregunto si acaso seré yo el último conservador del mundo.

Etiquetas Vivienda

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