Cada semana llega un puto camarero en esmoquin, con una bandeja de plata como las de las películas antiguas, a servirnos una campaña de propaganda criminal cocinada por los de arriba para metérnosla por el morro por lo civil o por lo criminal; para que sigamos engordando a fuerza de comer basura y que no nos acabe reconociendo, ni como personas ni como sociedad, ni la madre que nos parió. Los chefs de las élites se están quedando sin ideas y lo que antes podía pasar por una elaboración atractiva y sofisticada ahora llega a la mesa oliendo a podrido. La desinformación afina el olfato; también empacha. Ayer escuché en la radio al fundador de una cadena de comida rápida gourmet, de esas que se llenan de paladares preescolares con ínfulas de adultez y de falsos sibaritas de carne a la plancha y queso tranchete fundido, haciendo de cámara de eco de Juan Roig y de su teoría de que en 2030 la gente ya no tendrá cocinas en sus casas. Así pasaremos a consumir de lunes a viernes comida precocinada en los espacios liminales que son sus supermercados y los fines de semana, en plan capricho, descubramos los misterios de una salsa secreta en el salón de casa gracias al delivery de la franquicia de turno.
Qué casualidad que nunca nos animen a comer en los mejores restaurantes de la ciudad, ni siquiera que vayamos al Bar Restaurante Casa Taberna donde cada día ponen un menú del día distinto, hecho con aceite de oliva, que puedes mojar con pan y vino del país y donde la gente te llama por tu nombre. Siempre te llevan al mismo sitio, al mismo mal sueño: al corredor de la muerte del autoservicio; un infierno de pantallas táctiles para pedir el rancho sin hablar con nadie que te conozca y que te diga 'chica, estás demacrada, qué te pasa, creo que estás trabajando demasiado'. Suplementos alimenticios en oferta para mantenernos activos en un entorno estéticamente intrascendente y desolador que no te invite a estirar demasiado rato las piernas para poder volver al cubil de tu oficina en la planta diecisiete de un edificio demencial a seguir produciendo para señores como el señor Roig.
De comer caliente ni hablamos. Es curioso cómo idealizamos a nuestras abuelas y luego nos dicen que no seamos como ellas. La empresa o la marca ya se encargarán de darnos aquello que añoramos. Que no manchemos, que no cocinemos, que no nos pasemos con la sal mil veces para coger el punto exacto, el pellizco necesario para que quede perfecto. Quizá por eso ahora los pisos están decorados como oficinas o como stands de supermercado. Quizá si dejamos de usar la cocina los pisos puedan medir 10 metros menos y alguien pueda ganar aún más dinero apretando más gente en el mismo espacio. Quizá antes éramos mejores por algo.
Que una mentira repetida cien veces se convierte en una verdad es tan mentira como la mentira original. Como mucho será una imposición, un dictado como los del colegio que en vez de enseñarnos a escribir nos engaña para que cojamos el camino de la miseria cultural que huele a aceite de trufa industrial. Ni Calipos de sushi manufacturados, ni ningún kebab artesano nos dicen nada de quiénes somos, ni de quiénes fuimos, ni mucho menos de quién queremos ser. Nos quieren mascando tuercas y apretando los dientes en un presente continuo de insipidez despersonalizada. Fuera de los mercados regentados por sus dueños y del libre albedrío que supone escribir tú mismo tus propias recetas. En una alegoría perfecta del Gran Hermano donde otros deciden qué comidas son las más populares para el pueblo y cómo estas deben de ser preparadas. Una única fórmula para la ensalada de pasta viral elaborada en un polígono a las afueras de tu ciudad. Despotismo ilustrado gastronómico y vital. No son estas cien hamburguesas exactamente iguales en las que pensamos cuando escuchamos a Carolina Durante.
No sé si se trata de otra artimaña de la agenda 2030 fabricada en Davos -“no tendrás nada y serás feliz”- y en estudios de mercado dirigidos y ejecutados por más eslabones de la misma cadena que nos secuestra para no saber cómo carajos se cocina un puerro, pero sea como sea, conmigo hoy han pinchado en hueso. ¿Pueden llevarse, por favor, esta bandeja de plata a corrales otra vez? Antes de que hieda toda la sala a avaricia y podredumbre al mismo tiempo.
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