Por mucho que seamos de Madrid y hayamos ido de compras navideñas a Gran Vía y nos hayan estafado los relaciones públicas de Sol en nuestras ¿primeras? e inexpertas salidas nocturnas, los que no nos hemos criado en la almendra central, ni siquiera dentro de la M-30, vemos el centro como algo prestado, como los actores ven el atrezzo cuando se suben al escenario. Madrid y nuestro personaje deben de ser todas esas cosas que salen en las postales: el luminoso de Callao, el Prado. Malasaña o los bocadillos de calamares de la Plaza Mayor. Sin embargo nuestras vidas de barrio eran bastante más prosaicas y menos iconoclastas. Un decorado que casi nunca cambia y donde nunca aparecen nuevos personajes. Únicamente algo para recordar.
Me mudé al centro en un momento particular: a finales de diciembre de 2020. Precisamente en la Plaza Mayor, en el portal donde se sientan las familias agotadas después de ir a Cortilandia, fueron esas Navidades a dar mis huesos y mis cajas, que todavía guardaban una mezcla de mis recuerdos de niño y mis cosas de hombre. Me enamoré perdidamente a primera vista, se me nota en el tono de voz del vídeo que grabé cuando lo fui a visitar, se nota en la sonrisa enorme y luminosa que tengo en la foto que me hice cuando tomé posesión. El piso era también enorme y luminoso pero no había un solo mueble. Las condiciones me quedaron claras con un apretón de manos: “Esto es tuyo y está vacío. Puedes traer lo que quieras, pero si se rompe algo te encargas tú".
Una semana después de pasar la primera noche en mi piso llegó Filomena. No tenía todavía agua caliente ni funcionaba la cocina. Sigo sin tener calefacción. Los anteriores inquilinos se lo habían tomado en serio y habían arramplado con todo. Hervía pasta en la portería de Amelia y me la llevaba a casa para mezclarla con botes de salsa boloñesa. Me duchaba en el piso de la que era mi novia pero, cuando empezó a nevar, estábamos los dos en el mío, vacío y flamante, sacando cosas de cajas y colocándolas en el suelo en un intento por darles sentido: el desorden llegaría después. Cuando nos quisimos dar cuenta, allí afuera -porque en situaciones así, todo lo demás es allí afuera- caía una nevada tan fuerte que la gente había desaparecido de las calles y casi no se podía caminar. Decidimos salir a explorar el corazón de Madrid nevado, sin coches y sin nadie. Como en el Siglo de Oro. Porque una mudanza también es un viaje en el tiempo.
Dimos una vuelta a un par de manzanas y luego nos dimos la vuelta para volver a casa. No quedaba nadie por allí, pero, uy, había un bar que se negaba a echar el cierre. No era, desde luego, uno de esos negocios regentados por turistas, ni trabajado por gente que pasa por ahí de casualidad. Como debe ser. Era el Bar Eduardo, un sitio de toda la vida que sigue exactamente igual que los bares en los años 70, y que seguía abierto y dándole de comer y de beber a quién se atreviera a atravesar la ventisca. Y como nosotros nos habíamos atrevido y teníamos hambre, teníamos que ir a comer una ración de oreja a la plancha y a tomar un par de rondas mientras la altura de la nieve crecía allí afuera. Los únicos clientes, además de nosotros, eran los policías que patrullaban esa noche por la zona, defendiéndonos del frío. Quizá por eso no nos costó nada volver a casa. Al día siguiente, la ciudad estaba paralizada, y la gente salió a jugar a la calle, pero esa es otra historia.
Un bar no es únicamente un lugar para divertirse, es también un refugio en mitad de la tormenta. El Bar Eduardo cierra únicamente cuatro o cinco horas al día. Más de una vez volviendo a casa a de una noche demasiado larga he parado a tomarme una última caña mientras me entra sueño y veo como se despierta el mundo. Todo está siempre reluciente y no paran de salir carajillos y bocatas. Sus camareros y sus cocineros ya están despiertos cuando los demás no nos hemos ido a dormir, funcionan como un engranaje perfecto, serio y eficiente, sin la necesidad de sonreír durante todo el servicio ni de ser demasiado amables con el primero que llega. Yo he tardado años en que me sirvan sin tener que pedir lo que quiero, y me digan “qué pasa chaval qué tapa quieres que te ponga”, y hacen muy bien. Las cosas importantes en la vida sienta mejor habérselas ganado. Tienen que construirse despacio para llegar a ser lo que son. El Bar Eduardo es para mí una catedral; un buen amigo.
A los seis meses de irme a vivir allí mi mejor amigo volvió de Londres y se quedó en una habitación que yo tenía libre. Durante los años que vivimos juntos, bajamos a ver el fútbol día sí y día también sentados uno detrás del otro en los taburetes de la barra. Aún ahora que vive en otro bar pasa a veces a verme y pasamos las dos horas del partido hablando sin tener que mirarnos a los ojos para saber que estamos haciendo lo mismo. Por allí han pasado la docena de compañeros de piso que he tenido en estos seis años. Todos estaban de paso; casi ninguno logró entender nada de lo que pasa detrás y delante de esa barra con forma de U que empieza a hervir de madrugada y se apaga a medianoche. Allí también he compartido muchas rondas y muchas raciones de oreja, aunque no nevara fuera y no tuviéramos tanta hambre. El bar es tan perfecto que incluso tienen a Reyes trabajando allí, que es del Sevilla, para quitarle hierro al asunto cuando el asunto es que nuestro equipo pierde. Nunca he necesitado preguntar quién es Eduardo.
Hace dos días empezó el Mundial, el segundo desde que me mudé a la Plaza Mayor. El mismo día de mi cumpleaños número treinta y dos. Este no ha sido un año especialmente sencillo y no me apetecía organizar nada, ni hacer una fiesta. Mis amigos me han preguntado si quedábamos el miércoles o el jueves, o salir a bailar el viernes o el sábado: “que qué vas a querer hacer”.
Ahora que me hago mayor y sé que las cosas se terminan, que si se rompe algo te encargas tú, y que en dos segundos, tic tac, la vida cambia para siempre, lo que me apetece en mi cumpleaños es llegar al Eduardo y que me digan “qué pasa chaval” como cualquier otro día, y que me sirvan sin preguntarme lo que quiero. Así que me senté en la barra de mi bar de siempre a escuchar el pitido inicial del primer partido del Mundial 2026: un impresionante México-Sudáfrica que, al contrario de la mayoría de las cosas maravillosas que me ha dado la vida, no me importa lo más mínimo como termine.
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