Pasado, memoria histórica e imaginación convergen en el centro del escenario de la próxima función en El Teatro de La Abadía. Una de las obras cumbre del dramaturgo Juan Mayorga traspasa ahora las páginas para materializarse en carne y hueso de la mano de Adriana Ozores y Loreto Mauleón como cabezas de cartel en El Jardín Quemado -producida por La Zona-, una obra que aterriza en la programación cultural madrileña del 27 de mayo al 12 de julio como una invitación a reflexionar sobre lo imprevisible del paso del tiempo y la dificultad de juzgar los hechos del pasado.
Ambientada en la Guerra Civil Española, varios hombres sanos fueron ingresados en el sanatorio psiquiátrico de San Miguel, donde los enigmas y los secretos van marcando el paso de una historia que no deja indiferente a nadie. Mayorga establece dos hilos conductores: por un lado, la memoria y la complejidad del pasado; por otro, la imaginación, que camina de la mano con la esencia del teatro, como vía de escape de una realidad cruda y que plantea una visión al público que no le dejará indiferente.
Con este telón de fondo, las actrices que encarnan a las protagonistas desgranan en esta entrevista ciertos entresijos de lo que se puede encontrar el público y de cómo ha sido introducirse en la piel de una obra que ha sido un completo laberinto de emociones.
PREGUNTA: Cuando la ficción y el pasado histórico estrechan lazos, como sucede en esta obra, ¿cuál es el mayor reto a la hora de llevarlo al escenario?
ADRIANA (A): Cuando leí la primera vez el texto, incluso la segunda y la tercera vez, no llegué a entender la profundidad de esta obra hasta que lo encarné, en mi caso, y Juan nos llevó por este camino. No es un pasado que esté en presente, es un presente. Es un texto que igual pudo suceder en la Guerra Civil, pero pudo suceder en otro lugar del mundo y está sucediendo ahora en otros lugares del mundo, y no es un pasado, es un presente del ahora.
P: La memoria se presenta como algo inestable en la obra, ¿cómo es posible reconstruirla de manera colectiva a través de tantos personajes?
LORETO (L): Una cosa es la memoria colectiva y luego la memoria de cada uno. Nos hace ver cómo lo mío es muy diferente a lo tuyo por lo que has vivido, por ese pasado y presente del que hablamos, y nos hace cuestionarnos todo.
A: Es como una apertura a un lugar donde tú te vas a estar cuestionando. La invitación de Juan es que el espectador sea tan creador como él a la hora de hacer el texto, de dirigirlo y nosotros como actores. Entramos todos en una especie de espiral de preguntas.
P: La imaginación también funciona como un factor clave en la obra. ¿Es más un refugio de los internos en el psiquiátrico o una manera de resistencia al mundo exterior?
L: Ambas cosas, diría yo.
A: La invitación de Juan es habitar el espacio vacío. Ese es un espacio denostado, en otros momentos de la historia, ha sido un espacio creador, donde surge la creación, nos asusta mucho, lo queremos tener todo amarrado. La invitación de Juan en El Jardín Quemado es entrar en el espacio vacío. Le digo a ella, a la doctora Benet en la obra, que me da miedo pisar el espacio vacío, pero ya estoy dentro. Realmente, es entrar en el espacio imaginario, cuando ya empiezas a trabajar ahí ves que surge la creación, que no sabes de dónde viene exactamente.
L: Es un espacio que da miedo pero que, a la vez, te da muchas respuestas, o incluso más preguntas. De repente, es un lugar que también existe en la realidad, no es solo algo imaginario, te plantea una realidad, y tal vez es igual de real que la propia realidad de la que tú vienes. Esa invitación es muy interesante para nosotras como actrices y como espectadoras.
Si alguien se queda con que esta obra es el pasado, no está entendiendo nada de lo que está pasando
P: Aunque la obra esté ambientada en la Guerra Civil Española, ¿percibís algún punto de similitud con los tiempos que corren?
L: Estamos en un momento mundial en el que esta obra nos apela directamente, nos hace cuestionarnos y preguntarnos. Si alguien se queda con que esto es el pasado, no está entendiendo nada de lo que está pasando. Si estás en el presente y viviendo lo que estamos viendo, es una flecha directa. Es muy necesario también, porque te hace entrar en esas dudas, en ponerte en cuestión, de dudar de ti misma, de tus propios pensamientos e ideas que crees tan claras, que nos pasa a todos en la vida en general. Es absolutamente actual.
P: ¿Cuál es el reto de encarnar a psiquiatras? Por el contexto histórico puede resultar más complicado.
A: El planteamiento no ha sido el habitual.
L: Ninguno hemos empezado por ahí, ha sido un punto que se ha generado en común. No ha habido tanto trabajo de mesa, sino que lo íbamos haciendo, yo he ido entendiendo la historia en general mientras venía a los ensayos. Ha sido empezar a trabar y las dudas ir resolviéndose solas, otras que igual nunca se resuelven. Todo va más allá, todo el rato buscamos la respuesta correcta de las cosas, pero a lo mejor no hay, y es lo bonito. Vas entendiendo el texto a medida que lo vas sintiendo, es precioso.
P: [Para Adriana] Al haber vivido su generación algo más de cerca el proceso de la Transición Democrática y todos los cambios políticos en España. ¿Le ha influido de otra manera, quizás más profunda, adentrarse en este papel?
A: Creo que no. En aquella época era muy joven, otros compañeros estuvieron más políticamente activos, yo no. Por mis circunstancias personales, tuve un camino de mucho trabajo y un poquito al margen. No me ha sido necesario tener esa información, Juan sí la ha tenido y la plasmó en el texto. Los planos que tocamos en esta obra no tienen que ver con eso.
P: [Para Loreto] Habiendo protagonizado papeles en otras ficciones históricas, ¿cómo cree que el público joven conecta ahora con historias que han estudiado de pequeños y no han vivido de cerca?
L: El público que se presta a ver una función o una película ya está abierto a que eso le apele, aunque no le conozca. Cuando se habla de que la gente joven va a entender o no… igual sí, ¿por qué no? Tal vez no tengan esas vivencias, yo tampoco viví la Transición, pero escuchó, me intereso y eso me afecta. Nos encantaría ver qué respira esa gente. Todo el mundo lo entiende y, de hecho, entiende cosas distintas, y es lo rico. Igual que da a los espectadores esa inteligencia para entenderlo, hay algo que rompe las generaciones.
A: ¡Un coloquio!
L: Nos hacen falta esas conversaciones entre la gente, y si no lo haremos ahí fuera.
P: ¿Cabría una diferenciación bastante notable si esta obra se hubiese llevado a la pantalla?
A: Son medios tan sumamente distintos… La manera de estructurar no tiene nada que ver con una película. ¿Se podría llevar? Claro, pero no tiene nada que ver.
L: Lo que tiene de especial la función es que el espectador es esa cámara, no le estás colocando la cámara en ningún lugar. Él o ella hace su propia historia, su propia visión, y recibe algo muy diferente a lo que recibe otra persona. Cuando colocas una cámara estás poniéndola en un lugar concreto por algo; en cambio; aquí está libre, es otro mundo.
Cuando las personas tienen necesidades básicas como poder enterrar a sus muertos, no hay más que hablar
P: En tiempos de convulsión política, ¿qué relevancia tiene la memoria histórica para entender nuestro presente?
A: Tiene la relevancia del presente, es decir, cuando las personas tienen necesidades básicas como poder enterrar a sus muertos, empezando por eso. No hay que hablar más, esta persona se ha pasado toda su vida con un duelo inconcluso, no hay más que hablar. Nada.
L: Es comprender, como otro ser humano.
A: A los que niegan esta realidad, en el momento en el que se pongan los zapatos de la persona que lleva toda su vida intentando encontrar a su ser querido y sin poderlo llorar, pues pensarían otras cosas, seguro.
P: Si fueseis parte del público tras ver la obra, ¿con qué sensación les gustaría quedarse al salir por la puerta?
L: Que como público sentir que este lugar te da espacio a dudar, y no tienes que tener todo clarísimo ni ser aferradísima a tus ideas, sino que te dejes espacio para cuestionarte, dudar, ponerte en los zapatos del otro, para respirar un poco, no tener que estar firme con todo lo correctamente establecido.
P: ¿Qué tan necesario consideráis el teatro en tiempos en los que manda lo audiovisual, la rapidez y las redes sociales? ¿Juega un papel de rebeldía?
A: Estoy de acuerdo contigo, está pasando. En este momento, el directo –no solo de teatro, sino también de la música- tiene una vigencia que tiene lo singular. Cualquier cosa la vemos desde casa, pero el teatro es absolutamente necesario porque hace que vengas, porque es en directo, en vivo. Claro que tiene algo de revolucionario y, además, como este texto te remueve por dentro, pues mucho mejor.
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