Cuando llegó a los cines en 2001, DreamWorks no solo presentó a un ogro malhumorado que quería recuperar la tranquilidad de su ciénaga. Lanzó una pedrada verde, ruidosa y brillantemente insolente contra el escaparate pulido de los cuentos de hadas. La película, dirigida por Andrew Adamson y Vicky Jenson, recaudó más de 490 millones de dólares en todo el mundo y se convirtió en la primera ganadora del Oscar a Mejor Película de Animación. Pero su verdadero premio fue otro. Quedarse a vivir en la memoria de quienes crecieron viéndola en VHS, DVD, televisión de sobremesa o reposición infinita de domingo.
Lo especial de Shrek es que parecía una broma y terminó siendo una confesión. Empezaba como una parodia. Un cuento leído en voz alta, una página arrancada, un ogro usando el papel como papel higiénico y Smash Mouth entrando con All Star como si acabara de abrirse una puerta a otro tipo de infancia. Aquella primera escena ya decía mucho. Esto no iba de castillos limpios, vestidos perfectos ni moralejas barnizadas. Iba de barro, de mal aliento, de soledad y de una criatura que, pese a parecer hecha para asustar, estaba mucho más cerca de nosotros que cualquier príncipe.
Shrek vive solo porque el mundo le ha enseñado que es mejor estar solo. Ese es el gran truco emocional de la película. El ogro no es desagradable porque sí. Es desagradable como defensa. Antes de que existieran mil hilos explicando la ansiedad social, el miedo al rechazo o la necesidad de construir una coraza, Shrek ya lo explicaba con una cebolla. “Los ogros son como las cebollas”. Tienen capas. La frase era graciosa cuando éramos pequeños. Ahora, vista con algunos años encima, funciona casi como una terapia de bajo presupuesto. Todos tenemos capas. Todos hemos hecho chistes para que no nos hagan daño. Todos hemos fingido que no nos importa estar fuera del cuento.
Y entonces aparece Asno. Hiperactivo, pesado, adorable, incapaz de entender una indirecta incluso aunque se la pinten en la frente. Asno es el amigo que se cuela en tu vida cuando tú no has pedido compañía, el que insiste cuando lo fácil sería marcharse, el que convierte un viaje incómodo en una aventura. La química entre Shrek y Asno sigue siendo uno de los grandes motores de la película. Una mezcla de comedia física, réplicas veloces y ternura involuntaria. La escena del puente colgante camino del castillo, con Asno paralizado por el miedo y Shrek intentando mantener la paciencia, resume una amistad entera. Uno tiembla, el otro gruñe, pero ambos cruzan.
También está Fiona, que quizá fue más revolucionaria de lo que muchos entendimos entonces. Durante buena parte de la película parece destinada a cumplir el molde clásico. Princesa encerrada en una torre, dragón, rescate, boda y corona. Pero Shrek se divierte rompiendo el molde desde dentro. Fiona no espera pasivamente a que la salven. Pelea, canta, explota un pájaro por exceso de virtuosismo y esconde un secreto que convierte la historia en algo mucho más interesante. De día responde al ideal. De noche se transforma en aquello que cree que nadie podría amar.
Ese es el corazón que ha mantenido viva a Shrek durante 25 años. Sí, la película es un festival de chistes, dobles lecturas, referencias pop y bofetadas al cuento tradicional. Sí, Duloc parece una versión inquietantemente plastificada de un parque temático, con sus muñecos cantando una canción insoportable y perfecta. Lord Farquaad continúa siendo uno de los villanos más absurdamente eficaces de la animación moderna. Sí, la dragona enamorada de Asno sigue siendo una de esas ideas que no deberían funcionar y, sin embargo, funcionan.
Quizá por eso conecta tan bien con una generación que aprendió a reírse de todo antes de admitir que algo le dolía. La generación que memorizó el “¿qué haces en mi ciénaga?”, que cantó I’m a Believer sin saber todavía lo que significaba creer de verdad en alguien, que vio en el Hombre de Jengibre torturado por Farquaad una escena ridícula y cruelmente inolvidable, que descubrió que los cuentos también podían tener mala leche. Shrek nos hizo sentir mayores cuando éramos pequeños, porque parecía reírse de las películas infantiles desde dentro de una película infantil.
Además, Shrek cambió la animación comercial al demostrar que una película familiar podía hablarle a los niños sin expulsar a los adultos de la sala. Su humor se movía en dos niveles. Los más pequeños veían persecuciones, canciones y criaturas de cuento. Los mayores detectaban sátira, cinismo y una parodia evidente de la maquinaria Disney.
Al final, Shrek sigue enganchando porque nos prometió algo más valioso que un final feliz. Nos prometió un final propio. Nos dijo que no hacía falta vivir en un castillo para merecer amor, que la belleza podía tener colmillos, orejas verdes y barro en los zapatos, que un amigo insoportable podía salvarte la vida y que, a veces, la ciénaga que defiendes con uñas y dientes no es un escondite, sino el único lugar donde aprendiste a estar a salvo.
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