Steven Spielberg siempre ha sabido que el cielo no empieza donde terminan las nubes, sino donde empieza nuestra inquietud. En El día de la revelación, el director vuelve a levantar la vista hacia lo desconocido, pero esta vez no lo hace con la inocencia luminosa de E.T. ni con la fascinación casi religiosa de Encuentros en la tercera fase. Aquí la pregunta no es solo si hay vida más allá de la Tierra, sino qué haríamos nosotros, tan humanos, tan desconfiados y tan torpes, si alguien apagara de golpe la mentira y encendiera todas las pruebas.

La película parte de una premisa irresistible para cualquier amante de la ciencia ficción conspiranoica. La humanidad está a punto de conocer una verdad ocultada durante décadas. No una verdad pequeña, de esas que apenas agitan un informativo de sobremesa, sino la gran verdad, la que rompería religiones, gobiernos, mercados, algoritmos y sobremesas familiares. La revelación de vida extraterrestre funciona como detonante narrativo, pero también como excusa para hablar de nuestro presente. La desconfianza institucional, la manipulación de la información, el espectáculo permanente de la mentira y esa ansiedad colectiva que convierte cualquier noticia en un posible apocalipsis.

Spielberg, que nunca ha sido un cineasta ingenuo aunque algunos insistan en confundir emoción con simpleza, entiende que el verdadero impacto del contacto extraterrestre no estaría solo en la aparición de una nave o una criatura, sino en la reacción humana. ¿Quién controla la noticia? ¿Quién decide cuándo se cuenta? ¿Quién gana dinero con el miedo? ¿Quién convierte la verdad en propaganda? En ese terreno, la película encuentra sus mejores momentos entre despachos con olor a secreto, personajes que hablan midiendo cada palabra y una tensión que no depende de disparos, sino de silencios.

Emily Blunt sostiene buena parte del relato con una interpretación contenida, menos vistosa que precisa pero a su vez perfecta. Su personaje funciona como puerta de entrada emocional a un mundo que parece diseñado para aplastar cualquier gesto de humanidad. Josh O’Connor, por su parte, aporta nervio, extrañeza y una vulnerabilidad muy interesante; no interpreta al héroe clásico que sabe lo que hace, sino a alguien que entiende demasiado tarde que conocer la verdad no significa estar preparado para soportarla. Colin Firth y Colman Domingo completan un reparto de enorme solvencia, aunque la película no siempre les da el mismo espacio dramático. Hay personajes que prometen más de lo que finalmente entregan, como si el guion hubiera abierto demasiadas puertas y no todas condujeran a una habitación memorable.

Sin embargo, El día de la revelación no es una película redonda. Su principal problema es el ritmo. Spielberg quiere construir un gran thriller de ciencia ficción adulta, una obra de ideas, suspense y emoción, pero en algunos tramos la solemnidad pesa más que el misterio. La película dura más de lo que su pulso interno permite, y en ciertos momentos uno siente que la revelación tarda demasiado no porque el suspense esté funcionando, sino porque el relato se recrea en su propia gravedad.

No es su nueva obra maestra. Es un regreso irregular, emocionante a ratos, demasiado solemne en otros, pero siempre atravesado por una idea poderosa y es que quizá la revelación no consista en descubrir que ellos existen, sino en comprobar quiénes somos nosotros.

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