Elio Toffana tiene una manera peculiar de contar las cosas que le preocupan. Sonríe. A los pocos minutos de metraje de El ladrón de la noche esa sonrisa se delata. ¿Es quizás un mecanismo de autodefensa? ¿Por qué narrar un drama riendo? Como si una sonrisa minimizarán los problemas. Quizás lo haga.
El documental de G. Hernández, presentado en la Seminci de Valladolid y en el festival In-Edit de Barcelona, acompaña a un Elio a punto de cumplir veinte años en la música. Un hecho canónico en su vida, digno de disfrutar. Pero no puede. El sentido de su existencia va ligado a su abuela Tina. La mujer que le crio y cuidó. La mujer que le ponía comida en la mesa y besaba en la frente. Tina sigue siendo la mujer más importante de su vida. Pero Tina tiene demencia vascular y no puede disfrutar el éxito de su nieto. Ambos se procesan un amor incondional pero solo uno lo puede contar.
Generación perdida
En España hemos contado muchas veces la historia de la heroína a través de quienes murieron y pocas veces a través de los hijos que dejaron. En barrios obreros como Aluche hubo abuelos que volvieron a criar cuando ya habían criado a sus hijos. Tina fue una de esas abuelas. Cuando la droga se llevó a los padres de Elio, ella se hizo cargo de él. Decir que le salvó la vida puede sonar solemne hasta que uno se pregunta qué habría sido de aquel niño sin ella. ¿Dónde estaría Elio sin Tina?
Elio Sagüés Ochoa tenía todas las papeletas para vivir una vida abocada al fracaso. También tenía motivos de sobra para crecer cabreado con el mundo y dedicarle buena parte de su vida a una pregunta bastante razonable: ¿Por qué yo? Sin embargo, ese niño salió adelante.
A Elio lo salvó su abuela y también lo salvó el arte. Quienes hemos trabajado con él sabemos hasta qué punto necesita expresarse. En cuanto empieza a dominar una forma de contar las cosas, ya tiene ganas de probar otra. Es un monstruo creativo y voraz. En Revista Bando lo hemos visto de cerca en Panteón Sur, una serie en la que Elio se ocupa de recordar a sus referentes culturales de Madrid sur. Hay una relación bastante íntima entre aquel trabajo, su disco Gravitas y esta película. Al final es una carrera dedicada a la memoria. Después de tantos años cuidando la memoria de su barrio, a Elio le toca cuidar de su abuela mientras ella empieza a perder la suya.
Quedarse en blanco en mitad de Pandataria
Una de las mejores decisiones de Hernández durante el documental es incluir ensayos de Pandataria, la obra de Chevi Muraday que Elio comparte con Cayetana Guillén Cuervo. Mientras avanza la enfermedad de Tina, Elio ensaya sus escenas de Pandataria. Tiene que recordar qué viene después y confiar en que el cuerpo responda como en los ensayos. También le ocurre al preparar el concierto con el que celebra sus veinte años de carrera. Hay versos suyos que de pronto no le salen. Desde que su abuela empezó a perder la memoria, cada vez que se queda en blanco le asalta el mismo miedo. ¿Y si a él también le estuviera pasando? Es como cuando pierdes a un ser querido por un infarto. ¿Y si se parara también tu corazón?
El guion, que firman el propio Hernández, Toffana y Alberto "Albatros" González, quiere abarcar casi tantas cosas como le interesan a Elio. Hay teatro, rap, historia familiar y un retrato de Aluche al que se incorporan las voces de El Langui, Las Ninyas del Corro, Ergo Pro, Israel B, Ill Pekeño o Arón Piper, entre otros. Wolfrank Zannou firma la música y Cayetana Guillén Cuervo participa también en la producción ejecutiva. Personalmente, donde más a gusto estoy es en los pasajes en los que la película se permite una rareza tan doméstica como acordarse de San Cucufato, el santo al que se recurre cuando se pierde algo. Mi abuela también le ataba los cojones al pobre san Cucufato y solo se los desataba cuando aparecía lo que había perdido. Y siempre aparecía. Creo que es el único santo verdadero. Ojalá se le pudieran pedir también los recuerdos de Tina.
¿Quién va a cuidar de nosotros?
Hay una pregunta que me persigue desde que vi El ladrón de la noche. ¿Quién va a cuidar de nosotros si un día empezamos a perder la memoria? Tina pudo hacerse cargo de su nieto y ahora su nieto puede acompañarla a ella. Ese relevo familiar, que hemos dado por supuesto durante décadas, resulta bastante más incierto para una generación que tiene pocos hijos, que a menudo vive lejos de sus padres y que, cuando llega el momento de cuidar de alguien, tiene que seguir yendo a trabajar el lunes.
Aquí sí entra la política (otro hecho inherente en la música de Toffana), porque hay decisiones muy concretas detrás de lo que pasa de puertas adentro. La conversación con El Langui es para verla varias veces. Importa la pensión que cobra una mujer mayor, cuántas horas de ayuda a domicilio le corresponden y cuánto tarda en llegar esa ayuda. Importa el estado de las aceras para que las personas con problemas físicos puedan moverse. Importa que la calle esté limpia. Cuando defendemos unos servicios públicos de calidad, también hablamos de esto. Quien cuida de alguien con demencia necesita horas de descanso y la tranquilidad de saber que, durante esas horas, su ser querido está en buenas manos. Al cansancio de estar pendiente de todo se suma el dolor de ver cómo alguien a quien quieres deja de reconocerte.
A Elio le quedará siempre el mayor privilegio de su oficio. La eternidad. Dentro de muchos años alguien podrá poner Gravitas, ver un capítulo de Panteón Sur o encontrarse con El ladrón de la noche. Gracias a esta película, hasta quienes nunca conocimos a Tina podremos acordarnos de ella y hacernos una idea de la entereza que hizo falta para sacar adelante a su nieto. Lo que más me duele es la conversación que Elio representa al final del documental, la que le gustaría tener con su abuela ahora que lleva veinte años haciendo discos. Supongo que querría darle las gracias y que ella supiera que esos veinte años también son suyos.
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