Juan Diego Botto ha despedido a Adolfo Aristarain con la emoción de quien no solo pierde a un maestro, sino también a una figura decisiva en su vida artística. El actor trabajó con el cineasta argentino en dos películas fundamentales, Martín Hache y Roma, dos títulos que forman parte de la memoria sentimental de varias generaciones y que ayudaron a consolidar el puente cultural entre Argentina y España.

“Tuve la inmensa suerte de ser dirigido por Adolfo Aristarain dos veces. En Martín H primero y años después en Roma, ha escrito Botto. Sus palabras tienen el peso de la gratitud verdadera. No son una despedida de compromiso, sino el recuerdo de alguien que reconoce cuánto le debe a un director capaz de mirar a sus actores y a sus personajes con una mezcla poco común de dureza, lucidez y ternura.

Antes de conocerlo, Botto ya admiraba su cine. En su mensaje cita Tiempo de revancha y, sobre todo, Un lugar en el mundo, a la que define como una de sus películas favoritas. No es una elección casual. En esas obras está buena parte del corazón creativo de Aristarain, su manera de contar historias atravesadas por la dignidad, la derrota, la amistad, la familia y la necesidad de encontrar un lugar propio incluso cuando el mundo parece cerrarse.

Para Botto, formar parte de ese universo fue “un motivo de enorme felicidad”. También reconoce que es mucho lo que le debe y mucho lo que le ha admirado. Esa deuda no parece solo profesional. Su cine estaba lleno de personajes heridos, pero nunca vencidos del todo. Hombres y mujeres que cargaban con pérdidas, exilios, silencios y contradicciones, pero que seguían buscando una razón para quedarse.

El actor lo define como un hombre “único, inquebrantable, insobornable, íntegro, generoso y brillante”. La enumeración funciona casi como un retrato íntimo. Aristarain fue un cineasta de convicciones firmes, poco dado a las concesiones y profundamente fiel a una idea del cine como territorio moral. Sus películas no esquivaban el conflicto. Lo abrazaban. Y desde ahí construían una emoción limpia, sin sentimentalismo fácil, pero con una humanidad desbordante.

Palabras de Juan Diego Botto en redes sociales.
El recuerdo más hermoso de Botto se sitúa en los días previos al rodaje de Martín Hache. El actor le preguntó entonces qué quería contar con aquella película. Aristarain, con un vaso de whisky en la mano, movió los hielos, pensó unos segundos y respondió una frase que Botto jamás olvidó.

Mi película habla de que merece la pena vivir por la gente que queremos.

Esa idea ilumina toda la obra del director. En Martín Hache, como en buena parte de su cine, los personajes caminan entre la rabia, la soledad y el desencanto. Pero siempre aparece un vínculo que lo cambia todo. Un padre, un hijo, un amigo, una mujer, una memoria. Alguien que impide que la vida se hunda del todo. Aristarain entendía que el amor no siempre salva de manera limpia ni perfecta, pero sí puede dar sentido incluso en mitad de la intemperie.

Años después, Botto volvió a ponerse a sus órdenes en Roma, una película atravesada por la memoria, el exilio y la relación con la madre. Allí volvió a aparecer esa mirada tan suya, entre amarga y luminosa, sobre lo que dejamos atrás y lo que nos acompaña para siempre. Aristarain filmaba los recuerdos como si fueran heridas, pero también como si fueran refugios.

La despedida de Botto termina con una imagen bellísima. Imagina que, si existiera un cielo para los ateos, Aristarain entraría esta noche en un bar celestial para tomarse un whisky con Federico Luppi y Eusebio Poncela, gente a la que quiso. La escena parece salida de una de sus películas. Un bar, una copa, una conversación pendiente y la compañía de quienes hicieron del cine una forma de estar en el mundo.

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