Obsession no da miedo porque una mujer se vuelva “demasiado intensa”. Da miedo porque alguien decide torcer su deseo, invadir su voluntad y después mirar el desastre como si él también fuera una víctima. La película de Curry Barker, fenómeno reciente del terror sobrenatural, habla de posesión, inseguridad y amor tóxico con la mala leche de quien sabe que el monstruo no siempre grita, a veces te dice “yo solo quería que me quisieras”.

Uno entra en la sala pensando que va a ver una historia de amor maldita y sale con la incómoda sensación de haber reconocido demasiadas cosas. No necesariamente en la sangre, ni en el hechizo, ni en el juguete sobrenatural que concede deseos como si fuera una app de citas diseñada por Satanás. Lo reconocible está en algo peor, en esa fantasía masculina, tan vieja como el miedo, de que querer mucho a una mujer equivale a merecerla.

Bear, interpretado por Michael Johnston, desea que Nikki, encarnada por Inde Navarrette, se enamore obsesivamente de él. Lo que obtiene no es amor, claro, sino una infección emocional. Una condena. Un “cuidado con lo que deseas” que bebe del imaginario de La pata del mono y lo actualiza con ansiedad generacional, dependencia afectiva y terror psicológico.

Lo interesante -y lo verdaderamente terrorífico- es que Obsession podría haberse quedado en la lectura fácil: “ella está loca”. Qué cómodo habría sido eso. Qué rápido lo habríamos entendido todos, porque el cine, la cultura pop y media humanidad llevan décadas entrenándonos para sospechar de las mujeres cuando sienten demasiado. Pero la película es más venenosa, más lista y bastante más incómoda. Nikki no es el monstruo. Nikki es el cuerpo poseído por el deseo de otro. La pesadilla no nace de ella, le ha sido implantada.

Por eso el villano es él. No porque yo sea mujer. No porque haya que hacer una lectura obligatoriamente feminista para aprobar el examen moral de 2026. Es él porque él pide, él fuerza, él altera la libertad de otra persona. Él convierte el amor en una orden. Y cuando la orden se pudre, cuando Nikki se rompe, cuando su inseguridad se vuelve grito, vigilancia, angustia y violencia, la película nos obliga a mirar el origen del incendio.

Las inseguridades femeninas dentro de la pareja aparecen aquí deformadas por el terror, pero no inventadas por él. La necesidad de confirmación, el miedo a no ser suficiente, la comparación constante, el pánico al abandono, la vigilancia del gesto mínimo -un mensaje no contestado, una salida con amigos, una mirada que dura un segundo más de lo tolerable- son mostradas como si fueran demonios domésticos. Y quizá lo son. Solo que Obsession entiende que esos demonios no surgen de la nada, sino que crecen en relaciones donde el amor se confunde con control y donde la mujer acaba cargando con la culpa de una herida que no abrió ella.

Inde Navarrette convierte a Nikki en una amenaza sin despojarla nunca de su condición de víctima. Su interpretación parece tensada desde dentro, como si el cuerpo ya no le perteneciera del todo. Esa dimensión de “body horror” feminista, donde el terror no está solo en lo que ocurre alrededor de Nikki, sino en la pérdida de autonomía sobre su deseo, su identidad y su cuerpo, es lo que la hace perfecta.

Y ahí Obsession funciona de verdad como película de terror. No como metáfora decorativa, no como thriller con luces apagadas, sino como terror auténtico. Porque asusta desde una idea reconocible. El miedo no depende solo del golpe sonoro ni del charco de sangre. Depende de esa pregunta que se queda pegada a la nuca: ¿cuántas veces hemos llamado “intensa” a una mujer cuando en realidad estaba reaccionando a una forma de violencia emocional?

Lo divertido -si es que una puede reírse mientras se le congela la sangre- es que la película sabe lo ridículo que puede ser el amor cuando se disfraza de destino. Bear no quiere amar mejor, quiere ser amado más. No desea convertirse en alguien digno del deseo de Nikki; desea hackear el deseo de Nikki. Es el “nice guy” llevado a su conclusión sobrenatural. Si no me eliges, haré que me elijas. Romántico, sí, como una orden de alejamiento escrita con purpurina.

Obsession tiene atmósfera, mala leche, una protagonista magnética y una idea central lo bastante perturbadora como para seguir creciendo después de los créditos. Su mayor acierto es no permitir que confundamos consecuencia con causa. Nikki da miedo, sí. Pero Bear aterra más. Porque ella está poseída. Él, en cambio, solo está convencido de que amar significa tener derecho.

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