Rudy Giuliani la recibió como lo que decía ser, una superviviente de la planta 78. Los medios la citaron durante años como la voz más autorizada del horror del 11-S. Y durante seis años, absolutamente nadie comprobó que Tania Head, la mujer que presidía la Asociación de Supervivientes del World Trade Center, no existía. Existía Alicia Esteve Head, una barcelonesa que jamás pisó las Torres Gemelas aquel día. Hoy, coincidiendo exactamente con el 25º aniversario de los atentados, llega a Filmin La superviviente, el documental de Kike Maíllo que se atreve a preguntar no cómo pudo mentir tanto tiempo, sino por qué tantísima gente necesitó que su historia fuera cierta.

Repasemos los hechos, porque el caso, visto con perspectiva, sigue resultando difícil de creer. Head aseguraba haber trabajado en la planta 78 de la Torre Sur, haber escapado gracias a un misterioso "hombre del pañuelo rojo" y haber perdido a su prometido Dave en el derrumbe de la Torre Norte. Con ese relato llegó a presidir la Asociación de Supervivientes del World Trade Center, a reunirse con Rudy Giuliani, entonces alcalde de Nueva York, y a convertirse en una de las voces más citadas por los medios en cada aniversario del atentado. Nada de aquello era cierto. En 2007, una investigación del New York Times descubrió que no había ningún registro de que trabajara en el World Trade Center, ni siquiera de que estuviera en Nueva York aquel día.

Lo interesante del documental, a juzgar por lo que ha contado el propio Maíllo en las entrevistas de estos días, no es reconstruir el engaño como un true crime más, sino hurgar en la mecánica social que lo sostuvo. Localizó a la verdadera Alicia Esteve Head durante el rodaje, se reunió con ella de forma informal, sin cámaras, y decidió no mostrarla ni juzgarla en pantalla, usando en su lugar a una actriz para representarla. Esa decisión, aparentemente pequeña, cambia por completo el sentido de la película. No estamos ante un retrato de villana con nombre y cara real expuestos al escarnio, sino ante un ejercicio deliberado de distancia, que traslada la pregunta incómoda del "cómo pudo hacerlo" al "por qué la dejamos hacerlo".

Toda gran tragedia colectiva necesita, casi como mecanismo de supervivencia emocional, historias de heroísmo individual que le den forma humana al horror abstracto. El 11-S generó decenas de relatos de escape milagroso, de generosidad entre desconocidos, de amor truncado en el último minuto. Head no inventó ese molde, simplemente lo ocupó con una precisión asombrosa, sabiendo exactamente qué detalles hacían falta para que su historia se volviera irresistible para periodistas, políticos y otros supervivientes reales. El fraude funcionó porque estaba diseñado a la medida exacta de lo que todos, colectivamente, ya queríamos escuchar.

Ningún periodista, ninguna institución, ningún compañero de la asociación verificó su historia durante seis años, pese a que algunos detalles no encajaban desde el principio. En la era de los testimonios virales y las historias de superación que circulan sin filtro por redes sociales, el mecanismo que hizo posible a Tania Head no ha desaparecido, simplemente ha cambiado de escenario.

Maíllo ha contado también un dato que humaniza el caso sin excusarlo, la mujer real detrás de la impostura sigue pagando su engaño casi veinte años después, con despidos y desahucios cada vez que alguien la reconoce y airea su pasado. No se lucró económicamente con la mentira, según explica el propio director, lo que complica cualquier lectura simplista sobre sus motivaciones. Eso no la exculpa del daño causado a supervivientes reales y a familiares de víctimas que vieron cómo alguien ocupaba un lugar de dolor que no le correspondía.

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