El 23 de marzo de 1998, la película de James Cameron arrasó en los Oscar con 11 estatuillas. No fue solo una noche de récord: fue la consagración de un fenómeno cultural que convirtió un “soy el rey del mundo” en himno generacional.
El 23 de marzo de 1998, hace exactamente 28 años, Titanic ganó 11 premios Oscar en la 70ª edición de los galardones de la Academia, igualando el récord que hasta entonces había fijado Ben-Hur. La película llegaba además con 14 nominaciones, una cifra descomunal que la colocaba en la primera fila de la historia de Hollywood incluso antes de empezar la gala. Aquella noche se llevó, entre otros, los premios a mejor película, mejor dirección para James Cameron, mejor fotografía, mejor banda sonora, mejor canción original y mejor montaje.
Conviene detenerse un momento en esa fotografía de 1998. Titanic no era todavía “el clásico” en que terminaría convirtiéndose, sino el centro de una conversación global. Se había estrenado a finales de 1997 entre rumores de producción descontrolada, presupuesto disparado y presagios de desastre. Hollywood olía sangre antes incluso de verla terminada. Pero Cameron convirtió ese supuesto exceso en una demostración de fuerza: la película no solo funcionó, sino que se transformó en un fenómeno planetario de taquilla y, con el tiempo, ha acumulado más de 2.264 millones de dólares en todo el mundo contando sus distintos reestrenos.
Ese es el lado industrial de la efeméride. El verdaderamente interesante está en otra parte: en cómo una superproducción mastodóntica, sentimental hasta el rubor y romántica sin pedir perdón por ello logró imponerse en una industria que suele premiar la importancia con gesto severo. Titanic ganó 11 Oscar, sí, pero sobre todo ganó algo más raro: legitimó durante un instante la idea de que el cine popular también podía ser gran cine sin renunciar a emocionar a millones.
Y ahí es donde la película sigue teniendo filo. Porque Titanic no fue solo el relato del hundimiento del trasatlántico más famoso del siglo XX. Fue también una historia sobre clase, sobre corsés visibles e invisibles, sobre la violencia elegante de una sociedad que repartía privilegios arriba y condena abajo. Rose no está únicamente prometida con un hombre al que no ama; está prometida con un orden social. Jack no es solo el chico pobre que aparece para agitar el tablero romántico; es la irrupción de una vida no reglada, una fuga posible frente a la aristocracia del apellido, la vajilla y el matrimonio como negocio.
Por eso la película funciona todavía cuando uno la revisita más allá del mito adolescente, de Leonardo DiCaprio dibujando a Kate Winslet, del “píntame como a una de tus chicas francesas” o del inevitable debate sobre si ambos cabían o no en la tabla final. Lo que resiste no es solamente la química entre sus protagonistas. Resiste la arquitectura emocional del relato. Cameron entendió que el hundimiento del Titanic no era solo una tragedia marítima de 1912: era la metáfora perfecta de un mundo que presumía de invulnerable y se fue al fondo en cuanto chocó con la realidad.
Quizá por eso hay escenas que siguen incrustadas en la memoria colectiva con una fuerza que muchas películas “prestigiosas” envidiarían. Jack en la proa, brazos abiertos, gritando que es “el rey del mundo”. La orquesta tocando mientras el barco se inclina hacia el desastre. Los pasajeros de tercera clase retenidos tras las verjas mientras arriba se administra la salvación con lógica de apellido. La anciana pareja abrazada en la cama mientras el agua sube. Rose sobre la barandilla, al borde del salto, en una escena que no solo presenta el romance, sino también el abismo de una mujer educada para no pertenecerse. Titanic está llena de imágenes así: imágenes que no viven solo en la película, sino en el imaginario de varias generaciones.
La Academia, por una vez, no tuvo más remedio que rendirse a esa evidencia. El listado de premios de aquella noche habla por sí solo: mejor película, mejor dirección, mejor fotografía, mejor dirección artística, mejor vestuario, mejor sonido, mejores efectos visuales, mejor montaje, mejor banda sonora dramática, mejor canción original y mejor edición de sonido. Hubo categorías en las que Titanic no arrasó, por supuesto, pero su dominio fue tan incontestable que convirtió la gala en una ceremonia de consagración más que en una competición reñida.
Y, sin embargo, el tiempo suele ser más severo que los Oscar. Muchas cintas ganadoras se quedan encerradas en su vitrina; pocas continúan respirando fuera de ella. Titanic sí lo ha hecho. En 2017 fue incorporada al National Film Registry de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, una distinción reservada a películas consideradas cultural, histórica o estéticamente significativas. No es un detalle menor: significa que aquella película que algunos despreciaron por demasiado popular terminó entrando en el archivo de lo perdurable.