Roman Polanski es uno de los nombres más incómodos de la historia del cine. Para una parte de la industria, es el director de películas como La semilla del diabloChinatown o El pianista. Para otra, es el símbolo de una pregunta que Hollywood ha evitado durante décadas ¿hasta dónde está dispuesta la cultura a seguir premiando a un hombre condenado por un delito sexual contra una menor?

La imagen que mejor resume esa contradicción ocurrió en 2003. Polanski ganó el Oscar a Mejor Director por El pianista, una de las películas más reconocidas de su carrera. Pero no subió al escenario. No pudo hacerlo. Si hubiera viajado a Estados Unidos para recoger la estatuilla, se arriesgaba a ser detenido.

El premio lo recogió Harrison Ford. La sala, llena de estrellas, se puso en pie para aplaudir. Fue uno de esos momentos que hoy resultan especialmente difíciles de mirar. Hollywood ovacionaba a un director que llevaba más de dos décadas fuera del país para evitar enfrentarse a la justicia estadounidense.

El caso se remonta a 1977. Polanski, entonces ya un cineasta de enorme prestigio, fue detenido en Los Ángeles acusado de varios delitos sexuales contra Samantha Gailey, hoy Samantha Geimer, que tenía 13 años. La acusación incluía cargos relacionados con abuso sexual, suministro de drogas y una menor de edad. Finalmente, Polanski aceptó un acuerdo judicial y se declaró culpable de mantener relaciones sexuales ilegales con una menor.

Pero antes de conocer su sentencia definitiva, huyó de Estados Unidos. Se marchó a Europa y nunca volvió a vivir en territorio estadounidense. Desde entonces, su situación legal ha condicionado cada aparición pública, cada premio y cada homenaje internacional.

Lo más polémico del caso Polanski no es solo la gravedad de los hechos, sino la manera en la que parte de la industria cinematográfica siguió tratándolo. Mientras la justicia estadounidense lo consideraba fugitivo, festivales, academias y premios continuaron reconociendo su obra. Su carrera no se detuvo. Al contrario, siguió rodando, estrenando películas y siendo celebrado.

El Oscar por El pianista fue el ejemplo más visible, pero no el único. En 2009, Polanski fue detenido en Suiza cuando viajaba para recibir un premio honorífico en el Festival de Zúrich. Estados Unidos pidió su extradición, pero las autoridades suizas acabaron rechazándola en 2010. El director quedó en libertad y regresó a Francia.

Años después, en 2020, el escándalo volvió a estallar en Francia. Polanski ganó el César a Mejor Director por El oficial y el espía. La decisión provocó una fuerte reacción en plena ola del movimiento #MeToo. Varias asistentes abandonaron la gala en señal de protesta. La actriz Adèle Haenel, una de las voces más críticas contra los abusos en el cine francés, fue una de las que se levantó de su asiento tras anunciarse el premio.

Polanski nunca ha cumplido una sentencia definitiva en Estados Unidos por aquel caso. Samantha Geimer ha pedido en varias ocasiones que se cierre el proceso, pero la justicia estadounidense ha mantenido durante años la causa abierta por la huida del director antes de la sentencia.

Hoy, su nombre sigue dividido entre dos relatos imposibles de reconciliar del todo. El de un cineasta clave del siglo XX, ganador de algunos de los premios más importantes del mundo. Y el de un hombre marcado por un delito sexual contra una niña de 13 años, protegido durante años por una industria que tardó demasiado en preguntarse a quién estaba aplaudiendo.

Por eso Roman Polanski no es solo una historia sobre cine. Es una historia sobre poder, impunidad, prestigio y memoria. Y sobre una pregunta que sigue incomodando a Hollywood y a Europa ¿puede una obra maestra tapar lo escabroso de quien la firma?

Súmate a

Apoya nuestro trabajo. Navega sin publicidad. Entra a todos los contenidos.

hazte socio

Añadir ElPlural.com como fuente preferida de Google.

Mantente informado con las últimas noticias de actualidad.

Activar ahora